La historia del debate sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo

Recientemente, el papa Francisco autorizó a la Iglesia Católica a bendecir las uniones entre personas del mismo sexo, aunque mantuvo la prohibición del matrimonio religioso para estas parejas.

La postura reciente del papa Francisco ha generado reacciones intensas dentro y fuera de la Iglesia Católica. Para algunos representa un gesto de apertura y reconocimiento; para otros, un cambio difícil de aceptar que provoca divisiones profundas. Más allá del debate actual, esta decisión invita a una pregunta importante: ¿cómo ha evolucionado históricamente la idea del matrimonio?

A finales del siglo XVIII comenzó a ocurrir algo que, en su momento, resultó profundamente inquietante para las sociedades occidentales: la idea tradicional del matrimonio empezó a transformarse. Los jóvenes comenzaron a cuestionar por qué debían casarse y qué debía significar realmente esa unión. La idea revolucionaria era simple, pero poderosa: las personas debían casarse por amor, y no únicamente por razones económicas, familiares, políticas o de supervivencia.

A pesar del temor que este cambio generó, ni la sociedad ni la familia desaparecieron. El matrimonio no colapsó. Por el contrario, se transformó y siguió existiendo.

¿Qué significa realmente “tradicional” en el matrimonio?

Cuando se habla de matrimonio “tradicional”, a menudo se piensa en una sola fórmula: un hombre, una mujer y la procreación. Sin embargo, la historia demuestra que el matrimonio nunca ha sido una institución uniforme. A lo largo del tiempo y entre distintas culturas, ha adoptado formas muy diversas.

Los primeros cristianos en Europa y Oriente Medio promovían la monogamia sin divorcio. En contraste, algunas tribus nativas americanas practicaban la poligamia, mientras que otras aceptaban la monogamia con la posibilidad de disolver la unión. En ciertas sociedades africanas y asiáticas existían uniones entre personas del mismo sexo que no se entendían necesariamente como relaciones sexuales, sino como arreglos sociales, especialmente cuando uno de los miembros asumía el rol social del sexo opuesto.

Entre los inuit del Ártico, por ejemplo, se daban matrimonios compartidos en los que dos parejas intercambiaban compañeros, una práctica que ayudaba a mantener la paz entre clanes. En algunas tribus sudamericanas, una mujer embarazada podía tener varios compañeros sexuales, todos considerados padres del niño. Curiosamente, los estudios mostraron que los niños con múltiples figuras paternas tenían mayores tasas de supervivencia.

La globalización ha hecho desaparecer muchas de estas prácticas, aunque algunas han persistido hasta tiempos recientes. En Estados Unidos, ciertos grupos mormones disidentes aún practican la poligamia. En regiones de China, hasta finales del siglo XX, algunas mujeres casadas continuaban viviendo con sus padres. En el valle de Lahaul, en la India, existió la poliandria, donde una mujer se casaba con varios hermanos, lo que ayudaba a conservar tierras familiares y controlar la población.

El ideal occidental del matrimonio

Durante gran parte de la historia humana, el matrimonio fue principalmente una herramienta para organizar recursos, alianzas y poder entre familias. En sociedades jerárquicas, el matrimonio ayudaba a conservar tierras y riquezas, razón por la cual incluso el incesto fue común en familias reales.

Una de las transformaciones más importantes del matrimonio en Occidente ocurrió con los primeros cristianos. En aquel tiempo, un hombre podía divorciarse de su esposa si ella no podía tener hijos. El cristianismo rechazó esta práctica y afirmó que el matrimonio no dependía de la capacidad de procrear. Esta idea fue radical para su época.

Aun así, el matrimonio cristiano no se basaba en el amor romántico. De hecho, durante siglos se pensó que el amor intenso dentro del matrimonio distraía de la devoción a Dios. San Pablo incluso sugirió que el celibato era el ideal, y que el matrimonio era una opción solo para quienes no podían controlar sus deseos. En la Edad Media, se llegó a afirmar que el verdadero romance solo podía existir fuera del matrimonio.

El cambio a partir del siglo XVIII

La relación entre amor y matrimonio no comenzó a consolidarse hasta finales del siglo XVIII, cuando los pensadores de la Ilustración defendieron el derecho de los jóvenes a elegir a sus parejas. A partir de ese momento, los cambios se aceleraron.

A comienzos del siglo XX, la satisfacción sexual empezó a considerarse un elemento importante del matrimonio. En las décadas de 1960 y 1970, se cuestionaron las leyes que otorgaban a los hombres control legal sobre sus esposas. Poco a poco, la idea del matrimonio como una unión con roles de género rígidos comenzó a debilitarse.

Algunos autores señalan que fueron las propias parejas heterosexuales quienes transformaron el matrimonio: primero al priorizar el amor, luego el deseo sexual y finalmente la igualdad de roles. Esto abrió la puerta a que parejas del mismo sexo reclamaran el derecho a una institución que ya había cambiado profundamente.

Cada uno de estos cambios fue recibido con resistencia. Casarse por amor fue visto como una amenaza; la liberación sexual femenina generó rechazo; y el movimiento feminista enfrentó fuerte oposición. Sin embargo, con el tiempo, estas transformaciones se integraron en la sociedad.

Así, la historia continuó su curso hasta que varios países comenzaron a reconocer legalmente el matrimonio entre personas del mismo sexo. Este proceso no ocurrió de forma repentina, sino como resultado de siglos de cambios en cómo entendemos el amor, la pareja y la familia.

Comprender esta evolución histórica ayuda a poner en perspectiva los debates actuales. El matrimonio nunca ha sido una institución estática; ha cambiado constantemente para responder a las realidades sociales, culturales y humanas de cada época.