La mala conducta y el proceso terapéutico

En terapia de pareja, el comportamiento de cada miembro dentro de la sesión influye directamente en la seguridad, el respeto y la eficacia del proceso. Aunque el consultorio es un espacio para expresar emociones intensas, esto no significa que “todo vale” ni que cualquier conducta sea aceptable.

¿Qué se considera “mala conducta” en terapia?
Se habla de mal comportamiento cuando una o ambas personas incurren en conductas que vulneran el encuadre terapéutico o dañan la dignidad del otro: insultos, gritos constantes, amenazas, burlas, intimidación física, menosprecio reiterado, negarse sistemáticamente a escuchar, acudir bajo efecto de sustancias, descalificar al terapeuta de forma agresiva o usar la sesión para humillar públicamente a la pareja.

  • Cuando alguien se porta mal en sesión, la terapia deja de ser un espacio seguro y tiende a reproducir, e incluso intensificar, las dinámicas de violencia o de maltrato que ya existen en la relación.
  • El mal comportamiento interfiere con los objetivos terapéuticos: en lugar de favorecer la reflexión y el diálogo, bloquea la posibilidad de escucharse, asumir responsabilidades y construir acuerdos.
  • Insultos, amenazas o intimidación dentro de la sesión pueden generar miedo, vergüenza o retraimiento en la otra persona, reduciendo su disposición a hablar con honestidad y a explorar temas delicados.
  • Atacar al terapeuta (descalificaciones personales, burlas, desafíos constantes al encuadre) puede ser una forma indirecta de boicotear el proceso, evitando que se aborden asuntos dolorosos o incómodos.
  • El mal comportamiento reiterado obliga al terapeuta a intervenir para proteger la integridad emocional y física de ambos, estableciendo límites claros, pausando la sesión o, en casos graves, terminando el encuentro.
  • En situaciones de agresión o riesgo, la terapia de pareja puede dejar de ser adecuada; el terapeuta puede recomendar procesos individuales, intervenciones especializadas o recursos de protección antes de continuar con sesiones conjuntas.
  • Hablar explícitamente en sesión sobre lo que está ocurriendo (por ejemplo, “nos estamos faltando el respeto”, “hay gritos e intimidación”) ayuda a que la pareja tome conciencia de cómo estas conductas dañan el vínculo y el propio proceso terapéutico.
  • Establecer y respetar normas básicas de convivencia en sesión (no insultar, no gritar, no interrumpir, no amenazar) es parte del trabajo: aprender a tratarse con respeto en el consultorio prepara el terreno para relacionarse de forma más sana fuera de él.
  • Cuando una persona reconoce su mal comportamiento y está dispuesta a cambiarlo, la terapia puede convertirse en un espacio para aprender nuevas formas de manejar el enojo, el desacuerdo y la frustración sin recurrir a la agresión.
  • En definitiva, la forma en que cada miembro se comporta en terapia es un indicador de cómo se comporta en la relación; trabajar sobre ese comportamiento es parte esencial de la terapia de pareja y una condición para avanzar de manera segura y constructiva.

 

La voluntariedad y el proceso terapéutico

En terapia de pareja, la participación voluntaria de ambos miembros es un elemento fundamental para que el proceso tenga sentido y posibilidades reales de cambio. Asistir “por obligación”, “para complacer al otro” o “para demostrar que el otro está mal” suele limitar seriamente lo que la terapia puede lograr.

Cuando la participación no es verdaderamente voluntaria, uno de los miembros puede sentirse forzado, vigilado o a la defensiva, lo que interfiere con la confianza, la apertura emocional y la disposición a asumir responsabilidad por su parte en la relación.

