Estadísticas sexuales | Parte III

¿Alcanzas el orgasmo cada vez?

Los números varían dependieno de la fuente de información, pero de acuerdo con National Health and Social Life Survey, mientras que el 75 porciento de los hombres siempre alcanza el orgasmo durante las relaciones sexuales, sólo el 23 porciento de las mujeres informa lo mismo. Además, la gran mayoría de las mujeres no puede alcanzar el clímax mediante el coito vaginal y, en cambio, necesitan estimulación del clítoris.

¿Tienes un sofá cómodo?

De acuerdo con National Sleep Foundation, aproximadamente uno de cada 10 adultos casados ​​(el 12 porciento) dice que normalmente duerme solo.

Las relaciones abiertas y el proceso terapéutico

 

En términos generales, las relaciones abiertas no cualifican para terapia de parejas.  Sin embargo, puede que haya algún terapeuta creativo que tome la decisión de conducir procedimientos terapéuticos con este tipo de pareja.  Los modelos teóricos para parejas tienden a estar formulados para relaciones sexualmente exclusivas y compuestas por dos personas.

Así las cosas, y para conocer un poco mejor este tipo de relación, podemos mencionar que en la etapa inicial de una relación, los cónyuges tienden a restarle importancia a cualquier insatisfacción que pudiera surgir en el manejo de la sexualidad. Sin embargo, a la larga, uno de los cónyuges podrá querer más sexo o tendrá necesidades no satisfechas que se convertirán en un tema fundamental en la relación. En la mayoría de los casos es el hombre el que reclamará más frecuencia en la sexualidad, pero en una minoría considerable es la mujer la que experimentará mayor deseo sexual.

El consenso general entre la comunidad profesional de terapeutas de parejas es que las relaciones abiertas tienden a conducir a la miseria emocional de todas las partes involucradas y la investigación científica nos muestra que también tienden a agravar los problemas en la relación.

En ocasiones, una solución frecuentemente practicada es que el cónyuge con menor deseo sexual acepta los deseos del cónyuge con mayor deseo sexual. En el matrimonio tradicional y heterosexual, se considera que la mujer tiene el deber de proporcionar relaciones sexuales siempre que el marido lo desee como parte de sus “deberes de esposa”. Pero en el matrimonio moderno la coerción sexual es inaceptable por completo. Entonces, ¿qué debe hacer el cónyuge sexualmente frustrado? En ocasiones satisface sus necesidades sexuales fuera de la relación e intenta mantener sus aventuras en secreto en una situación comúnmente conocida como “infidelidad”. Sin embargo, una minoría de las relaciones opta por abrir la relación. El fenómeno de las relaciones abiertas ocurre cuando una pareja reconoce que no puede satisfacer sus necesidades sexuales dentro del contexto de una relación monógama, o cuando entiende que no puede satisfacer las necesidades sexuales del otro o de la otra y, por lo tanto, se otorgan permiso para buscar gratificación sexual fuera de la relación.

El consenso general entre la comunidad profesional de terapeutas de parejas es que las relaciones abiertas tienden a conducir a la miseria emocional de todas las partes involucradas y la investigación científica nos muestra que también tienden a agravar los problemas en la relación. No obstante ello, existe también evidencia científica limitada de que para unas pocas parejas, con ciertas características muy específicas, las relaciones abiertas podrían funcionar. Esta investigación limitada muestra que las personas que escogieron abrir sus relaciones son tan felices en sus relaciones como aquellas que son exclusivamente monógamas, pero están más satisfechas sexualmente. Además, estas personas mostraron tener mejores habilidades de comunicación en comparación con aquellos en relaciones tradicionales, y menores niveles de celos y mayores niveles de confianza. Sin embargo, esto no significa que abrir el matrimonio sea una panacea para los problemas de discrepancia sexual en las parejas. Más bien, significa que las personas que ya son buenas para comunicarse, que tienen pocos celos y mucha confianza tienen más probabilidades de sortear con éxito todos los obstáculos que suponen las relaciones abiertas.

