La historia de la poligamia

La poligamia suele entrar en tensión con marcos legales monógamos y con ideales románticos basados en la exclusividad emocional.

La poligamia es la práctica de estar casado simultáneamente con más de una persona, y por definición involucra al menos a tres individuos dentro de un mismo sistema conyugal. Este modelo relacional contrasta con la monogamia, que establece una unión exclusiva entre dos personas. A lo largo de la historia, la poligamia ha sido una forma legítima y socialmente regulada de organización familiar en numerosas culturas, aunque también ha sido objeto de debate moral, religioso y legal.

En la actualidad, la poligamia suele analizarse desde perspectivas legales, éticas y psicológicas, especialmente en sociedades donde la monogamia es el modelo normativo. Comprender la historia de la poligamia, sus distintas manifestaciones culturales y su relación con las dinámicas afectivas contemporáneas permite abordar el tema con mayor profundidad y sin reduccionismos, particularmente en el contexto de la terapia de pareja.


Los primeros registros históricos de la poligamia

Los registros más antiguos de esta situación se remontan a las primeras civilizaciones organizadas, donde la poligamia —especialmente la poliginia, es decir, un hombre con varias esposas— era una práctica aceptada entre ciertos sectores sociales. En estos contextos, el matrimonio cumplía funciones económicas, reproductivas y políticas. Tener múltiples esposas podía ser un símbolo de estatus, riqueza y poder, así como una estrategia para asegurar descendencia, alianzas familiares y mano de obra doméstica.


La poligamia en la Antigüedad clásica

Mesopotamia y el Cercano Oriente

En Mesopotamia, los códigos legales permitían que un hombre tuviera más de una esposa, especialmente en casos donde la primera no podía tener hijos. Estas uniones estaban reguladas por normas que definían derechos, deberes y jerarquías entre las esposas.

Antiguo Egipto

En Egipto, la poligamia era más común entre las élites y la realeza. Aunque la mayoría de la población practicaba una forma de monogamia, los gobernantes y hombres de alto estatus podían tener varias esposas y concubinas.

Grecia y Roma

En la Grecia y la Roma antiguas, la poligamia formal no era la norma legal. Sin embargo, coexistía una monogamia conyugal con prácticas extramatrimoniales socialmente toleradas para los hombres, lo que reflejaba una doble moral sexual y una organización relacional no estrictamente monógama.


Poligamia y religión

La poligamia ha tenido un lugar significativo en diversas tradiciones religiosas. En textos antiguos de religiones abrahámicas se describen figuras históricas con múltiples esposas, reflejando normas culturales de su tiempo. Con el tiempo, algunas religiones promovieron la monogamia como ideal moral, mientras que otras mantuvieron la poligamia bajo condiciones específicas. Estas posturas religiosas influyeron profundamente en la regulación social y legal del matrimonio.


Manifestaciones culturales de la poligamia

África

En muchas sociedades africanas tradicionales, la poligamia ha sido una práctica culturalmente aceptada, vinculada a la agricultura, la economía familiar y la estructura comunitaria. La poligamia podía fortalecer redes familiares y asegurar apoyo mutuo.

Medio Oriente

En diversas sociedades del Medio Oriente, la poligamia ha estado regulada por normas religiosas y legales. Aunque permitida en ciertos contextos, suele implicar responsabilidades económicas y de trato equitativo hacia las esposas.

Asia

En varias culturas asiáticas, la poligamia fue practicada históricamente, especialmente entre las élites. Con la modernización y los cambios legales, muchas sociedades adoptaron la monogamia como norma jurídica, aunque persisten vestigios culturales de sistemas polígamos.

Europa y América

En Europa y América, la poligamia ha sido mayormente rechazada por sistemas legales y religiosos que promovieron la monogamia. No obstante, en algunos grupos religiosos o comunidades aisladas, la poligamia ha persistido como práctica cultural.


Tipos de poligamia

Desde una perspectiva antropológica, la poligamia adopta distintas formas:

  • Poliginia: un hombre con varias esposas (la forma más común históricamente).
  • Poliandria: una mujer con varios esposos, presente en algunas sociedades específicas.
  • Poligamia grupal: una estructura relacional en la que varios hombres y mujeres forman una unidad conyugal.

En la actualidad

En el mundo actual, la poligamia suele entrar en tensión con marcos legales monógamos y con ideales románticos basados en la exclusividad emocional. Sin embargo, el interés contemporáneo por modelos relacionales alternativos ha reactivado el debate sobre la diversidad de formas de vinculación.

Desde una perspectiva psicológica, uno de los principales desafíos de la poligamia es la cuestión de los celos, la equidad emocional y la distribución de recursos afectivos. Estas dinámicas requieren altos niveles de comunicación y acuerdos explícitos. En contextos contemporáneos, el análisis terapéutico pone énfasis en el consentimiento informado y la autonomía de todas las personas involucradas. La poligamia impuesta o desigual genera sufrimiento psicológico y conflictos relacionales.

La reflexión sobre la poligamia invita a cuestionar la idea de que existe un único modelo válido de relación. No obstante, también resalta la importancia de la coherencia entre valores personales, acuerdos relacionales y contextos culturales.


Conclusión

La historia de la poligamia demuestra que las formas de organización afectiva y conyugal han sido diversas y cambiantes a lo largo del tiempo. Lejos de ser una anomalía, la poligamia ha sido una práctica estructurada y socialmente significativa en muchas culturas.

En las relaciones contemporáneas, comprender este trasfondo histórico permite abordar el tema con mayor apertura y responsabilidad. Desde una perspectiva terapéutica, el valor no reside en el modelo relacional en sí, sino en la calidad del vínculo, el consentimiento mutuo y la capacidad de construir relaciones basadas en el respeto, la equidad y la conciencia emocional.

