La felicidad es más una necesidad que una elección, por lo tanto, debemos considerarla una prioridad en nuestra vida diaria.

La felicidad es más una necesidad que una elección, por lo tanto, debemos considerarla una prioridad en nuestra vida diaria.

Muchos psicólogos y psicólogas hemos tenido que encarar preguntas como: ¿pero y qué edad usted tiene? Comúnmente este tipo de pregunta surge cuando la imagen del psicólogo o psicóloga que la persona tiene ante sí no parea adecuadamente con la imagen mental que podría tener respecto de alguien que sea lo suficientemente competente como para «darle consejos». Una persona visiblemente de edad avanzada, que «aparente haber vivido», tiende a ser la imagen de preferencia en las personas que van al psicólogo en busca de consejos. Otros asocian la apariencia, la raza, el sexo, el género, identidad de género y la orientación sexual real o percibida del terapeuta con su capacidad o falta de capacidad para «dar consejos».
Lo cierto es que es un hecho innegable que muchas personas acuden a los consultorios psicológicos en busca de consejos y muchas otras se motivan a estudiar la profesión estimuladas también por la creencia de que la práctica de la psicología se basa en la función de «dar consejos». Estas últimas con frecuencia expresan, al preguntarles qué les motivó a estudiar psicología, que escogieron la profesión porque sus amistades y familiares siempre les piden consejos y que les gusta realizar esa labor. Como profesional que se dedica a formar psicólogos y psicólogas, consejeros y consejeras, puedo dar fe de que estos casos ocurren con frecuencia. Algunos, incluso, se gradúan de algún grado en psicología convencidos de que la labor del psicólogo o la psicóloga es la de dar consejos, y, como cuestión de hecho, limitan su práctica profesional a realizar este tipo de intervención, que podría ser considerada por muchos profesionales como una simplista.
Dar consejos no es lo que realmente hacen los psicólogos. El papel de un psicólogo es mucho más complejo que eso. Un psicólogo es un científico de la salud cuya función principal, como la de todo profesional de la salud, es diagnosticar y tratar condiciones de salud, en este caso las asociadas a la salud mental. Factores como personalidad del cliente, cultura, religión, creencias, valores, autoestima, identidad sexual, resiliencia, salud física y mental, redes de apoyo, educación, coeficiente intelectual, inteligencia emocional, circunstancias ambientales, sociales y ocupacionales, entre otros, son áreas que forman parte del adiestramiento académico de los psicólogos y son instrumentales en el proceso de diagnóstico y tratamiento.
Por supuesto, para un psicólogo sería lo más fácil del mundo dar un consejo. Sin embargo, tenga en cuenta que un psicólogo profesional podrá en algún momento ofrecerle recomendaciones basadas en sus conocimientos científicos, teóricos y prácticos, pero esto no debe confundirse con la simpleza de ofrecer un mero consejo. Si lo que el cliente desea es un consejo (que le digan qué hacer), entonces no necesita pagar los honorarios de un psicólogo para obtenerlo.
Dar consejos no requiere necesariamente habilidad especial ni conocimientos académicos. Absolutamente cualquiera puede dar consejos, en cualquier momento. Dar consejos es fácil. No requiere una comprensión total de los problemas en cuestión. La mayoría de nosotros somos capaces de dar consejos en cualquier momento. La psicoterapia, por otro lado, requiere habilidades específicas y complejas. Para poder ejercer la psicoterapia, un psicólogo debe pasar por muchos años de formación universitaria y obtener una licencia profesional expedida por la autoridad competente, que en el caso de Puerto Rico es el Departamento de Salud.
