Lo que revela un estudio sobre religión, sexualidad, confusión y adaptación

Los investigadores encontraron que quienes abandonan estas comunidades suelen enfrentarse a grandes cambios internos, especialmente al intentar adaptarse a una nueva forma de entender las relaciones, el cuerpo y la intimidad.

Fuente: Estudio publicado en la revista Archives of Sexual Behavior. Autores: Zvika Orr, Beth G. Zalcman, Anat Romem y Ronit Pinchas-Mizrachi.

Un estudio reciente analizó cómo viven la sexualidad las personas que deciden salir de comunidades judías ultraortodoxas en Israel, mostrando que este proceso puede ser complejo, confuso y, en muchos casos, doloroso. A través de entrevistas detalladas con 37 personas, los investigadores encontraron que quienes abandonan estas comunidades suelen enfrentarse a grandes cambios internos, especialmente al intentar adaptarse a una nueva forma de entender las relaciones, el cuerpo y la intimidad. Muchas de estas personas pasan de un entorno donde estos temas casi no se discuten a otro donde son mucho más abiertos, lo que genera choques importantes.

En estas comunidades, la sexualidad está fuertemente controlada desde la infancia. Niños y niñas crecen separados, y hablar sobre sexo es limitado o inexistente. A los varones, por ejemplo, se les advierte sobre ciertas conductas con mensajes muy estrictos, mientras que las mujeres reciben poca educación sobre su propio cuerpo más allá de aspectos básicos. Incluso antes del matrimonio, la orientación que reciben las parejas se centra más en normas religiosas que en aspectos como el consentimiento, el bienestar emocional o el conocimiento del propio cuerpo. Este contexto deja a muchas personas sin herramientas claras cuando luego entran en una sociedad más abierta.

Al salir de estas comunidades, muchas personas experimentan una etapa de gran incertidumbre. El estudio encontró que algunas vivieron situaciones de abuso en su infancia que nunca fueron reconocidas ni atendidas, lo que influyó en su decisión de irse. También se observó que la falta de información sobre sexualidad genera dificultades al relacionarse con otras personas, ya que las normas sociales en el mundo secular son muy diferentes. Algunos participantes describieron sus primeras experiencias como confusas o incluso como situaciones en las que se sintieron aprovechados, mientras que otros reconocieron haber cruzado límites sin intención, simplemente por desconocimiento.

Tanto hombres como mujeres reportaron dificultades para manejar la intimidad. Algunos hombres sentían ansiedad o culpa por pensamientos normales, mientras que muchas mujeres no sabían cómo comportarse o expresarse en este nuevo entorno. Varias personas describieron sentirse como si no tuvieran una “guía” para manejar estas situaciones. Esta sensación de estar entre dos mundos —sin pertenecer completamente a ninguno— fue una experiencia común, generando conflictos internos sobre identidad, valores y forma de vida.

Para aprender sobre sexualidad, muchos recurrieron al Internet, al apoyo de parejas o a conversaciones con otras personas que habían pasado por experiencias similares. Sin embargo, este aprendizaje muchas veces fue improvisado. Mientras algunos aprovecharon su nueva libertad para explorar y descubrirse, otros reaccionaron con miedo o evitación debido a la vergüenza o ansiedad aprendidas en su crianza. Incluso algunos prefirieron mantener formas tradicionales de conocer pareja para evitar la incertidumbre de las citas en el mundo moderno.

El estudio también encontró cambios importantes en la forma en que estas personas perciben su cuerpo. Al salir de una cultura donde la apariencia física no es central, muchos comenzaron a preocuparse más por su imagen, su forma de vestir o su estado físico, al darse cuenta de que estos aspectos influyen en las relaciones sociales y románticas en su nuevo entorno.

A pesar de las diferencias individuales, un punto en común fue la sensación de vulnerabilidad. Al no tener experiencia ni referencias claras sobre las normas sociales fuera de su comunidad, estas personas pueden ser más propensas a malentendidos o situaciones de riesgo. Algunas mujeres reportaron haber sido manipuladas en relaciones, mientras que algunos hombres admitieron haber interpretado mal señales sociales sin darse cuenta.

Los autores señalan que este estudio tiene limitaciones, ya que se enfocó en un grupo específico dentro de Israel y no necesariamente representa a todas las comunidades religiosas. Sin embargo, destacan la importancia de seguir investigando este tema para comprender mejor los desafíos que enfrentan las personas que atraviesan cambios tan profundos en sus vidas.

Cuando la Fe Divide y el Amor Insiste: Un Caso de Conflicto Interreligioso


Caso


María y Daniel llevan seis años de relación y tres años de matrimonio. Ambos se conocieron en la universidad, compartiendo intereses comunes en las artes, el estudio y un fuerte sentido de compromiso social. Sin embargo, desde el inicio de la convivencia aparecieron tensiones relacionadas con un aspecto importante de sus vidas: la religión.