La historia de la sortija de compromiso

Sin duda, las sortijas de compromiso siguen siendo una de las formas más poderosas de halagar y emocionar a la pareja: representan que, entre miles de millones de personas en el mundo, alguien te ha elegido para compartir su vida.

Las sortijas de compromiso son uno de los símbolos más reconocidos del amor romántico y del compromiso formal. A lo largo de la historia, han representado la intención de construir una vida en común y la promesa de un matrimonio próximo.

El ritual del compromiso es, a la vez, profundamente simbólico y muy práctico. Ya sea que el matrimonio surja por amor, por acuerdo familiar o por conveniencia social —como ocurrió durante gran parte de la historia—, el compromiso establece una base emocional y, en muchos casos, económica para la pareja. Entregar una sortija envía un mensaje claro: exclusividad, dedicación y deseo de permanencia.

La tradición del compromiso se remonta a miles de años. Muchos historiadores creen que los antiguos egipcios fueron los primeros en utilizar anillos como símbolo de unión. Más adelante, griegos y romanos adoptaron esta costumbre para representar una promesa de matrimonio. En varias religiones precristianas, incluso se usaban coronas de juncos o pequeños anillos tejidos con cabello como señal de compromiso futuro.

En la Antigua Roma, las mujeres utilizaban anillos hechos de marfil, hueso, cobre o hierro para simbolizar el amor mutuo y la obediencia. Aunque no llevaban diamantes, estos anillos ya se colocaban en el dedo anular. Esto se debía a la creencia romana de que ese dedo de la mano izquierda tenía una “vena del amor” que conectaba directamente con el corazón.

No fue hasta el año 850 d. C. que la sortija de compromiso adquirió un significado oficial, cuando el papa Nicolás I declaró que el anillo representaba la intención formal de un hombre de casarse. En ese tiempo, las novias romanas recibían dos anillos: uno sencillo para el uso diario y otro más elaborado para ocasiones públicas. Las mujeres de clase alta solían recibir sortijas más ornamentadas, con grabados o pequeñas piedras.

Durante el Reino Visigodo, el compromiso adquirió un carácter legal. Según el Código Visigodo, una vez que el anillo de compromiso era entregado y aceptado, la promesa de matrimonio no podía romperse bajo ninguna circunstancia.

En el siglo XV, las sortijas comenzaron a representar la unión entre dos personas de una forma más simbólica. Surgieron los llamados anillos “gimmel”, compuestos por dos o tres bandas entrelazadas. Cada miembro de la pareja llevaba una parte, y el día de la boda se unían para formar un solo anillo que usaba la novia.

La primera sortija de compromiso con diamantes registrada en la historia data de 1477, cuando el archiduque Maximiliano de Austria regaló una a María de Borgoña. A partir de ahí, el diamante comenzó poco a poco a asociarse con el compromiso.

En los siglos siguientes, las sortijas fueron evolucionando. En el siglo XVII se popularizaron los anillos de plata con poemas de amor grabados en su interior. En contraste, los puritanos ingleses rechazaron el uso de joyas por considerarlas pecaminosas y optaron por usar dedales como símbolo de compromiso. Curiosamente, muchas novias cortaban la base del dedal y lo usaban luego como anillo de bodas.

Los diamantes llegaron a Estados Unidos en el siglo XIX, pero no se convirtieron en la norma hasta bien entrado el siglo XX. A partir de la década de 1930, y especialmente tras la famosa campaña publicitaria de De Beers en 1947 con el lema “un diamante es para siempre”, las sortijas de compromiso con diamantes se volvieron enormemente populares. Desde entonces, los diamantes no solo simbolizan amor, sino también permanencia y valor.

Con el tiempo, las modas han cambiado. En distintas décadas se han popularizado cortes, tamaños y estilos diferentes: desde diseños exuberantes hasta líneas minimalistas. Sin embargo, el significado central del anillo se ha mantenido.

En la actualidad

Hoy en día, la sortija de compromiso sigue siendo uno de los símbolos románticos más apreciados. Generalmente representa una promesa de matrimonio, pero también expresa devoción, lealtad y deseo de construir un futuro juntos.

La forma circular del anillo —sin principio ni fin— refuerza su significado como símbolo del amor eterno y la fidelidad. En un mundo donde las relaciones pueden ser complejas y desafiantes, la sortija de compromiso ofrece una sensación de seguridad, confianza y estabilidad emocional.

Para muchas personas, no existe gesto de amor más significativo que una sortija de compromiso. Más allá del valor material, su verdadero poder reside en el mensaje que transmite: “te elijo a ti” entre todas las personas del mundo.

La historia de la terapia de pareja

Hoy está claramente establecido que la terapia de pareja y la terapia de familia son modalidades terapéuticas distintas. La terapia de pareja es una disciplina altamente especializada, con sus propios enfoques, métodos y bases científicas.

A lo largo de la historia, las parejas han buscado ayuda para resolver sus conflictos y mejorar su relación. De hecho, ya desde la década de 1930 se observa que las personas acudían a algún tipo de apoyo especializado cuando su relación atravesaba dificultades. Sin embargo, la forma en que se brindaba esa ayuda era muy distinta a la que conocemos hoy.

A comienzos del siglo XX, muchas parejas recurrían principalmente a ministros religiosos o líderes espirituales. En esos espacios, el énfasis estaba en la importancia del matrimonio desde una perspectiva moral o religiosa, más que en la comprensión profunda de los conflictos emocionales o relacionales. Aunque algunas personas todavía buscan este tipo de orientación, con el tiempo surgió la necesidad de enfoques más especializados.

