Pregunta
P
Mi esposa (20 años juntos, 13 de casados) y yo siempre sentimos cierta incomodidad en lo sexual, aunque éramos felices y no entendíamos bien a qué se debía. Recientemente ella me confió que desde hace muchos años necesita fantasear con otros hombres para obtener “estimulación extra” y facilitar el orgasmo. Además, me dijo que su posición sexual favorita es “en cuatro”, que durante mucho tiempo asumimos que era la menos preferida conmigo. Tras una investigación más profunda, descubrimos que esto se debía a la conducta promiscua que tuvo a los 14 años con un joven de 16 años muy bien dotado. En lugar de dejar atrás esa experiencia, al parecer ha arrastrado consigo los deseos que experimentó entonces durante más de 20 años.
Aunque he leído que fantasear puede ser normal e incluso saludable, también he visto que puede ser problemático si hiere a otra persona. En mi caso, me siento traicionado y siento que me negaron la oportunidad de complacerla durante años. Además, somos personas de fe cristiana (compartimos las mismas doctrinas) y ambos reconocemos que estas fantasías podrían considerarse una forma de infidelidad. Ella ahora tiene 38 años, pero parece seguir aferrada a aspectos físicos de aquel recuerdo adolescente con el que no ha vuelto a tener contacto. Esto hiere nuestro matrimonio y me preocupa que vaya más allá de lo “normal” o aceptable. ¿Cómo se clasificaría esta situación? ¿Se trata de algún trastorno o compulsión sexual? Toda ayuda será muy agradecida.
Respuesta del Psicólogo
R
Gracias por la honestidad con la que compartes algo tan íntimo y sensible. Es completamente comprensible que te sientas herido, confundido e incluso traicionado; no solo describen una dificultad sexual, sino también el dolor de descubrir que, por años, la conexión erótica se sostuvo con apoyos internos que te excluían emocionalmente. Quiero validar tu fe, tus valores y tu deseo de una intimidad auténtica: tu reacción no es exagerada; es humana.
Desde una mirada clínica, lo que describes no necesariamente corresponde a un “trastorno sexual” formal. Las fantasías son frecuentes y, para muchas personas, cumplen funciones de estimulación, autorregulación emocional o exploración. Sin embargo, cuando una fantasía se vuelve indispensable para la respuesta sexual o hiere a la pareja, deja de ser neutral y se convierte en un tema terapéutico. En ocasiones, ciertas experiencias de la adolescencia quedan asociadas —por aprendizaje y emoción— a una “plantilla” de excitación que luego se reactiva en la vida adulta. No implica un deseo real hacia alguien del pasado, sino un anclaje a sensaciones, guiones eróticos y significados (poder, validación, control, escape) que nunca se elaboraron a fondo.
También es natural que, desde su marco espiritual compartido, ustedes interpreten estas fantasías como una forma de infidelidad. En terapia trabajamos precisamente en traducir ese conflicto entre valores y conducta en conversaciones restaurativas: cómo honrar la fe y, a la vez, abrir un camino de reparación, perdón y crecimiento. Más que etiquetar la situación como “condición” o “compulsión”, el foco útil es comprender la función de la fantasía, disminuir su centralidad y construir una intimidad presente que resulte suficientemente segura, estimulante y conectada para ambos.
Recomendaciones
- Busquen terapia de pareja con enfoque en sexualidad (sexología clínica): un espacio especializado ayuda a desactivar culpas, clarificar significados y establecer pasos concretos para reconstruir el deseo y la confianza.
- Definan límites y transparencia sobre la fantasía: aunque las fantasías son asuntos personales si las mantenemos para nosotros mismos, conversen —con guía profesional— qué es aceptable para ambos si es que las mismas llegan a exteriorizarse. El objetivo no es “prohibir”, sino reorientar.
- Reduzcan la dependencia de la fantasía mediante ejercicios guiados: prácticas como sensate focus (enfoque sensorial paso a paso), respiración consciente y pausas de reajuste atencional ayudan a anclar la excitación en el aquí y ahora corporal, con el otro.
- Construyan un nuevo guion erótico en común: exploren gradualmente variaciones, ritmos, estímulos y posiciones que funcionen para ustedes hoy, sin presión de “rendimiento”. La curiosidad compartida es más potente que la perfección.
- Atiendan las emociones provocadas por la herida: tu dolor merece tiempo y palabras. Propongan momentos de conversación estructurada (escucha activa, sin interrupciones ni defensa), orientados a entender y reparar, no a justificar.
- Integren su fe como recurso: si lo desean, trabajen con un terapeuta que respete su espiritualidad. Prácticas de reconciliación, gratitud y propósito pueden sostener el proceso de perdón y compromiso renovado.
- Busquen posibles factores asociados: estrés, ansiedad de desempeño, discrepancias en el deseo o mensajes aprendidos sobre sexualidad pueden estar afectando; abordarlos podría reducir la necesidad de fantasías.
- Eviten etiquetas que bloqueen el cambio: llamarlo “trastorno” puede generar vergüenza. Pensarlo como un patrón aprendido y modificable abre caminos de intervención.
En síntesis: lo que ocurre parece más un patrón erótico aprendido que un trastorno. Con tratamiento profesional y un proyecto erótico compartido, es posible disminuir la dependencia de esas imágenes internas y fortalecer una intimidad más honesta, presente y placentera para ambos.
“El pasado no se borra, pero puede resignificarse para que deje de dirigir el presente”.
Si están dispuestos a caminar este proceso con paciencia y ternura, pueden transformar esta crisis en un nuevo comienzo. Estoy contigo: tu dolor tiene sentido y también tiene salida.
Con aprecio y respeto,
Dr. González
Por favor, lea nuestro Relevo de Responsabilidad.