Hay tres categorías principales de relaciones abiertas:

  • Swinging. La pareja intercambia pareja con otra pareja, a menudo en la privacidad de uno de sus hogares, pero a veces en clubes de “swingers” que se pueden encontrar en las principales ciudades.
  • Apertura total. A cada cónyuge se le concede permiso para buscar parejas sexuales adicionales, generalmente dentro de ciertas restricciones acordadas por la pareja.
  • Poliamor. Exite una relación primaria, pero uno o ambos cónyuges sostienen relaciones adicionales a largo plazo o con cierto grado de formalidad con otras personas; por lo general, todos los miembros involucrados en la red poliamorosa se conocen y se llevan bien entre sí.

En suma, algunas parejas podrán negociar una solución satisfactoria a las discrepancias en la satisfacción sexual dentro de los límites de la monogamia, mientras que otras decidirán que abrir la relación es la mejor solución. En cualquier caso, lo que queda claro es que la clave para una sexualidad satisfactoria es la participación activa de cada cual en la consecución de su propio placer.

Relación con el proceso de terapia

  • Los modelos clásicos de terapia de pareja fueron diseñados para relaciones diádicas y monógamas; cuando existe una relación abierta, el formato tradicional de “dos personas en consulta” no refleja toda la complejidad del sistema relacional.
  • En una relación abierta hay más de dos personas involucradas de manera directa en los acuerdos afectivos y sexuales; limitar el trabajo solo a una díada puede dejar fuera dinámicas y conflictos centrales.
  • Muchos protocolos estandarizados de terapia de pareja asumen explícitamente la monogamia como marco normativo (por ejemplo, la infidelidad como ruptura del contrato básico), lo cual no se ajusta a relaciones donde el acuerdo incluye vínculos múltiples.
  • Cuando se aplica un enfoque de pareja clásico a una relación abierta, existe el riesgo de interpretar el modelo relacional abierto como “problema” en sí mismo, en lugar de centrarse en la calidad de los acuerdos, la comunicación y el cuidado mutuo.
  • En relaciones abiertas, muchas dificultades y decisiones (límites, celos, manejo del tiempo, jerarquías) podrían depender de más de dos voces; trabajar solo con una “pareja principal” podría ser problemático.
  • Esto no significa que las personas en relaciones abiertas “no merezcan” ayuda, sino que el rótulo y formato tradicional de terapia de pareja puede no ser el más preciso ni el más ético a su realidad relacional.

 

 

La historia de la pornografía

En muchas relaciones de pareja surgen objeciones —especialmente por parte de las mujeres— al consumo de pornografía por parte de sus parejas. Estas objeciones pueden estar relacionadas con ideas de infidelidad, creencias religiosas, inseguridades personales o preocupaciones sobre el impacto que este consumo tiene en la relación. Para comprender mejor este tema, es útil mirar la historia de la pornografía y su lugar en la experiencia humana.

El sexo siempre ha ocupado un lugar central en la vida de los seres humanos y en sus relaciones de pareja. Lo que las personas hacen sexualmente, cómo lo hacen y por qué lo hacen ha despertado curiosidad, interés y debate a lo largo de toda la historia.

En la actualidad, la pornografía suele presentarse como uno de los grandes “males” de la sociedad moderna. Para muchas personas, es vista como una señal de decadencia moral asociada a la tecnología, las cámaras, el internet y el acceso inmediato a contenidos sexuales. Sin embargo, esta percepción ignora un hecho importante: la pornografía no es un fenómeno nuevo.

Mucho antes de la fotografía, el cine o el internet, ya existían representaciones sexuales. De hecho, muchos investigadores consideran que la evolución humana nos predispuso a la excitación visual. Desde una perspectiva biológica, sentirse excitado al ver otros cuerpos humanos desnudos facilitó la reproducción y la transmisión de los genes. Visto de esta manera, el interés por las imágenes sexuales no es una desviación moderna, sino una constante histórica.

El erotismo a lo largo de la historia

La definición de “pornografía” es, en gran medida, subjetiva. Lo que una persona considera arte, otra puede verlo como material sexual. Por ejemplo, una obra clásica como La maja desnuda de Goya puede ser apreciada por su valor artístico o utilizada con fines sexuales, dependiendo de quien la observe.