En la década de 1930 comenzaron a aparecer los primeros institutos de “consejería matrimonial”. Estos centros ofrecían orientación a parejas en dificultad, pero las sesiones no eran dirigidas por profesionales entrenados en conducta humana. En muchos casos, quienes ofrecían la ayuda eran médicos, obstetras, ginecólogos o educadores en temas de vida familiar. A pesar de ser un avance importante para su época, este desarrollo se estancó durante varias décadas, probablemente debido a eventos históricos como la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial.

El campo comenzó a avanzar nuevamente en la década de 1970, de la mano del desarrollo de la terapia de familia. En ese momento, las parejas solían ser atendidas como parte de un sistema familiar más amplio, y no necesariamente como una unidad con dinámicas propias. No fue hasta 1986 que la terapia de pareja comenzó a ser reconocida formalmente como una modalidad independiente, lo que permitió que investigadores y clínicos se enfocaran específicamente en el estudio de las relaciones de pareja.

La terapia de pareja en la actualidad

Hoy en día, la terapia de pareja es una forma de intervención ampliamente reconocida y utilizada. Aunque en sus inicios se apoyaba en técnicas tomadas de la terapia individual o de familia, con el tiempo ha desarrollado un cuerpo propio de conocimientos, métodos y estrategias.

Actualmente está claramente establecido que la terapia de pareja no es lo mismo que la terapia de familia. Se trata de una disciplina altamente especializada, con modelos teóricos específicos diseñados para comprender y trabajar las dinámicas emocionales, comunicacionales y vinculares entre dos personas.

Diversos estudios y encuestas sobre el futuro de la psicoterapia han señalado que la terapia de pareja es una de las modalidades con mayor crecimiento proyectado. Esta tendencia se ha confirmado en la práctica clínica, donde cada vez más personas buscan ayuda no solo para “resolver problemas”, sino para mejorar activamente la calidad de su relación.

La terapia de pareja continúa evolucionando. Existen principios fundamentales que se aplican más allá de la orientación teórica específica, así como enfoques ampliamente difundidos que han demostrado ser efectivos para reducir el malestar y fortalecer el vínculo. Estos modelos están respaldados por una sólida base de investigación científica centrada en las relaciones íntimas.

Aunque la terapia de pareja mantiene conexiones con la terapia individual y familiar, hoy cuenta con un marco propio que integra teoría, investigación y práctica clínica. Esto ha dejado claro que una intervención eficaz con parejas requiere conocimientos especializados y métodos diseñados específicamente para el trabajo relacional.

En conclusión, uno de los factores que explica la creciente importancia de la terapia de pareja es el cambio en las expectativas de las personas. En el pasado, muchas parejas simplemente toleraban relaciones insatisfactorias. Hoy, en cambio, se espera bienestar, conexión emocional y crecimiento mutuo. La terapia de pareja se percibe cada vez más como una herramienta para construir relaciones más sanas y una mejor calidad de vida.

La historia del matrimonio

La institución del matrimonio monógamo surgió junto con la llegada de la agricultura, hace aproximadamente 10,000 años.

Contrario a lo que muchas personas creen, el matrimonio no es una invención exclusiva de la religión, aunque las iglesias han jugado un papel importante en su historia. De hecho, el matrimonio monógamo ya se practicaba en el antiguo Imperio Romano, mucho antes de que el cristianismo se convirtiera en la religión dominante.

En sus inicios, el cristianismo heredó muchas prácticas del judaísmo, donde la poligamia era aceptada en la antigüedad. Sin embargo, cuando el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio Romano, fue adoptando el modelo romano de monogamia. A diferencia del cristianismo, otra religión abrahámica, el islam, mantuvo la práctica de la poligamia, que aún existe en algunos contextos hasta el día de hoy.

Esto significa que la monogamia tal como se practica en Occidente tiene raíces más políticas y sociales que religiosas. En la Roma antigua, posiblemente influenciada por su organización republicana y su visión de orden social, la poliginia fue prohibida y la monogamia se estableció como norma legal. Sin embargo, esta norma no se aplicaba de la misma manera para hombres y mujeres: a las mujeres se les exigía fidelidad absoluta, mientras que para muchos hombres la monogamia era más una formalidad que una práctica real.

Como hemos visto en otros análisis, la monogamia no es algo “natural” para los seres humanos en términos biológicos. Más bien, es una construcción social relativamente reciente. La aparición del matrimonio monógamo está estrechamente relacionada con el surgimiento de la agricultura, hace unos 10,000 años.

Antes de la agricultura, las sociedades de cazadores-recolectores no poseían tierras ni acumulaban grandes riquezas. Había poco que heredar. Con la agricultura, todo cambió: las personas comenzaron a poseer tierras, animales y bienes que podían transmitirse de una generación a otra. El matrimonio surgió entonces, en gran medida, como un acuerdo económico destinado a proteger la propiedad familiar y asegurar una línea clara de herencia.

Desde un punto de vista biológico, una mujer siempre sabe que el hijo que da a luz es suyo. Para los hombres, en cambio, la paternidad siempre ha sido menos evidente. En sociedades agrícolas, esta incertidumbre se volvió especialmente problemática, ya que los hombres querían asegurarse de que su riqueza pasara exclusivamente a sus propios descendientes biológicos. Para lograrlo, se esperaba que las mujeres fueran estrictamente monógamas y, en muchos casos, vigiladas o acompañadas para garantizar esa exclusividad.

La situación era distinta para los hombres, especialmente para aquellos con recursos. Los hombres ricos podían mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio, siempre y cuando no involucraran a mujeres “pertenecientes” a otros hombres, como esposas o hijas de familias poderosas. La abundancia de recursos también facilitó el desarrollo de la poligamia: un hombre con suficientes medios podía tener varias esposas, cada una obligada a ser monógama con él.