  • La participación voluntaria implica que cada persona reconoce, al menos en parte, que hay algo que necesita ser revisado en la relación y está dispuesta a explorar ese proceso.
  • Cuando ambos acuden por decisión propia, aumenta la probabilidad de que se involucren activamente en la terapia: hablan con honestidad, realizan tareas, escuchan retroalimentación y ensayan cambios concretos.
  • La voluntariedad favorece una alianza terapéutica más sólida: la pareja no vive al terapeuta como juez o “cómplice” de quien obligó al otro a venir, sino como un tercero que acompaña un proceso compartido.
  • La participación voluntaria también protege el principio de autonomía personal, esencial en salud mental: cada miembro decide hasta dónde quiere abrirse, qué temas trabajar y qué cambios está dispuesto a considerar.
  • Cuando uno de los miembros no participa voluntariamente, puede adoptar una postura de resistencia (“vine solo para probar que esto no sirve”, “yo no tengo ningún problema”), lo que bloquea la exploración y el cambio.
  • La falta de voluntariedad puede generar sesiones tensas, con silencios hostiles, respuestas monosilábicas o boicots sutiles, que desgastan al otro miembro y al propio proceso terapéutico.
  • En estos casos, la terapia corre el riesgo de convertirse en un escenario de lucha de poder: uno “empuja” para que el otro cambie, mientras el otro se defiende o se cierra aún más.
  • La participación no voluntaria también puede aumentar la sensación de injusticia (“estoy aquí obligado”, “me están culpando”), lo que refuerza resentimientos previos en lugar de aliviar el conflicto.
  • En ocasiones, la persona que no participa voluntariamente deja de asistir, cancela constantemente o abandona el proceso abruptamente, lo que puede dejar a la pareja en un estado de mayor frustración y desorientación.
  • Desde la ética profesional, el terapeuta debe explorar estas diferencias de motivación, validar las reservas de cada uno y, si es necesario, plantear que quizá el momento no es el adecuado para una terapia de pareja, considerando alternativas como procesos individuales.
  • En resumen, la participación voluntaria en terapia de pareja no garantiza el éxito, pero es una condición básica para trabajar con honestidad y respeto; la no voluntariedad, en cambio, limita seriamente la profundidad y la eficacia del proceso terapéutico.

 

Las asignaciones y el proceso terapéutico

En terapia de pareja, las asignaciones o tareas terapéuticas funcionan como un puente entre lo que se trabaja en sesión de terapia y la vida cotidiana. No se trata de “deberes escolares”, sino de oportunidades concretas para practicar nuevas formas de comunicarse y relacionarse fuera del consultorio.

¿Qué son las tareas terapéuticas?
Son acuerdos o ejercicios específicos que el psicólogo propone para realizar entre una sesión y otra. Pueden incluir conversaciones guiadas, prácticas de comunicación, rituales de cariño, registros escritos, lecturas o ejercicios de reflexión individual y conjunta.

  • Las tareas terapéuticas ayudan a trasladar los aprendizajes de la sesión a la vida diaria, evitando que la terapia quede solo en “buenas conversaciones” sin cambios concretos en la relación.
  • Permiten que la pareja practique nuevas habilidades de comunicación, negociación y expresión emocional en contextos reales, reforzando lo aprendido en el espacio terapéutico.
  • Facilitan que cada miembro asuma un rol activo en su propio proceso de cambio, en lugar de ver la terapia como algo que “solo sucede en el consultorio” o que depende exclusivamente del terapeuta.
  • Al revisar juntos las tareas en sesión, se pueden identificar avances, dificultades, resistencias y ajustes necesarios, afinando el plan de tratamiento según la experiencia real de la pareja.
  • Las tareas ayudan a mantener el foco terapéutico durante la semana, recordando a la pareja que el trabajo no se limita a una hora de sesión, sino que implica una actitud continua de cuidado del vínculo.
  • Favorecen la creación de nuevos hábitos relacionales (tiempos de calidad, expresiones de gratitud, formas de reparar después del conflicto) que, con el tiempo, se vuelven parte natural de la dinámica de pareja.
  • El compromiso con las tareas terapéuticas suele ser un indicador de la disposición al cambio; cuando ambos se implican en ellas, aumenta la probabilidad de lograr cambios significativos y sostenidos.
  • También permiten respetar ritmos individuales: algunas tareas son más reflexivas y otras más prácticas, de modo que cada persona puede encontrar formas de involucrarse que se ajusten a su estilo y necesidades.
  • En síntesis, las tareas terapéuticas son un componente clave de la terapia de pareja porque conectan la teoría con la práctica, el consultorio con el hogar y la intención de cambio con acciones concretas y consistentes en el tiempo.