En el ámbito académico, suele definirse la pornografía como material creado exclusivamente con el propósito de provocar excitación sexual, sin una intención artística, cultural o simbólica más amplia.

Bajo esta definición, muchas de las primeras representaciones eróticas de la humanidad no encajarían del todo como pornografía. Hace más de 30,000 años, pueblos del Paleolítico tallaban figuras de mujeres con cuerpos exagerados: pechos grandes, vientres prominentes y muslos gruesos. Los arqueólogos creen que estas figuras no estaban destinadas a la excitación sexual, sino que funcionaban como símbolos de fertilidad o elementos religiosos.

Con el paso del tiempo, las representaciones sexuales se volvieron más explícitas. En la antigua Grecia y Roma existían esculturas públicas y frescos que mostraban prácticas sexuales diversas, incluyendo relaciones entre personas del mismo sexo, tríos, sexo oral y otras expresiones que hoy muchos considerarían explícitas. En la India, durante el siglo II, el Kama Sutra combinaba consejos sexuales con reflexiones sobre la relación de pareja. En el antiguo Perú, la cultura Moche plasmó escenas sexuales en cerámica, y en el Japón del siglo XVI se popularizaron los grabados eróticos en madera.

El nacimiento de la pornografía moderna

No fue hasta el siglo XIX que comenzó a desarrollarse la idea de producir pornografía exclusivamente con fines sexuales. Aunque ya existían novelas eróticas desde siglos anteriores, una de las primeras novelas pornográficas completas en inglés, Fanny Hill, se publicó en 1748. A pesar de las actitudes conservadoras de la época, estas obras gozaron de gran popularidad.

Más adelante, obras como My Secret Life, publicada en 1888 por un autor anónimo, describían experiencias sexuales de forma directa y gráfica, demostrando que el interés por este tipo de contenido persistía incluso en contextos sociales muy restrictivos.

La tecnología jugó un papel clave en la expansión de la pornografía. Con la invención de la fotografía en 1839, no pasó mucho tiempo antes de que esta nueva herramienta fuera utilizada para crear imágenes sexuales. Algo similar ocurrió con el cine: a finales del siglo XIX y principios del XX comenzaron a producirse cortos eróticos, generalmente exhibidos en espacios privados y reuniones exclusivamente masculinas.

La popularización de la pornografía

Durante la década de 1970, los cambios sociales y culturales permitieron que el contenido sexual explícito se volviera más visible. Más tarde, la llegada de internet y las cámaras digitales redujo drásticamente las barreras para producir y distribuir pornografía. Hoy en día, existen plataformas completas dedicadas a videos sexuales, muchos de ellos producidos por personas no profesionales.

Este acceso masivo también diversificó el contenido. Algunos estudios mostraron que una gran parte de las búsquedas y descargas se enfocaban en prácticas poco convencionales, posiblemente porque el sexo “tradicional” ya estaba ampliamente disponible en revistas y películas.

Aunque no existen cifras exactas sobre el tamaño económico de la industria pornográfica, su consumo es ampliamente reconocido. Un estudio publicado en 2008 encontró que el 87 % de los hombres universitarios y el 31 % de las mujeres universitarias en Estados Unidos habían consumido pornografía.

La pornografía en la actualidad

Hoy en día, la pornografía genera debates intensos. Algunos críticos señalan que la competencia dentro de la industria ha llevado a un aumento de escenas que incluyen dominación, agresión verbal y física, especialmente en contenidos dirigidos a hombres heterosexuales. Diversos estudios han encontrado que este tipo de representaciones puede reforzar estereotipos negativos sobre las mujeres y afectar la vida sexual y relacional de quienes las consumen.

Otros investigadores, sin embargo, argumentan que la pornografía no debe entenderse como educación sexual, sino como una forma en la que muchas personas exploran fantasías y deseos que no necesariamente desean llevar a la vida real.

En conclusión, los debates sobre la pornografía no son nuevos. Existen al menos desde la época victoriana y es poco probable que desaparezcan pronto. Tampoco es realista pensar que las personas dejarán de sentirse atraídas por imágenes sexuales. A muchas personas les gusta tener sexo y a muchas también les gusta observarlo. La pornografía, con todas sus controversias, es una expresión más de esa realidad humana.