Entre las clases más pobres, la monogamia era más común, no necesariamente por razones morales, sino porque simplemente no podían permitirse más de una esposa. Además, la poliginia generaba un desequilibrio: no había suficientes mujeres disponibles para todos los hombres. Muchos hombres sin esposa terminaban en el ejército o recurrían a la prostitución para satisfacer sus necesidades sexuales.

En resumen, durante la era agrícola existieron múltiples formas de organización matrimonial y sexual, determinadas en gran medida por el género y la clase social. No había un solo modelo universal de matrimonio.

El matrimonio en la actualidad

Occidente, con su herencia romano-cristiana, ha practicado el matrimonio monógamo durante más de dos mil años. Históricamente, a las mujeres se les exigía exclusividad sexual, mientras que a los hombres —especialmente a los más adinerados— se les toleraban relaciones extramatrimoniales, siempre que respetaran las jerarquías sociales.

Durante siglos, el matrimonio fue principalmente un acuerdo económico. Muchos matrimonios eran arreglados por las familias, sin considerar los deseos de los futuros esposos. El objetivo principal era conservar la riqueza y producir herederos. Aunque las personas podían enamorarse, el amor se consideraba una base poco confiable para una institución tan seria como el matrimonio.

No fue hasta los siglos XVIII y XIX que el debate entre casarse por amor o por conveniencia económica se volvió un tema central en la literatura y el pensamiento occidental. Para la primera mitad del siglo XX, la idea de que una pareja debía estar enamorada antes de casarse ya era ampliamente aceptada. Aun así, las expectativas eran muy distintas a las actuales.

Los roles de género estaban claramente definidos: el hombre proveía económicamente y la mujer se encargaba del hogar y la crianza. Esto reducía la necesidad de negociar responsabilidades, algo que hoy genera mucho estrés en las parejas modernas. Además, el matrimonio no era visto como la única fuente de apoyo emocional. Las personas contaban con redes amplias de familiares, amistades y comunidad.

En contraste, las parejas actuales suelen tener expectativas mucho más altas. Ya no buscan solo un compañero de vida, sino una “alma gemela” que satisfaga casi todas sus necesidades emocionales, afectivas y relacionales. Esto coloca una enorme presión sobre la relación de pareja.

Otro cambio importante ha sido el avance hacia la igualdad de género durante el último siglo. Los roles tradicionales han perdido fuerza: hoy muchas mujeres son el principal sostén económico del hogar y muchos hombres asumen un papel activo en la crianza. En lugar de roles predefinidos, cada pareja debe negociar cómo distribuir responsabilidades y expectativas.

Finalmente, un tema clave en el matrimonio moderno es la fidelidad. A diferencia del pasado, hoy se espera que tanto hombres como mujeres sean igualmente fieles. En ese sentido, la igualdad de género en el matrimonio se ha logrado, en parte, limitando la libertad sexual tradicionalmente permitida a los hombres para alinearla con las restricciones históricas impuestas a las mujeres.

Algunos plantean que la igualdad también podría lograrse ampliando la libertad sexual de las mujeres, una idea que sigue siendo controversial incluso entre ellas mismas. Este debate refleja que el matrimonio continúa evolucionando, adaptándose a nuevas realidades sociales, culturales y personales.

La historia del debate sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo

Recientemente, el papa Francisco autorizó a la Iglesia Católica a bendecir las uniones entre personas del mismo sexo, aunque mantuvo la prohibición del matrimonio religioso para estas parejas.

La postura reciente del papa Francisco ha generado reacciones intensas dentro y fuera de la Iglesia Católica. Para algunos representa un gesto de apertura y reconocimiento; para otros, un cambio difícil de aceptar que provoca divisiones profundas. Más allá del debate actual, esta decisión invita a una pregunta importante: ¿cómo ha evolucionado históricamente la idea del matrimonio?

A finales del siglo XVIII comenzó a ocurrir algo que, en su momento, resultó profundamente inquietante para las sociedades occidentales: la idea tradicional del matrimonio empezó a transformarse. Los jóvenes comenzaron a cuestionar por qué debían casarse y qué debía significar realmente esa unión. La idea revolucionaria era simple, pero poderosa: las personas debían casarse por amor, y no únicamente por razones económicas, familiares, políticas o de supervivencia.

A pesar del temor que este cambio generó, ni la sociedad ni la familia desaparecieron. El matrimonio no colapsó. Por el contrario, se transformó y siguió existiendo.

¿Qué significa realmente “tradicional” en el matrimonio?

Cuando se habla de matrimonio “tradicional”, a menudo se piensa en una sola fórmula: un hombre, una mujer y la procreación. Sin embargo, la historia demuestra que el matrimonio nunca ha sido una institución uniforme. A lo largo del tiempo y entre distintas culturas, ha adoptado formas muy diversas.

Los primeros cristianos en Europa y Oriente Medio promovían la monogamia sin divorcio. En contraste, algunas tribus nativas americanas practicaban la poligamia, mientras que otras aceptaban la monogamia con la posibilidad de disolver la unión. En ciertas sociedades africanas y asiáticas existían uniones entre personas del mismo sexo que no se entendían necesariamente como relaciones sexuales, sino como arreglos sociales, especialmente cuando uno de los miembros asumía el rol social del sexo opuesto.

Entre los inuit del Ártico, por ejemplo, se daban matrimonios compartidos en los que dos parejas intercambiaban compañeros, una práctica que ayudaba a mantener la paz entre clanes. En algunas tribus sudamericanas, una mujer embarazada podía tener varios compañeros sexuales, todos considerados padres del niño. Curiosamente, los estudios mostraron que los niños con múltiples figuras paternas tenían mayores tasas de supervivencia.