 

La locura y el proceso terapéutico

El término «locura» no es un diagnóstico clínico; por lo tanto, no existe como una condición médica o psicológica precisa. Este concepto es muy subjetivo y a menudo se considera ofensivo cuando se aplica a personas que padecen trastornos mentales genuinos. Si bien «locura» no es un término médico o psicológico, existen trastornos de salud mental diagnosticables que presentan síntomas que las personas a menudo etiquetan erróneamente como «locura». Los psicólogos y los médicos utilizamos un lenguaje preciso para describir estos síntomas y afecciones. El término clínico más cercano a este concepto es psicosis. La psicosis es un síntoma de diversas enfermedades mentales o físicas (como la esquizofrenia o el trastorno bipolar) en el que la persona pierde parte del contacto con la realidad.

  • Muchas personas asocian acudir a terapia con “estar loco” o “tener algo muy grave”, lo que genera vergüenza y reticencia a pedir ayuda, incluso cuando la pareja está sufriendo.
  • Estas creencias populares hacen que algunos miembros de la pareja se resistan a la terapia de pareja, por miedo a ser etiquetados como “el problema” o como “el loco” de la relación.
  • La idea de “locura” se usa a veces como arma en el conflicto (“tú estás loco”, “tú necesitas un psiquiatra”), lo que descalifica la experiencia emocional del otro y dificulta la búsqueda conjunta de apoyo profesional.
  • La terapia de pareja ayuda a desmontar este mito, explicando que acudir a consulta no es señal de locura, sino de responsabilidad afectiva y de deseo de cuidar el vínculo.
  • En sesión, el terapeuta puede trabajar el estigma asociado a la salud mental, mostrando que muchas dificultades (estrés, ansiedad, tristeza, problemas de comunicación) son experiencias humanas comunes, no “locura”.
  • Al comprender la terapia como un espacio de aprendizaje y crecimiento, y no como un “hospital para locos”, la pareja se siente más libre para hablar de sus emociones sin miedo a ser juzgada.
  • La intervención terapéutica también ayuda a la pareja a dejar de usar el lenguaje de “estar loco” como insulto, promoviendo un trato más respetuoso y empático hacia el sufrimiento propio y del otro.
  • Cuando se reduce el miedo a “parecer loco”, se abre la puerta a reconocer problemas reales (violencia, adicciones, depresión, ansiedad) y a buscar la ayuda necesaria a tiempo.
  • Replantear la relación entre terapia y “locura” permite que la pareja vea el proceso terapéutico como una inversión en bienestar y en calidad de vida, en lugar de un castigo o un signo de fracaso.
  • En definitiva, trabajar estos mitos culturales es parte del propio proceso de terapia de pareja: al cambiar la forma de pensar sobre la salud mental, se facilita el acceso, el compromiso y la profundidad del trabajo terapéutico.

 

Los consejos y el proceso terapéutico

¿Es la profesión de la psicología una acerca de darle consejos a las personas? La contestación a esta pregunta es sencilla y diáfana: no.  Y esto aplica a la terapia de parejas.

Muchos psicólogos y psicólogas hemos tenido que encarar preguntas como: ¿pero y qué edad usted tiene? Comúnmente este tipo de pregunta surge cuando la imagen del psicólogo o psicóloga que la persona tiene ante sí no parea adecuadamente con la imagen mental que podría tener respecto de alguien que sea lo suficientemente competente como para «darle consejos». Una persona visiblemente de edad avanzada, que «aparente haber vivido», tiende a ser la imagen de preferencia en las personas que van al psicólogo en busca de consejos.  Otros asocian la apariencia, la raza, el sexo, el género, identidad de género y la orientación sexual real o percibida del terapeuta con su capacidad o falta de capacidad para «dar consejos».

