La mala conducta y el proceso terapéutico

En terapia de pareja, el comportamiento de cada miembro dentro de la sesión influye directamente en la seguridad, el respeto y la eficacia del proceso. Aunque el consultorio es un espacio para expresar emociones intensas, esto no significa que “todo vale” ni que cualquier conducta sea aceptable.

¿Qué se considera “mala conducta” en terapia?
Se habla de mal comportamiento cuando una o ambas personas incurren en conductas que vulneran el encuadre terapéutico o dañan la dignidad del otro: insultos, gritos constantes, amenazas, burlas, intimidación física, menosprecio reiterado, negarse sistemáticamente a escuchar, acudir bajo efecto de sustancias, descalificar al terapeuta de forma agresiva o usar la sesión para humillar públicamente a la pareja.

  • Cuando alguien se porta mal en sesión, la terapia deja de ser un espacio seguro y tiende a reproducir, e incluso intensificar, las dinámicas de violencia o de maltrato que ya existen en la relación.
  • El mal comportamiento interfiere con los objetivos terapéuticos: en lugar de favorecer la reflexión y el diálogo, bloquea la posibilidad de escucharse, asumir responsabilidades y construir acuerdos.
  • Insultos, amenazas o intimidación dentro de la sesión pueden generar miedo, vergüenza o retraimiento en la otra persona, reduciendo su disposición a hablar con honestidad y a explorar temas delicados.
  • Atacar al terapeuta (descalificaciones personales, burlas, desafíos constantes al encuadre) puede ser una forma indirecta de boicotear el proceso, evitando que se aborden asuntos dolorosos o incómodos.
  • El mal comportamiento reiterado obliga al terapeuta a intervenir para proteger la integridad emocional y física de ambos, estableciendo límites claros, pausando la sesión o, en casos graves, terminando el encuentro.
  • En situaciones de agresión o riesgo, la terapia de pareja puede dejar de ser adecuada; el terapeuta puede recomendar procesos individuales, intervenciones especializadas o recursos de protección antes de continuar con sesiones conjuntas.
  • Hablar explícitamente en sesión sobre lo que está ocurriendo (por ejemplo, “nos estamos faltando el respeto”, “hay gritos e intimidación”) ayuda a que la pareja tome conciencia de cómo estas conductas dañan el vínculo y el propio proceso terapéutico.
  • Establecer y respetar normas básicas de convivencia en sesión (no insultar, no gritar, no interrumpir, no amenazar) es parte del trabajo: aprender a tratarse con respeto en el consultorio prepara el terreno para relacionarse de forma más sana fuera de él.
  • Cuando una persona reconoce su mal comportamiento y está dispuesta a cambiarlo, la terapia puede convertirse en un espacio para aprender nuevas formas de manejar el enojo, el desacuerdo y la frustración sin recurrir a la agresión.
  • En definitiva, la forma en que cada miembro se comporta en terapia es un indicador de cómo se comporta en la relación; trabajar sobre ese comportamiento es parte esencial de la terapia de pareja y una condición para avanzar de manera segura y constructiva.