La globalización ha hecho desaparecer muchas de estas prácticas, aunque algunas han persistido hasta tiempos recientes. En Estados Unidos, ciertos grupos mormones disidentes aún practican la poligamia. En regiones de China, hasta finales del siglo XX, algunas mujeres casadas continuaban viviendo con sus padres. En el valle de Lahaul, en la India, existió la poliandria, donde una mujer se casaba con varios hermanos, lo que ayudaba a conservar tierras familiares y controlar la población.

El ideal occidental del matrimonio

Durante gran parte de la historia humana, el matrimonio fue principalmente una herramienta para organizar recursos, alianzas y poder entre familias. En sociedades jerárquicas, el matrimonio ayudaba a conservar tierras y riquezas, razón por la cual incluso el incesto fue común en familias reales.

Una de las transformaciones más importantes del matrimonio en Occidente ocurrió con los primeros cristianos. En aquel tiempo, un hombre podía divorciarse de su esposa si ella no podía tener hijos. El cristianismo rechazó esta práctica y afirmó que el matrimonio no dependía de la capacidad de procrear. Esta idea fue radical para su época.

Aun así, el matrimonio cristiano no se basaba en el amor romántico. De hecho, durante siglos se pensó que el amor intenso dentro del matrimonio distraía de la devoción a Dios. San Pablo incluso sugirió que el celibato era el ideal, y que el matrimonio era una opción solo para quienes no podían controlar sus deseos. En la Edad Media, se llegó a afirmar que el verdadero romance solo podía existir fuera del matrimonio.

El cambio a partir del siglo XVIII

La relación entre amor y matrimonio no comenzó a consolidarse hasta finales del siglo XVIII, cuando los pensadores de la Ilustración defendieron el derecho de los jóvenes a elegir a sus parejas. A partir de ese momento, los cambios se aceleraron.

A comienzos del siglo XX, la satisfacción sexual empezó a considerarse un elemento importante del matrimonio. En las décadas de 1960 y 1970, se cuestionaron las leyes que otorgaban a los hombres control legal sobre sus esposas. Poco a poco, la idea del matrimonio como una unión con roles de género rígidos comenzó a debilitarse.

Algunos autores señalan que fueron las propias parejas heterosexuales quienes transformaron el matrimonio: primero al priorizar el amor, luego el deseo sexual y finalmente la igualdad de roles. Esto abrió la puerta a que parejas del mismo sexo reclamaran el derecho a una institución que ya había cambiado profundamente.

Cada uno de estos cambios fue recibido con resistencia. Casarse por amor fue visto como una amenaza; la liberación sexual femenina generó rechazo; y el movimiento feminista enfrentó fuerte oposición. Sin embargo, con el tiempo, estas transformaciones se integraron en la sociedad.

Así, la historia continuó su curso hasta que varios países comenzaron a reconocer legalmente el matrimonio entre personas del mismo sexo. Este proceso no ocurrió de forma repentina, sino como resultado de siglos de cambios en cómo entendemos el amor, la pareja y la familia.

Comprender esta evolución histórica ayuda a poner en perspectiva los debates actuales. El matrimonio nunca ha sido una institución estática; ha cambiado constantemente para responder a las realidades sociales, culturales y humanas de cada época.

 

La historia de las personas transgénero

El término transgénero se utiliza para describir a las personas cuya identidad de género o forma de expresarse no coincide con el sexo que les fue asignado al nacer. Por ejemplo, una persona puede identificarse y vivir como mujer aunque haya nacido con genitales masculinos.

Aunque hoy en día se habla más abiertamente sobre las personas transgénero, lo cierto es que han existido desde hace cientos, e incluso miles, de años en distintas culturas del mundo. Sin embargo, el reconocimiento de sus derechos y el desarrollo de movimientos organizados en su defensa es relativamente reciente.

Según información del Human Rights Campaign (HRC), el movimiento moderno por los derechos de las personas transgénero tiene menos de cien años. De hecho, durante el siglo XIX comenzaron a surgir leyes que regulaban de manera específica la expresión de género. La historiadora Susan Stryker, profesora de la Universidad de Yale, explica que en la década de 1850 varias ciudades de Estados Unidos aprobaron ordenanzas que hacían ilegal que una persona se vistiera en público con ropa considerada “del sexo opuesto”. Estas leyes buscaban controlar la expresión de género y criminalizaban a las personas trans.

A comienzos del siglo XX, el acceso a atención médica para personas transgénero era extremadamente limitado. Las cirugías de afirmación de género solo se realizaban en unos pocos centros médicos especializados en todo el mundo. Uno de los más importantes fue el Instituto de Sexología, ubicado en Berlín, Alemania, un centro pionero en el estudio de la sexualidad y la identidad de género.

Este instituto brindó atención a personas transgénero como Lili Elbe, cuya historia se hizo conocida por la película La chica danesa. Lili fue una de las primeras mujeres trans en someterse a cirugías de afirmación de género a principios de la década de 1930. También fue la primera persona conocida en recibir un trasplante de útero, en un intento por quedar embarazada, aunque lamentablemente falleció debido a complicaciones posteriores. Otra figura importante fue Dora Richter, una mujer trans alemana considerada la primera persona en someterse a una cirugía completa de afirmación de género de hombre a mujer.

Cuando Adolf Hitler llegó al poder en 1933, el Instituto de Sexología fue atacado por los nazis. El edificio fue destruido y su biblioteca y archivos —que contenían investigaciones valiosísimas— fueron quemados públicamente. Este acto representó una gran pérdida para el avance del conocimiento sobre identidad de género y sexualidad. Años más tarde, en 1973, el instituto fue restablecido en la ciudad de Frankfurt.

La atención médica para personas transgénero comenzó a desarrollarse de manera más sistemática en la segunda mitad del siglo XX. Aun así, seguía siendo muy limitada, y en muchos países las cirugías de afirmación de género continuaban siendo ilegales o severamente restringidas.