Lo cierto es que es un hecho innegable que muchas personas acuden a los consultorios psicológicos en busca de consejos y muchas otras se motivan a estudiar la profesión estimuladas también por la creencia de que la práctica de la psicología se basa en la función de «dar consejos».  Estas últimas con frecuencia expresan, al preguntarles qué les motivó a estudiar psicología, que escogieron la profesión porque sus amistades y familiares siempre les piden consejos y que les gusta realizar esa labor.  Como profesional que se dedica a formar psicólogos y psicólogas, consejeros y consejeras, puedo dar fe de que estos casos ocurren con frecuencia. Algunos, incluso, se gradúan de algún grado en psicología convencidos de que la labor del psicólogo o la psicóloga es la de dar consejos, y, como cuestión de hecho, limitan su práctica profesional a realizar este tipo de intervención, que podría ser considerada por muchos profesionales como una simplista.

Dar consejos no es lo que realmente hacen los psicólogos. El papel de un psicólogo es mucho más complejo que eso. Un psicólogo es un científico de la salud cuya función principal, como la de todo profesional de la salud, es diagnosticar y tratar condiciones de salud, en este caso las asociadas a la salud mental. Factores como personalidad del cliente, cultura, religión, creencias, valores, autoestima, identidad sexual, resiliencia, salud física y mental, redes de apoyo, educación, coeficiente intelectual, inteligencia emocional, circunstancias ambientales, sociales y ocupacionales, entre otros, son áreas que forman parte del adiestramiento académico de los psicólogos y son instrumentales en el proceso de diagnóstico y tratamiento.

Por supuesto, para un psicólogo sería lo más fácil del mundo dar un consejo. Sin embargo, tenga en cuenta que un psicólogo profesional podrá en algún momento ofrecerle recomendaciones basadas en sus conocimientos científicos, teóricos y prácticos, pero esto no debe confundirse con la simpleza de ofrecer un mero consejo. Si lo que el cliente desea es un consejo (que le digan qué hacer), entonces no necesita pagar los honorarios de un psicólogo para obtenerlo.

Dar consejos no requiere necesariamente habilidad especial ni conocimientos académicos. Absolutamente cualquiera puede dar consejos, en cualquier momento. Dar consejos es fácil. No requiere una comprensión total de los problemas en cuestión. La mayoría de nosotros somos capaces de dar consejos en cualquier momento. La psicoterapia, por otro lado, requiere habilidades específicas y complejas. Para poder ejercer la psicoterapia, un psicólogo debe pasar por muchos años de formación universitaria y obtener una licencia profesional expedida por la autoridad competente, que en el caso de Puerto Rico es el Departamento de Salud.

Comparativa entre consejos y psicoterapia

Consejos Psicoterapia/Tratamiento
Ofrecidos por cualquier persona Ofrecida sólo por profesionales licenciados
No requiere destrezas ni habilidades especiales Requiere habilidades específicas y complejas que surgen de una formación académica profunda y a largo plazo
Es siempre directivo Es no-directiva y directiva
No se requiere practicar la empatía Requiere del terapeuta empatía y comprensión del cliente
Tiende a ser crítico y juzgador de la persona No juzga y es afectuosa
La autoestima del individuo sigue siendo baja y la confianza está en quien da el consejo Se aumenta la autoestima del cliente y se le desarrolla la confianza en sí mismo
Es poco probable que conduzca a un cambio de comportamiento permanente y consistente Probablemente conduzca a un cambio de comportamiento profundo y duradero
Es particularista Es holística
Conduce sólo a la introspección intelectual Conduce a la introspección emocional e intelectual
El foco es llevar a cabo una conducta o una acción El foco se centra en llevar a cabo una conducta o acción, pero también en las causas y/o las consecuencias del comportamiento
Puede surgir de las necesidades de quien da el consejo (por ejemplo, ayudar, ser amable, tener razón, etc.) Siempre surge de las necesidades del cliente

 

¿Socios de negocios o pareja romántica? Implicaciones para el proceso terapéutico

Para muchas parejas trabajar en estrecha colaboración es un sueño nacido del amor y el entusiasmo. Las parejas que hacen negocios juntas comparten la visión de administrar felizmente un negocio exitoso. Sin embargo, una pareja que trabaja junta en un negocio no tarda mucho en descubrir los pros y los contras de involucrarse en esta actividad, y de que lo último que desea es que la tercera parte de ese triángulo (su negocio) arruine su relación. Ciertamente, hacer negocios con el cónyuge genera desafíos inesperados.