| Consejos | Psicoterapia/Tratamiento |
| Ofrecidos por cualquier persona | Ofrecida sólo por profesionales licenciados |
| No requiere destrezas ni habilidades especiales | Requiere habilidades específicas y complejas que surgen de una formación académica profunda y a largo plazo |
| Es siempre directivo | Es no-directiva y directiva |
| No se requiere practicar la empatía | Requiere del terapeuta empatía y comprensión del cliente |
| Tiende a ser crítico y juzgador de la persona | No juzga y es afectuosa |
| La autoestima del individuo sigue siendo baja y la confianza está en quien da el consejo | Se aumenta la autoestima del cliente y se le desarrolla la confianza en sí mismo |
| Es poco probable que conduzca a un cambio de comportamiento permanente y consistente | Probablemente conduzca a un cambio de comportamiento profundo y duradero |
| Es particularista | Es holística |
| Conduce sólo a la introspección intelectual | Conduce a la introspección emocional e intelectual |
| El foco es llevar a cabo una conducta o una acción | El foco se centra en llevar a cabo una conducta o acción, pero también en las causas y/o las consecuencias del comportamiento |
| Puede surgir de las necesidades de quien da el consejo (por ejemplo, ayudar, ser amable, tener razón, etc.) | Siempre surge de las necesidades del cliente |

Las parejas pueden dejar de tener sexo por la elección de uno o ambos cónyuges o debido a circunstancias ajenas a su control, como por ejemplo, la distancia física o alguna condición de salud. No es ningún secreto que las relaciones de pareja tienden a perder lustre con el tiempo. Uno o ambos miembros de la pareja pueden tener un deseo sexual bajo y optar por no tener relaciones sexuales con mucha frecuencia o incluso no tenerlas. Otras veces la vida se interpone en el camino: la actividad sexual de una pareja puede verse interrumpida por un embarazo o un nuevo bebé, una carga de trabajo exigente, problemas de salud, orientaciones sexuales mixtas, falta de atracción física, falta de amor o deseo, incompatibilidad en preferencias sexuales, o envejecimiento en general.
Ante esta situación, ¿qué dicen los números? En un estudio publicado en 2018 en Archives of Sexual Behavior, los investigadores encuestaron a casi 18,000 adultos estadounidenses y descubrieron que poco más del 15 porciento de las personas casadas no había tenido relaciones sexuales el año anterior. Es más, el 13,5 porciento no las había tenido en cinco años. Esas cifras tienden a aumentar a medida que la gente envejece. Otro estudio publicado en mayo de 2019 en el Journal of Gerontology encuestó a 1,900 adultos casados de entre 57 y 85 años y encontró que el 40 porciento no había tenido relaciones sexuales el año anterior. Pero estos números, inclusive, pueden que estén lejos de la realidad. A menudo es tabú hablar de sexo o vergonzoso admitir ante los demás que uno está en una relación sin actividad sexual. En mi práctica como psicólogo, de las parejas con las que trabajo en terapia, alrededor del 50 porciento está en relaciones sin actividad sexual.
La intimidad sexual es necesaria en toda relación de pareja romántica. El sexo es una necesidad humana. El sexo y la pasión sexual son los elementos principales que determinan la diferencia entre una pareja romántica y una pareja de meros compañeros. Existe una responsabilidad sexual en la relación. Ser negligente con las necesidades sexuales de tu pareja puede constituir abuso. De hecho, el sexo es una de las principales razones por la que las personas eligen tener una relación de pareja. Tener intimidad sexual en una relación es bueno para el vínculo emocional y excelente para la salud y el bienestar físico y psicológico. Dado que el sexo es una forma de actividad física, puede quemar alrededor de 150 calorías por hora. Por lo tanto, una vida sexual saludable puede tener beneficios protectores para el corazón. Un estudio publicado en julio de 2019 en The American Journal of Medicine encontró que los sobrevivientes de ataques cardíacos que tenían relaciones sexuales más de una vez a la semana tenían un 27 porciento menos de probabilidades de morir durante las siguientes dos décadas en comparación con aquellos que no tuvieron relaciones sexuales en absoluto. Investigaciones anteriores demostraron que tener relaciones sexuales dos veces por semana se asociaba con un menor riesgo de enfermedad cardiovascular en los hombres. La oxitocina, las endorfinas y la dopamina liberadas durante las relaciones sexuales también pueden ayudar a aliviar el estrés y promover un mejor sueño.
Igualmente importante que los beneficios físicos de la intimidad y la gratificación sexual es la recompensa psicológica y emocional. El sexo sano y satisfactorio ayuda a forjar un fuerte vínculo emocional en una relación. Y los beneficios de esa cercanía van mucho más allá del dormitorio. Saber que eres deseado y aceptado te ayuda a sentirte bonita/o, atractiva/o, valioso, seguro de ti y aumenta tu sensación general de bienestar. Por otro lado, el sexo no es sólo una cuestión de “conectarse” con otro cuerpo sino de conectarse y comunicarse con el cuerpo y el alma de otra persona.