En Estados Unidos, uno de los hitos más importantes fue la creación del Programa de Disforia de Género de Stanford, en Palo Alto, California, en 1968. Este programa estuvo asociado al médico Harry Benjamin, considerado uno de los pioneros en la atención médica para personas transgénero. Benjamin jugó un papel fundamental en el reconocimiento de la disforia de género como una experiencia legítima que merecía atención médica y respeto.

Antes de esto, algunos avances ya se habían dado en Europa. En Suecia y en el Hospital Universitario de Copenhague, en Dinamarca, se ofrecieron algunas de las primeras intervenciones quirúrgicas para personas trans. Fue allí donde Christine Jorgensen, una mujer trans estadounidense, recibió cirugías de afirmación de género a principios de la década de 1950, luego de obtener un permiso legal especial del gobierno danés. Su caso tuvo gran repercusión internacional y ayudó a visibilizar la realidad de las personas transgénero.

Esta historia muestra que, aunque la experiencia transgénero no es nueva, el reconocimiento social, legal y médico de estas identidades ha sido lento y marcado por avances y retrocesos. Comprender este recorrido histórico permite tener una mirada más empática y contextualizada sobre las luchas y derechos de las personas trans en la actualidad.

La historia de la pornografía

En muchas relaciones de pareja surgen objeciones —especialmente por parte de las mujeres— al consumo de pornografía por parte de sus parejas. Estas objeciones pueden estar relacionadas con ideas de infidelidad, creencias religiosas, inseguridades personales o preocupaciones sobre el impacto que este consumo tiene en la relación. Para comprender mejor este tema, es útil mirar la historia de la pornografía y su lugar en la experiencia humana.

El sexo siempre ha ocupado un lugar central en la vida de los seres humanos y en sus relaciones de pareja. Lo que las personas hacen sexualmente, cómo lo hacen y por qué lo hacen ha despertado curiosidad, interés y debate a lo largo de toda la historia.

En la actualidad, la pornografía suele presentarse como uno de los grandes “males” de la sociedad moderna. Para muchas personas, es vista como una señal de decadencia moral asociada a la tecnología, las cámaras, el internet y el acceso inmediato a contenidos sexuales. Sin embargo, esta percepción ignora un hecho importante: la pornografía no es un fenómeno nuevo.

Mucho antes de la fotografía, el cine o el internet, ya existían representaciones sexuales. De hecho, muchos investigadores consideran que la evolución humana nos predispuso a la excitación visual. Desde una perspectiva biológica, sentirse excitado al ver otros cuerpos humanos desnudos facilitó la reproducción y la transmisión de los genes. Visto de esta manera, el interés por las imágenes sexuales no es una desviación moderna, sino una constante histórica.

El erotismo a lo largo de la historia

La definición de “pornografía” es, en gran medida, subjetiva. Lo que una persona considera arte, otra puede verlo como material sexual. Por ejemplo, una obra clásica como La maja desnuda de Goya puede ser apreciada por su valor artístico o utilizada con fines sexuales, dependiendo de quien la observe.

En el ámbito académico, suele definirse la pornografía como material creado exclusivamente con el propósito de provocar excitación sexual, sin una intención artística, cultural o simbólica más amplia.

Bajo esta definición, muchas de las primeras representaciones eróticas de la humanidad no encajarían del todo como pornografía. Hace más de 30,000 años, pueblos del Paleolítico tallaban figuras de mujeres con cuerpos exagerados: pechos grandes, vientres prominentes y muslos gruesos. Los arqueólogos creen que estas figuras no estaban destinadas a la excitación sexual, sino que funcionaban como símbolos de fertilidad o elementos religiosos.

Con el paso del tiempo, las representaciones sexuales se volvieron más explícitas. En la antigua Grecia y Roma existían esculturas públicas y frescos que mostraban prácticas sexuales diversas, incluyendo relaciones entre personas del mismo sexo, tríos, sexo oral y otras expresiones que hoy muchos considerarían explícitas. En la India, durante el siglo II, el Kama Sutra combinaba consejos sexuales con reflexiones sobre la relación de pareja. En el antiguo Perú, la cultura Moche plasmó escenas sexuales en cerámica, y en el Japón del siglo XVI se popularizaron los grabados eróticos en madera.

El nacimiento de la pornografía moderna

No fue hasta el siglo XIX que comenzó a desarrollarse la idea de producir pornografía exclusivamente con fines sexuales. Aunque ya existían novelas eróticas desde siglos anteriores, una de las primeras novelas pornográficas completas en inglés, Fanny Hill, se publicó en 1748. A pesar de las actitudes conservadoras de la época, estas obras gozaron de gran popularidad.

Más adelante, obras como My Secret Life, publicada en 1888 por un autor anónimo, describían experiencias sexuales de forma directa y gráfica, demostrando que el interés por este tipo de contenido persistía incluso en contextos sociales muy restrictivos.

La tecnología jugó un papel clave en la expansión de la pornografía. Con la invención de la fotografía en 1839, no pasó mucho tiempo antes de que esta nueva herramienta fuera utilizada para crear imágenes sexuales. Algo similar ocurrió con el cine: a finales del siglo XIX y principios del XX comenzaron a producirse cortos eróticos, generalmente exhibidos en espacios privados y reuniones exclusivamente masculinas.

La popularización de la pornografía

Durante la década de 1970, los cambios sociales y culturales permitieron que el contenido sexual explícito se volviera más visible. Más tarde, la llegada de internet y las cámaras digitales redujo drásticamente las barreras para producir y distribuir pornografía. Hoy en día, existen plataformas completas dedicadas a videos sexuales, muchos de ellos producidos por personas no profesionales.