Lo cierto es que por sus características, y desde la perspectiva del proceso terapéutico, se trata de roles mutuamente excluyentes, y, por lo tanto, no se recomienda y se desalienta que parejas románticas se involucren en actividades de negocios juntas si su meta es fomentar una relación de pareja armoniosa. Por mucho que les guste estar juntos todo el día, todos los días y a todas horas, desde hacer ejercicios juntos por la mañana hasta atender llamadas y trabajar en proyectos, esa unión y exposición constante también puede ser un desafío. A la larga o a la corta, las dinámicas propias de este tipo de relación obligarán a la pareja a elegir qué rol desea que prevalezca en sus vidas: el de socios de negocios o el de pareja romántica.

Aun así, el fenómeno de las parejas románticas que trabajan juntas ha desarrollado una nueva piel en las últimas décadas. Históricamente limitado a determinados sectores como el agrícola, el trabajo conjunto entre parejas es hoy mucho más amplio. Actualmente, las parejas que hacen negocios juntas pueden tener una educación universitaria, establecer su negocio como una corporación o una pequeña entidad, trabajar desde casa o desde una oficina y ganar millones o muy poco. Es una forma de hacer negocio muy común y puede verse como un tipo distinto de empresa familiar. Datos provenientes de distintas fuentes muestran que uno de cada cuatro negocios involucra a parejas. Sin embargo, como socios de negocios, las parejas destacan por su posibilidad de llevar tensiones del hogar al trabajo y viceversa.

La literatura utiliza diferentes términos para referirse al fenómeno de las parejas que trabajan juntas. Algunos ejemplos son negocios de pareja, parejas propietarias de empresas familiares, parejas emprendedoras, coemprendedores y empresas dirigidas por parejas. Negocio de pareja, el nombre más común, es «una empesa en el que una pareja romántica posee y/o dirige un negocio juntos». La pareja puede ser conviviente o casada y puede ser mixta o de un solo sexo. Ambos cónyuges pueden ser copropietarios del negocio o participar activamente en la gestión del mismo. Lo más importante es que ambos tienen un sentido de propiedad (psicológica) del negocio. Una pareja que trabaja junta en un negocio se diferencia de otros equipos de negocios porque tienen normas de comportamiento y expectativas particulares asociadas con las identidades de roles; compartir el negocio y el hogar conlleva la flexibilidad de realizar las tareas asociadas con estos dominios de manera conjunta y la transferencia de las tensiones de un escenario al otro.

Algunos desafíos de los negocios de pareja

  • Ruptura de la comunicación.
  • Aumento de tensiones, conflictos y discusiones.
  • Extinción de la pasión.
  • Surgimiento de diferentes expectativas.
  • Los cónyuges no se desconectan de los conflictos del quehacer empresarial.
  • Los cónyuges se dan cuenta de que todo lo que hacen juntos gira en torno al negocio.

 

Los diagnósticos de salud mental y el proceso terapéutico

Si existen diagnósticos de salud mental desatendidos o no controlados en uno o ambos cónyuges, el proceso terapéutico para parejas tendrá poco o ningún resultado positivo. Los diagnósticos de salud mental deben ser atendidos adecuadamente previo a entrar en un tratamiento que tenga el fin de armonizar la vida en pareja.

Al momento de buscar ayuda, las personas tienden a ignorar o restarle importancia a los diagnósticos de salud mental preexistentes y de cómo éstos podrían ser la causa principal de la situación que enfrenta la relación. Comúnmente, se le dificulta a las personas hacer esta conexión, tal vez porque están convencidas realmente de que es su cónyuge, y no ellas, quien es la causa de los conflictos y «quien tiene la culpa de todo».