María proviene de una familia católica tradicional. Para ella, la religión es una parte central de su identidad: participa activamente en festividades, acude a misa semanal y siente un fuerte deseo de transmitir sus creencias a sus futuros hijos. Daniel, por otro lado, pertenece a una denominación protestante. Su fe es también profunda, pero su tradición pone énfasis en la interpretación personal de la Escritura, lo que lo lleva a prácticas distintas y a visiones divergentes sobre temas de familia, educación y rituales.

Ambos reconocen que estas diferencias no fueron tan relevantes al principio de su relación; se sentían enamorados, flexibles y centrados en el presente. Sin embargo, con el paso del tiempo y la presión de decisiones importantes —como dónde casarse, cómo celebrar las fiestas religiosas, y especialmente cómo criar a los hijos— las discrepancias se intensificaron.

En los últimos meses, las discusiones aumentaron. María siente que Daniel “no valora su religión” y teme que él quiera excluir prácticas que ella considera esenciales. Daniel, por su parte, percibe que María “no respeta su autonomía espiritual” y teme que su familia política lo presione a adoptar una práctica religiosa que no le pertenece.

La comunicación se ha deteriorado: evitan hablar del tema, cada conversación termina con críticas o reproches, y ambos sienten que la relación está entrando en un ciclo de rigidez, resentimiento y distancia emocional. Preocupados por el impacto que esto pueda tener en su matrimonio, buscan ayuda profesional.


Análisis


Análisis psicológico del caso

Las diferencias religiosas en una pareja no son un problema en sí mismas; el conflicto surge cuando estas diferencias se vuelven símbolos de identidad, seguridad y continuidad personal. En el caso de María y Daniel, la religión cumple una función emocional profunda: para María representa pertenencia familiar y continuidad; para Daniel representa libertad personal y coherencia interna.

Desde una perspectiva clínica, se observan varios fenómenos relevantes:

  • Conflicto simbólico: ambos discuten sobre religión, pero el verdadero conflicto es sobre validación, identidad y autonomía.
  • Comunicación defensiva: cada uno escucha desde la amenaza y no desde la curiosidad.
  • Miedo al futuro: la crianza de los hijos se convierte en un foco de ansiedad y proyecciones sobre una futura imposición.
  • Falta de acuerdos explícitos: nunca trabajaron estrategias concretas para integrar ambas creencias dentro de la relación previo a formalizar el vínculo.

El conflicto religioso se ha convertido en un terreno emocional cargado que activa inseguridades personales y familiares, provocando desconexión afectiva y escalada en discusiones. La terapia, muy recomendada en este caso, busca ayudar a los cónyuges que pasan situaciones como éstas, a transformar este conflicto en un espacio de colaboración, respeto y construcción de una visión conjunta.

Recomendaciones terapéuticas

Si te identificas con una situación parecida, estas soluciones podrían ayudarte:

  1. Establecer una comunicación segura:
    En terapia se trabaja en técnicas de escucha activa, validación emocional y expresión sin ataque. Ambos deben aprender a hablar de religión sin usar un lenguaje que implique juicio o imposición.
  2. Identificar el significado personal de la religión:
    Cada uno debe explorar qué emociones, memorias y necesidades están asociadas a su fe. Esto permite comprender que el conflicto no es doctrinal, sino emocional.
  3. Crear acuerdos de convivencia espiritual:
    Desarrollar reglas claras y respetuosas: asistencia a eventos, participación en rituales, maneras de acompañarse sin sentirse presionados.
  4. Diseñar un plan parental compartido:
    Explorar modelos parentales posibles: crianza interreligiosa, neutralidad con exposición gradual, o un sistema híbrido consensuado. Lo importante es que el acuerdo sea justo, explícito y emocionalmente sostenible para ambos.
  5. Diferenciar identidad individual de identidad de pareja:
    La terapia psicológica podría ayudar a integrar la premisa de que pueden amar profundamente sin fusionarse religiosamente. La coexistencia de diferencias es una señal de madurez relacional.
  6. Reforzar la alianza de pareja:
    Trabajar actividades y rituales propios de la relación que no estén ligados a ninguna religión, fortaleciendo el “nosotros” como base de estabilidad.
  7. Construir un protocolo para futuras discusiones:
    Establecer pasos para prevenir escaladas: tiempo de pausa, retorno a la conversación, preguntas guía, límites y reparación emocional.

La meta final es que la pareja pueda transformar el conflicto religioso en una oportunidad para construir respeto mutuo, flexibilidad cultural y una visión compartida de familia.

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