Este acceso masivo también diversificó el contenido. Algunos estudios mostraron que una gran parte de las búsquedas y descargas se enfocaban en prácticas poco convencionales, posiblemente porque el sexo “tradicional” ya estaba ampliamente disponible en revistas y películas.

Aunque no existen cifras exactas sobre el tamaño económico de la industria pornográfica, su consumo es ampliamente reconocido. Un estudio publicado en 2008 encontró que el 87 % de los hombres universitarios y el 31 % de las mujeres universitarias en Estados Unidos habían consumido pornografía.

La pornografía en la actualidad

Hoy en día, la pornografía genera debates intensos. Algunos críticos señalan que la competencia dentro de la industria ha llevado a un aumento de escenas que incluyen dominación, agresión verbal y física, especialmente en contenidos dirigidos a hombres heterosexuales. Diversos estudios han encontrado que este tipo de representaciones puede reforzar estereotipos negativos sobre las mujeres y afectar la vida sexual y relacional de quienes las consumen.

Otros investigadores, sin embargo, argumentan que la pornografía no debe entenderse como educación sexual, sino como una forma en la que muchas personas exploran fantasías y deseos que no necesariamente desean llevar a la vida real.

En conclusión, los debates sobre la pornografía no son nuevos. Existen al menos desde la época victoriana y es poco probable que desaparezcan pronto. Tampoco es realista pensar que las personas dejarán de sentirse atraídas por imágenes sexuales. A muchas personas les gusta tener sexo y a muchas también les gusta observarlo. La pornografía, con todas sus controversias, es una expresión más de esa realidad humana.

La historia de la monogamia

Si bien los humanos tienden a formar vínculos de pareja a largo plazo que se reconocen como matrimonios en todas las sociedades, las relaciones sexuales también suelen ocurrir fuera del matrimonio. Esto levanta interrogantes acerca de la monogamia.

A los mamíferos, en general, no les gusta la monogamia. Y sí, eso nos incluye a los seres humanos (homo sapiens sapiens). De hecho, menos del 10 % de todas las especies animales practican algo parecido a la exclusividad sexual entre dos individuos. Entre los primates —nuestros parientes evolutivos más cercanos— la monogamia es un poco más común, pero aun así sigue siendo minoritaria. Aunque entre un 15 % y un 29 % de las especies de primates suelen vivir en pareja, muchas menos practican una monogamia estricta como la que solemos imaginar los humanos: una relación sexual exclusiva y duradera entre dos personas.

Si miramos nuestra propia historia, no sorprende que los seres humanos tengamos una relación complicada con la monogamia. Existen las infidelidades, los divorcios y, en muchas culturas, el matrimonio con más de una persona. De hecho, la poligamia ha estado presente en la mayoría de las sociedades humanas a lo largo de la historia. Sin embargo, incluso en culturas donde está permitida, suele ser una práctica minoritaria. La gran mayoría de las sociedades humanas se organizan alrededor de la idea de que la mayoría de las personas formarán parejas estables y sexualmente exclusivas.

Y aquí viene un dato importante: aunque no nos resulte natural en el sentido biológico más estricto, la monogamia parece haber sido muy beneficiosa para nuestra especie. Las relaciones de pareja estables —lo que los científicos llaman vínculos de pareja— fueron una adaptación clave que surgió en nuestros antepasados y se convirtió en un pilar de la organización social humana. Como explica el antropólogo Bernard Chapais, de la Universidad de Montreal, los seres humanos tenemos una gran ventaja evolutiva sobre muchas otras especies precisamente porque somos capaces de formar estos vínculos duraderos.

La historia detrás de la monogamia

Durante décadas, los científicos han intentado entender por qué los humanos desarrollamos la monogamia, cuándo ocurrió y qué ventajas ofreció. No hay respuestas definitivas, y el tema sigue siendo debatido, pero existen varias teorías interesantes.

Una de ellas sugiere que nuestros ancestros más antiguos pasaron de un sistema más polígamo a uno basado en parejas cuando algunos machos dejaron de competir agresivamente entre sí y comenzaron a invertir su energía en proveer alimento. En lugar de pelear, se dedicaban a recolectar comida y ofrecérsela a una compañera estable. Para las hembras, un proveedor confiable resultaba más atractivo que un macho dominante pero poco cooperador.

Con el tiempo, este tipo de relación favoreció cambios importantes. Las hembras dejaron de mostrar señales físicas evidentes de fertilidad —como ocurre en otros primates— que atraían a múltiples machos interesados solo en el sexo. Esto reforzó la idea de una relación más exclusiva, donde ambos miembros tenían un interés claro en mantenerse juntos.

Otra teoría muy conocida propone que la monogamia surgió porque los bebés humanos requieren muchísimo cuidado. Criar a un hijo humano consume una enorme cantidad de energía, tiempo y recursos, demasiado para una sola madre. Un padre que permanecía cerca, ayudando con alimento y protección, aumentaba las probabilidades de supervivencia de su descendencia y fortalecía el vínculo con la madre.

Sin embargo, investigaciones más recientes sugieren que el cuidado paterno, por sí solo, no explica completamente el origen de la monogamia. Aun así, sí podría explicar por qué muchas especies —incluidos los humanos— mantienen relaciones monógamas una vez establecidas.

La antropóloga Sarah Hrdy, de la Universidad de California, aporta una idea clave: incluso dos padres comprometidos no bastan para criar a un bebé humano. Desde el nacimiento hasta la adultez, un ser humano consume alrededor de 13 millones de calorías, una carga enorme incluso con ayuda de la pareja. Por eso, en muchas culturas las madres dependen también de abuelos, tíos, hermanos y otros miembros de la comunidad.