Es necesario entender que las condiciones de salud mental pueden afectar muchos aspectos de la vida en pareja, incluidas las relaciones íntimas. Por ejemplo, los síntomas de depresión pueden dejar a la persona afectada desapegada y desinteresada en sus relaciones con los demás –includa su pareja– o en el sexo en general. Del mismo modo, una persona con depresión o ansiedad puede tener dificultades para cuidar de su higiene personal, realizar las tareas del hogar, puede tener una disponibilidad emocional limitada, dificultades para mantener el empleo y carecer del deseo de socializar. Estos comportamientos y desafíos pueden generar tensión en la relación, lo que puede terminar en sentimientos de decepción, rechazo y desconexión emocional. Muchas personas con problemas de salud mental pueden sentirse inadecuadas y tener ansiedad por el desempeño y baja autoestima. Para ambos cónyuges, esto puede conducir a una disminución de las oportunidades de establecer vínculos fuertes y generar necesidades insatisfechas.

A veces, los síntomas de salud mental pueden hacer que la persona afectada se sienta letárgica, afectar su capacidad para expresar empatía o provocar sentimientos de aislamiento. En ocasiones estos síntomas pueden provocar codependencia o incluso resentimiento hacia su pareja. Cuando una persona vive con alguien que padece alguna condición de salud mental, la relación puede resultar difícil. Vivir con alguien con esta condición de salud, máxime si la misma está desatendida o no tratada, puede resultar desafiante y estresante. Es difícil depender de ellos para que se hagan cargo de sus responsabilidades. Dependiendo del estado de salud mental de la pareja, es posible que experimenten comportamientos hipersexuales (fuertes impulsos sexuales) o que no tengan ningún interés en el sexo, lo cual puede ser difícil para las relaciones de pareja. En algunos casos, la persona con la condición de salud mental puede incluso dudar en contarle a su pareja sobre su situación. Es posible que le preocupe que el otro termine la relación una vez que se entere o se pregunte si podrá sobrellevar sus síntomas.

Algunos efectos de esta situación en la relación

  • Cambios en el apetito o en los patrones de sueño de la pareja afectada.
  • La pareja afectada puede experimentar cambios emocionales extremos.
  • Aumento de irritabilidad, tristeza, ansiedad, ira o preocupaciones constantes en la pareja afectada.
  • La pareja afectada puede autolesionarse o tener pensamientos de dañar a otros.
  • La pareja afectada puede experimentar delirios.
  • El cónyuge afectado puede recurrir a prácticas poco saludables, como el consumo de drogas y alcohol, o la participación en conductas riesgosas u obsesivas.
  • La pareja afectada puede experimentar frecuentes arrebatos emocionales.
  • La pareja afectada puede retirarse y no participar en actividades que alguna vez le brindaron alegría.
  • Inabilidad para razonar y para el proceso mental organizado por parte del cónyuge afectado.

 

El consumo de alcohol y el proceso terapéutico

Si uno o ambos cónyuges tiene problemas con la bebida, estos deben ser resueltos previo a entrar en terapia de parejas, de lo contrario, este proceso no funcionará. En terapia, los problemas con la bebida son de los más conflictivos y pervasivos puesto que las personas tienden a privilegiar este consumo por encima del bienestar de la relación: generalmente, existe muy poca o ninguna disposición por parte del cónyuge (o los cónyuges) con el problema a aceptar, abandonar y/o modificar sus hábitos de consumo de alcohol. Y esto es así porque las personas tienden a sentirse cómodas con el autoengaño, toda vez que la mayoría considera normal el consumo excesivo de alcohol como un componente esencial de la «vida social».

La normalización del consumo de alcohol entonces se refiere a la amplia disponibilidad y aceptación social del alcohol en Puerto Rico. Esto también incluye la aceptación social de emborracharse o beber en niveles riesgosos.