La infidelidad, ¿qué es y por qué ocurre? | Parte I

La mayoría de la gente considera que la monogamia es la norma: casi el 99% de los participantes en un estudio representativo a gran escala informó que tenía la expectativa de que su cónyuge fuera sexualmente monógamo y el 99% de los participantes de esta misma investigación creía que su pareja esperaba exclusividad sexual en la relación. Podemos ver que las expectativas de exclusividad sexual en el matrimonio, la relación o la convivencia rara vez cambian; menos del 1% de las parejas heterosexuales que participó en este estudio informó que su pareja o cónyuge había cambiado sus creencias sobre la exclusividad sexual luego de establecida la relación. Además de creer que la monogamia es la norma, la mayoría de la gente ve la infidelidad de forma negativa. Según una encuesta de Gallup de 2017, el 88% de los estadounidenses cree que es moralmente inaceptable que hombres y mujeres casados tengan una aventura fuera de la relación.

A pesar de la visión negativa generalizada en la población sobre la infidelidad, ésta es común entre las personas y se ha asociado con la disolución de las relaciones y la tensión entre los cónyuges. Este fenómeno en psicología se conoce como hipocresía moral: defender algunos valores morales como correctos, pero no seguirlos en la práctica, sobre todo cuando se aplica a la propia persona. Un estudio representativo a nivel nacional encontró que el 23% de los hombres y el 11% de las mujeres en general, y el 34% de los hombres y el 19% de las mujeres en cohortes de mayor edad, informan haber tenido alguna vez relaciones sexuales extramatrimoniales. Estas cifras tienden a ser aproximaciones someras puesto que los estudios en materia de sexualidad tienden a proporcionar resultados o respuestas inexactas. Este tipo de investigación habitualmente se realiza utilizando cuestionarios autoreportados y, dado que la sexualidad humana tiende a intimidar a las personas por múltiples razones, la veracidad de lo que auto-informan podría ser altamente cuestionable. En lo referente a infidelidad, la forma en que los investigadores la definen vs. cómo los participantes la entienden puede influir en los resultados de un estudio. Asimismo, comúnmente no se mide el nivel de religiosidad de las personas que participan en estas investigaciones y esto es particularmente importante porque las personas religiosas tienden a tener dificultades para expresarse en materia de sexualidad de manera abierta, además tienen más probabilidades que las no-religiosas de creer que los actos ambiguos de sus parejas constituyen infidelidad, mientras que esos mismos actos realizados por ellos mismos no lo son. Por ejemplo, es más probable que las personas religiosas crean que el uso de pornografía siempre es moralmente incorrecto, y muchos de ellos pueden percibir el uso de pornografía en la relación como infidelidad.

Pero ¿cuál es la diferencia entre infidelidad, actividad sexual extramarital, participación sexual extradiádica, aventura sexual fuera de la relación y otros conceptos utilizados para describir este fenómeno?

El concepto “infidelidad” tiene sus raíces en la religión. La mayoría de las religiones enseñan que la infidelidad es dañina y moralmente incorrecta. Además, es más probable que las personas más religiosas experimenten fuertes sanciones contra la infidelidad en sus comunidades de fe. Los textos religiosos que son fundamentales para el judaísmo, el cristianismo, el islam y el hinduismo contienen pasajes que condenan la infidelidad. La Biblia hebrea proclama en sus Diez Mandamientos: «no cometerás adulterio». El Nuevo Testamento enseña contra la infidelidad tanto física como emocional, con las palabras de Jesús: «Todo el que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón», y la enseñanza de Pablo de que «los fornicarios […] adúlteros, ninguno de ellos heredará el reino de Dios». La palabra «infidelidad» se utiliza 25 veces en el Corán, que insta a «no te acerques al adulterio, porque en verdad es un gran pecado y un mal camino». El Vishnu Purana, un texto sagrado del hinduismo, afirma: «Aquel que comete adulterio es castigado aquí y en el más allá; porque sus días en este mundo se acortan, y muerto cae en el infierno». Además de las enseñanzas bíblicas contra la infidelidad y a favor de los matrimonios sexualmente exclusivos, los líderes religiosos generalmente enseñan públicamente sobre lo incorrecto de esta conducta de acuerdo con sus convicciones de fe. Sin embargo, las diferentes denominaciones religiosas varían en el grado en que condenan y castigan la infidelidad entre sus seguidores.