El sexo sano y satisfactorio tampoco siempre se trata de una penetración o un orgasmo. La gente pasa por alto el aspecto placentero del sexo. Hay una satisfacción que proviene de sesiones ténues en las que puedes simplemente tocar y explorar. Tener ese tipo de variabilidad y cambiar la rutina es una parte importante del sexo satisfactorio.
A pesar de esto, muchas parejas eligen no tener sexo en sus relaciones de pareja. Veamos algunas de las razones. Comenzamos por definir eso de “pareja sin actividad sexual”. Si bien no existe una definición científica de una relación de pareja «sin actividad sexual» dado que la definición de sexualidad es una sumamente abarcadora, generalmente se considera que esto ocurre cuando una pareja no ha tenido intimidad sexual durante al menos seis meses. Algunos teorizantes afirman que luego de ocho meses de una pareja haber escogido voluntariamente no tener actividad sexual, le será prácticamente imposible reincorporar esta práctica en la relación.
Falta de conexión emocional, impulsos sexuales desiguales, resentimiento, infidelidad, una relación tóxica, niveles elevados de estrés, miedo al embarazo, baja autoestima, depresión, ansiedad, preocupaciones, trauma sexual, disfunción sexual, falta de alegría y placer, egoísmo por parte de uno de los cónyuges, la eyaculación prematura y la falta de variedad pueden provocar inapetencia sexual o aburrimiento entre las sábanas, y todo ello influye en una disminución del deseo sexual.
¿Qué se puede hacer?
Infortunadamente, el sexo en la relación no es un hecho garantizado. Es un acto mutuamente acordado que realiza una pareja para sentir placer y conexión. Cuando hay una razón física detrás de la falta de relaciones sexuales, como un problema de salud, y ambos cónyuges han acordado que, como resultado, están bien con su ritmo de actividad sexual, pueden ser felices. Después de todo, hay otras formas en que las parejas pueden tener intimidad física, como abrazarse, besarse, tomarse de la mano y frotarse la espalda, por nombrar algunas. La buena salud sexual es mucho más que practicar sexo coital o poder tener una erección. La salud sexual se trata de cómo te ves a ti mismo como un ser sexual, tu capacidad para abrazar y disfrutar tu sexualidad y tu sentido de ser verdaderamente dueño de tus acciones y elecciones sexuales. Hay muchas maneras de ser sexual en una relación sin llegar a realizar un acto de penetración. Habla con tu terapeuta. Podría ayudar.

La institución del matrimonio monógamo surgió junto con la llegada de la agricultura, hace aproximadamente 10,000 años.
Contrario a lo que muchas personas creen, el matrimonio no es una invención exclusiva de la religión, aunque las iglesias han jugado un papel importante en su historia. De hecho, el matrimonio monógamo ya se practicaba en el antiguo Imperio Romano, mucho antes de que el cristianismo se convirtiera en la religión dominante.
En sus inicios, el cristianismo heredó muchas prácticas del judaísmo, donde la poligamia era aceptada en la antigüedad. Sin embargo, cuando el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio Romano, fue adoptando el modelo romano de monogamia. A diferencia del cristianismo, otra religión abrahámica, el islam, mantuvo la práctica de la poligamia, que aún existe en algunos contextos hasta el día de hoy.
Esto significa que la monogamia tal como se practica en Occidente tiene raíces más políticas y sociales que religiosas. En la Roma antigua, posiblemente influenciada por su organización republicana y su visión de orden social, la poliginia fue prohibida y la monogamia se estableció como norma legal. Sin embargo, esta norma no se aplicaba de la misma manera para hombres y mujeres: a las mujeres se les exigía fidelidad absoluta, mientras que para muchos hombres la monogamia era más una formalidad que una práctica real.
Como hemos visto en otros análisis, la monogamia no es algo “natural” para los seres humanos en términos biológicos. Más bien, es una construcción social relativamente reciente. La aparición del matrimonio monógamo está estrechamente relacionada con el surgimiento de la agricultura, hace unos 10,000 años.
Antes de la agricultura, las sociedades de cazadores-recolectores no poseían tierras ni acumulaban grandes riquezas. Había poco que heredar. Con la agricultura, todo cambió: las personas comenzaron a poseer tierras, animales y bienes que podían transmitirse de una generación a otra. El matrimonio surgió entonces, en gran medida, como un acuerdo económico destinado a proteger la propiedad familiar y asegurar una línea clara de herencia.