Los estudios muestran que las mujeres que mantienen relaciones con hombres que luchan contra el abuso de alcohol experimentan tasas más altas de depresión, ansiedad, problemas de salud física y perturbaciones laborales y sociales. Existe una correlación directa entre el consumo de alcohol en las relaciones y la calidad de la intimidad entre las parejas. Más específicamente, la gravedad de la angustia en la relación está influenciada grandemente por el consumo de alcohol de uno (o ambos) de los cónyuges. Las relaciones sexuales son una forma de intimidad y la adicción al alcohol puede afectar negativamente este aspecto al alterar los procesos corporales normales. Puede contribuir a la disfunción sexual, afectar en deseo y la excitación, y la calidad de la intimidad sexual entre las parejas.

La infidelidad es otro factor que se ve impactado por el abuso del alcohol en la relación. La infidelidad no sólo rompe el vínculo de confianza entre la pareja, sino que también puede ser un factor que contribuya al divorcio. Las investigaciones muestran que las personas que abusan del alcohol tienen más probabilidades de cometer infidelidad que aquellas que no lo hacen. Por otro lado, el consumo de alcohol es un factor común en situaciones donde ha ocurrido violencia doméstica. Cuando una persona está intoxicada, sus emociones, su autocontrol, su juicio y su toma de decisiones se ven afectados. Esto contribuye a la fuerte correlación entre el consumo excesivo de alcohol y la violencia doméstica. Infortunadamente, los estudios demuestran consistentemente que, independientemente del sexo de la persona que abusa del alcohol, si al menos uno/a de los/as dos en la relación lo hace, el riesgo de violencia doméstica es alto… Muy alto.

Impacto del abuso del alcohol en la relación

  • Usted o su pareja no realizan tareas apropiadas para su edad, como terminar la escuela.
  • Usted o su pareja no se compromete a tener una relación romántica saludable.
  • Usted o su pareja no está disponible emocionalmente, se distancia emocionalmente o se desentiende de la relación.
  • Su relación experimenta un aumento de conflictos, desacuerdos y peleas (tanto verbales como físicas).
  • Los cónyuges comienzan a sentirte menos satisfechos en la relación.
  • Usted o su pareja realiza insinuaciones sexuales no deseadas por el otro.
  • El proceso de razonamiento entre los cónyuges se torna imposible: se afecta seriamente la capacidad para el pensamiento lógico y ordenado, y surge la sensación de que hablan idiomas distintos.
  • Usted o su pareja empieza a pasar más tiempo en situaciones sociales donde el alcohol está presente.

 

Honra tus propias necesidades emocionales primero

El bienestar de la relación depende en gran medida del bienestar de los cónyuges en su carácter individual. Es frustrante cuando sientes que deberías poder arreglar las cosas en tu relación, pero la otra persona se niega a ayudar y no parece importarle mucho.

Ya sea que estén juntos en terapia o de forma individual, el ingrediente clave para el éxito es la motivación para el cambio. No es todo lo que necesitas, pero nada funcionará sin esto.

Una de las mejores cosas que puedes hacer para solucionar esa angustia es encontrar tu propio terapeuta. Puede que incluso esta alternativa se acerque más a lo que tenías en mente toda vez que con mucha frecuencia existen problemas y diagnósticos de salud mental a nivel personal que son necesario atender. Muchas personas que acuden a un psicólogo de parejas se sienten frustradas cuando descubren que el terapeuta focaliza en las necesidades de la relación más que en las necesidades de los cónyuges en su carácter individual. Además, la terapia de pareja no funciona a menos que ambas personas en la relación estén igualmente comprometidas.

¿Cómo podría la terapia individual afectar tu relación?

Ir a terapia individual cuando estás en medio de una relación problemática podría llevar a varios resultados:

  • Es posible que te des cuenta de que quieres terminar la relación.
  • Es posible que encuentres formas de aceptar o lidiar con las deficiencias de tu pareja o las limitaciones de la relación, especialmente si descubres otras formas de atender tus necesidades insatisfechas.
  • El trabajo terapéutico personal podría cambiar la naturaleza de las peleas o discusiones que tienen, lo que conducirá a una mayor claridad o compromiso mutuo en el proceso de cambio.

Pase lo que pase, debes saber que, si bien no puedes controlar ni “arreglar” a tu pareja, tienes el derecho y la libertad de cuidar de ti mismo/a.