La psicología, como disciplina científica, trata este asunto desde una perspectiva enteramente laica. El empleo del concepto “infidelidad” en este artículo obedece al hecho de que es más entendible por las personas en general debido a su cercanía con la religiosidad.

¿Qué constituye una infidelidad?

Como mencionáramos, la psicología procura adherirse estrictamente a los principios científicos y observar la conducta desde una perspectiva laica, a menos que el dogma religioso sea lo que motive una investigación específica. Así las cosas, los investigadores científicos han utilizado múltiples términos para describir la infidelidad, a veces indistintamente, como: infidelidad, engaño, aventura sexual, sexo extramarital o extradiádico e involucramiento o participación extradiádica. Entonces existe un consenso en las ciencias en darle énfasis al aspecto físico y utilizar el concepto de sexo extramarital o extradiádico para referirse al fenómeno de la infidelidad.

Las definiciones conductuales de infidelidad varían ampliamente en la literatura y pueden incluir cualquier cosa, desde «relaciones sexuales», «sexo oral» y «besos» hasta «conexiones emocionales» fuera de una relación monógama. Aunque los comportamientos que se consideran infidelidad pueden variar, la infidelidad puede conceptualizarse ampliamente como comportamientos sexuales con una pareja extradiádica que, si la pareja en la relación primaria se entera de ellos, es probable que causen angustia o daño severos.

La infidelidad ha sido conceptualizada como «física» o «emocional», donde la física involucra relaciones sexuales o coito, besos u otros actos físicos, y la emocional que involucra sentimientos románticos, citas románticas, dar regalos y otros actos que no involucran contacto físico. Algunos científicos definen la infidelidad exclusivamente como comportamientos físicos sexuales con alguien que no sea la pareja primaria, como el coito, el sexo oral o los besos. A lo largo del estudio de la infidelidad, las definiciones y conceptualizaciones de este concepto han cambiado. Los primeros estudios sobre la infidelidad sólo tendían a enfatizar el aspecto físico al conceptualizarla como relaciones sexuales extramatrimoniales. En otras palabras, originalmente, para la ciencia una infidelidad era una conducta que involucraba una interacción físico-sexual entre dos personas fuera de su relación primaria. Aunque se reconoce en cierta forma la infidelidad emocional, en gran medida todavía se conserva la visión original por lo impreciso que resulta ser este concepto.

Incluso con respecto a los comportamientos físicos, no está tan claro qué comportamientos constituyen infidelidad. Algunas conductas físicas, como abrazar, pueden considerarse «ambiguas» toda vez que algunas personas perciben los abrazos como infidelidad, mientras que otras no. Generalmente, las conductas sexuales extradiádicas se consideran el indicativo más universal de infidelidad. Que un comportamiento se perciba como infidelidad puede depender de las personas involucradas y de la situación. En algunas ocasiones, la pareja no está de acuerdo sobre qué constituye una infidelidad. Uno de los miembros de la pareja puede creer que no ha cometido ninguna infracción, mientras que el otro puede percibir que sí se ha producido una falta. Varias investigaciones señalan que es más probable que las personas etiqueten el comportamiento de su pareja como de infidelidad y menos probable que etiqueten el propio en la misma situación de la misma forma.

Así que la pregunta de qué constituye una infidelidad es sumamente difícil de contestar. Desde el “like” en Facebook o el “fueguito” en Instagram a una dama en bikinis por parte de un hombre hasta el consumo de pornografía o la mirada indiscreta a las nalgas de una mujer que le pasa por el lado, han sido acciones catalogadas por muchas mujeres como infidelidad. Y muchas de las que estarán leyendo este artículo exclamarán casi al unísono “¡Pues claro!” Sin embargo, un hombre dificilmente catalogará como infiel a una mujer que observe pornografía o que le mire las nalgas a un hombre que le pase por el lado (¡Sí, las mujeres también le miran las nalgas a los hombres!). Y, otra vez, muchas mujeres que estén leyendo este artículo tal vez exclamarán “¡Pues claro, si de seguro él está haciendo lo mismo!” La realidad es que el género de la persona influye grandemente en lo que se percibe o no como infidelidad.