Desde un punto de vista biológico, una mujer siempre sabe que el hijo que da a luz es suyo. Para los hombres, en cambio, la paternidad siempre ha sido menos evidente. En sociedades agrícolas, esta incertidumbre se volvió especialmente problemática, ya que los hombres querían asegurarse de que su riqueza pasara exclusivamente a sus propios descendientes biológicos. Para lograrlo, se esperaba que las mujeres fueran estrictamente monógamas y, en muchos casos, vigiladas o acompañadas para garantizar esa exclusividad.
La situación era distinta para los hombres, especialmente para aquellos con recursos. Los hombres ricos podían mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio, siempre y cuando no involucraran a mujeres “pertenecientes” a otros hombres, como esposas o hijas de familias poderosas. La abundancia de recursos también facilitó el desarrollo de la poligamia: un hombre con suficientes medios podía tener varias esposas, cada una obligada a ser monógama con él.
Entre las clases más pobres, la monogamia era más común, no necesariamente por razones morales, sino porque simplemente no podían permitirse más de una esposa. Además, la poliginia generaba un desequilibrio: no había suficientes mujeres disponibles para todos los hombres. Muchos hombres sin esposa terminaban en el ejército o recurrían a la prostitución para satisfacer sus necesidades sexuales.
En resumen, durante la era agrícola existieron múltiples formas de organización matrimonial y sexual, determinadas en gran medida por el género y la clase social. No había un solo modelo universal de matrimonio.
Occidente, con su herencia romano-cristiana, ha practicado el matrimonio monógamo durante más de dos mil años. Históricamente, a las mujeres se les exigía exclusividad sexual, mientras que a los hombres —especialmente a los más adinerados— se les toleraban relaciones extramatrimoniales, siempre que respetaran las jerarquías sociales.
Durante siglos, el matrimonio fue principalmente un acuerdo económico. Muchos matrimonios eran arreglados por las familias, sin considerar los deseos de los futuros esposos. El objetivo principal era conservar la riqueza y producir herederos. Aunque las personas podían enamorarse, el amor se consideraba una base poco confiable para una institución tan seria como el matrimonio.
No fue hasta los siglos XVIII y XIX que el debate entre casarse por amor o por conveniencia económica se volvió un tema central en la literatura y el pensamiento occidental. Para la primera mitad del siglo XX, la idea de que una pareja debía estar enamorada antes de casarse ya era ampliamente aceptada. Aun así, las expectativas eran muy distintas a las actuales.
Los roles de género estaban claramente definidos: el hombre proveía económicamente y la mujer se encargaba del hogar y la crianza. Esto reducía la necesidad de negociar responsabilidades, algo que hoy genera mucho estrés en las parejas modernas. Además, el matrimonio no era visto como la única fuente de apoyo emocional. Las personas contaban con redes amplias de familiares, amistades y comunidad.
En contraste, las parejas actuales suelen tener expectativas mucho más altas. Ya no buscan solo un compañero de vida, sino una “alma gemela” que satisfaga casi todas sus necesidades emocionales, afectivas y relacionales. Esto coloca una enorme presión sobre la relación de pareja.
Otro cambio importante ha sido el avance hacia la igualdad de género durante el último siglo. Los roles tradicionales han perdido fuerza: hoy muchas mujeres son el principal sostén económico del hogar y muchos hombres asumen un papel activo en la crianza. En lugar de roles predefinidos, cada pareja debe negociar cómo distribuir responsabilidades y expectativas.
Finalmente, un tema clave en el matrimonio moderno es la fidelidad. A diferencia del pasado, hoy se espera que tanto hombres como mujeres sean igualmente fieles. En ese sentido, la igualdad de género en el matrimonio se ha logrado, en parte, limitando la libertad sexual tradicionalmente permitida a los hombres para alinearla con las restricciones históricas impuestas a las mujeres.
Algunos plantean que la igualdad también podría lograrse ampliando la libertad sexual de las mujeres, una idea que sigue siendo controversial incluso entre ellas mismas. Este debate refleja que el matrimonio continúa evolucionando, adaptándose a nuevas realidades sociales, culturales y personales.