Hrdy plantea que fue la crianza cooperativa —un sistema en el que varias personas ayudan a cuidar a los niños— la verdadera clave del éxito humano. Este sistema habría surgido hace casi dos millones de años, con el homo erectus, una especie con un cuerpo y un cerebro mucho más grandes, que necesitaba alrededor de un 40 % más de energía que sus antepasados. Sin cooperación, nuestros cerebros simplemente no habrían podido crecer tanto.

Gracias a esta red de apoyo —parejas, familias extendidas, grupos y tribus— los humanos logramos superar límites biológicos que habrían frenado nuestro desarrollo. La cooperación permitió tener hijos con mayor frecuencia y, al mismo tiempo, proporcionarles la energía necesaria para desarrollar cerebros grandes y complejos.

En resumen, no fue solo la monogamia, sino la cooperación en todas sus formas —parejas estables, familias nucleares, familias extendidas y comunidades— lo que permitió que nuestra especie sobreviviera cuando muchos otros homínidos se extinguieron. De hecho, la capacidad de cooperar a través de vínculos estables podría ser una de las habilidades más importantes que hemos desarrollado en los últimos dos millones de años, una que nos ha permitido adaptarnos a cambios extremos y que probablemente seguirá definiendo nuestro futuro como especie.

La historia del cortejo en la Época Victoriana

Iniciar una relación amorosa en el siglo XIX era una experiencia mucho más compleja y regulada que hoy. Durante la época victoriana, el cortejo estaba rodeado de normas estrictas, etiquetas sociales y expectativas muy claras sobre cómo debían comportarse hombres y mujeres. Curiosamente, muchas mujeres solteras de entonces se quejaban de que “los buenos hombres ya estaban tomados” y se preguntaban si realmente existía el “hombre perfecto” o el “príncipe azul”, inquietudes muy similares a las que escuchamos en la actualidad.

En esos años, proliferaron los manuales de consejos sobre relaciones y matrimonio. Las mujeres acudían a estos libros en busca de orientación, aunque no siempre los consejos fueran acertados. Uno de estos manuales, publicado en 1874, afirmaba que una mujer no debía considerarse apta para el matrimonio antes de los 21 años, y que lo ideal era esperar hasta los 25. Sin embargo, existía una gran contradicción: si una mujer no se casaba relativamente joven, las probabilidades de que nunca lo hiciera aumentaban considerablemente.

Durante el período victoriano, el papel de los hombres en el cortejo era serio. Los hombres eran tímidos y no se sentían comúnmente atraídos por las mujeres llamativas, sino que preferían y coqueteaban con aquellas que se mostraban reservadas.

Las citas victorianas casi siempre estaban supervisadas. A las mujeres no se les permitía estar a solas con un hombre hasta que existiera un compromiso formal. No podían salir con un caballero sin el permiso de su madre, ni hacerlo a altas horas de la noche. De hecho, se consideraba de muy mala educación que un hombre se quedara hasta tarde en casa de una mujer. Incluso al despedirse, la joven no debía pasar de la puerta del salón; un sirviente se encargaba de acompañar al pretendiente hasta la salida.

El simple hecho de que un caballero bailara con una dama no le daba derecho a hablarle en otro momento o lugar. Hacerlo se consideraba impropio. Si un hombre deseaba conocer mejor a una mujer, debía buscar de manera discreta a un amigo en común que pudiera presentarlos formalmente. Lo interesante es que, aunque el coqueteo directo estaba mal visto, sí se aceptaban formas sutiles de mostrar interés.

Estas señales incluían el uso de accesorios personales como abanicos, sombrillas o guantes, que servían para comunicar mensajes de interés o desinterés. Una vez que existía una presentación formal, el caballero podía ofrecer acompañar a la joven a su casa entregándole una tarjeta. La mujer solía recibir varias tarjetas en una noche y devolvía la que más le agradaba al caballero elegido, indicando así que aceptaba su compañía.

La idea del matrimonio basado en el amor dio a los jóvenes, especialmente a las mujeres, un nuevo nivel de capacidad de decisión en la elección de sus parejas.

Las reuniones sociales organizadas por la iglesia y los bailes navideños eran considerados espacios apropiados para conocer posibles parejas. Los bailes elegantes y las galas eran comunes, pero incluso allí las reglas eran claras: bailar con alguien no implicaba permiso para interactuar fuera de ese contexto. Todo debía hacerse con discreción y a través de los canales sociales correctos.

Cuando una pareja ya se encontraba en la etapa del noviazgo formal, el contacto físico seguía siendo mínimo. Podían caminar juntos, pero separados, y en ciertos momentos el caballero podía ofrecer su brazo. Ese era, prácticamente, el único contacto permitido antes del compromiso.

Uno de los aspectos más románticos del noviazgo victoriano era la importancia de la palabra escrita. Las mujeres solían llevar diarios donde registraban el proceso del cortejo, y las parejas intercambiaban cartas llenas de sentimientos. También era común regalar medallones, monedas antiguas, retratos, poemas, bocetos e incluso mechones de cabello como símbolos de afecto.

Existían, además, muchas normas sobre el comportamiento adecuado. Se consideraba grosero cruzar las piernas, arreglarse el cabello constantemente, guiñar un ojo, reír de forma exagerada, marcar el ritmo con los pies o las manos, tocarse la cara o el cuerpo, encogerse de hombros o mirar fijamente a la otra persona. Cada gesto era observado y juzgado.

Aunque hoy estas reglas pueden parecernos excesivas o incluso absurdas, muestran cómo el amor y el cortejo han estado siempre profundamente influenciados por la cultura, la moral y las normas sociales de cada época. Entender estas prácticas nos ayuda a ver que muchas de nuestras ideas actuales sobre las relaciones también son construcciones culturales, no verdades universales.