La infidelidad emocional es un concepto sujeto a múltiples interpretaciones. En teoría, un individuo podría cometer infidelidad emocional al enamorarse, salir a una cena romántica o darle regalos románticos a alguien fuera de su relación primaria, sin nunca tener contacto físico-sexual con esta persona. La infidelidad emocional, especialmente los comportamientos románticos, y el apoyo financiero, pueden ser más ambiguos que la infidelidad física, con opiniones más divididas de si se considera o no infidelidad. No sólo son ambiguos los actos específicos que comprenden la infidelidad emocional, sino que las personas también juzgan si un comportamiento es infiel desde la perspectiva emocional de manera diferente en función de si fueron ellas o sus parejas quienes llevaron a cabo esa acción. O sea, las personas tienden a juzgar sus propios comportamientos potencialmente infieles desde la perspectiva emocional con menos dureza que los de sus parejas, y las personas religiosas en particular son más propensas a creer que ciertos actos de sus parejas constituyen infidelidad emocional cuando esas mismas conductas realizadas por ellas mismas no lo son.

Como mencionáramos antes, la distinción entre infidelidad física y emocional puede tener una relación directa con el género de la persona. Según la teoría evolutiva, los hombres tienden a sentirse profundamente perturbados ante el hecho de que otro macho pudo haber «plantado» bandera y «marcado» su «territorio» a raíz de la infidelidad físico-sexual de su pareja. Mientras que las mujeres se sienten más molestas por la infidelidad emocional de su pareja, los hombres lo están más por los comportamientos físico-sexuales de éstas con otros hombres. Evolutivamente, se cree que esta diferencia está impulsada por las diferentes amenazas reproductivas y de inversión de recursos que plantean la infidelidad física y emocional. Teóricamente, un hombre tendría más miedo a la infidelidad físico-sexual por parte de su pareja porque esto podría dar lugar a que ella dé a luz a un niño que no es biológicamente suyo, lo que puede resultar en que él invierta recursos valiosos en una criatura que no lleva su propio ADN. Una mujer tendría más miedo a la infidelidad emocional por parte de su pareja porque esto podría hacer que sea menos probable que éste invierta recursos con ella y sus hijos. Esta diferencia está respaldada por múltiples estudios que encuentran que, cuando se ven obligadas a elegir, las mujeres generalmente consideran más perturbadora la infidelidad emocional de su pareja, mientras que los hombres generalmente consideran más perturbadora la infidelidad físico-sexual.

Di «Gracias» y «nosotras/os»

Dos palabras que pueden ser de gran ayuda en tu relación: «Gracias» y «nosotros/as». En 2007, investigadores de la Universidad Estatal de Arizona preguntaron a parejas casadas si apreciaban las tareas realizadas por la otra persona. Si bien la mayoría dijo que sentía gratitud, muchos no habían transmitido estos sentimientos a sus parejas, asumiendo que «él o ella simplemente lo sabe». Los resultados también mostraron que las personas que se sentían apreciadas por sus parejas tenían menos resentimiento por cualquier desequilibrio en el trabajo y más satisfacción con sus relaciones que otros participantes del estudio.

Otra palabra sencilla que puede aumentar la satifacción de la pareja: «nosotros». Un estudio publicado en la edición de septiembre de 2009 de la revista Psychology and Aging encontró que los cónyuges que usaban palabras centradas en la pareja como «nosotros», «nuestro» y «nos» cuando hablaban de un conflicto también mostraban más afecto, menos comportamientos negativos como como ira y niveles más bajos de estrés fisiológico durante una discusión. El uso de palabras que expresaran individualidad, como «yo», «tú» y «yo», durante la discusión se asoció con la insatisfacción conyugal.