Las mujeres que beben alcohol tienen un mayor riesgo de disfunción sexual

Las mujeres que consumían alcohol tenían un 74% más de probabilidades de experimentar disfunción sexual en comparación con las mujeres que no bebían alcohol.

Mucha gente sabe que el alcohol puede afectar negativamente el desempeño sexual de los hombres, pero ¿qué pasa con las mujeres? Según un estudio publicado en BMC Women’s Health, las mujeres tienen un riesgo significativamente mayor de experimentar disfunción sexual cuando beben alcohol.

El sexo juega un papel importante en la vida de las personas y puede afectar su bienestar general y su calidad de vida. La disfunción sexual se refiere a problemas que impiden una experiencia sexual satisfactoria y puede ocurrirle tanto a hombres como a mujeres. Investigaciones anteriores sugieren que alrededor del 40% de las mujeres experimenta disfunción sexual.

Existen varios factores de riesgo para la disfunción sexual femenina, incluida la obesidad, la diabetes, el consumo de drogas, el tabaquismo y el consumo prolongado de alcohol. El consumo de alcohol, incluido su abuso, es bastante común en la sociedad actual y puede tener un impacto significativo en el comportamiento sexual.

Los investigadores realizaron una búsqueda en varias bases de datos utilizando las palabras clave «disfunción sexual femenina», «alcohol» y «alcohólico». Los estudios que se utilizaron en este metanálisis debían informar el efecto del alcohol sobre la disfunción sexual de las mujeres, tener datos suficientes y estar escritos en inglés. Se excluyeron revisiones, estudios de casos y estudios repetitivos. Finalmente, se incluyeron 7 estudios en este metanálisis, lo que representó un tamaño de muestra de 50,225 mujeres.

Los resultados mostraron que las mujeres que consumían alcohol tenían un 74% más de probabilidades de experimentar disfunción sexual en comparación con las mujeres que no bebían alcohol. Múltiples estudios indicaron que el consumo de alcohol era un predictor de disfunción sexual.

Este estudio ofrece información importante. Es la primera revisión sistemática y metanálisis que explora la relación entre el consumo de alcohol y la disfunción sexual en las mujeres. Antes de este estudio, ninguna revisión sistemática había abordado este tema. Los hallazgos de este estudio indican que el consumo de alcohol puede aumentar la probabilidad de disfunción sexual en las mujeres en un 74%.

Entre el Deseo y la Identidad: Cómo Abordar las Diferencias Sexuales sin Amenazar la Masculinidad

En el contexto de la terapia de pareja, uno de los temas más sensibles y reveladores es la diferencia en el disfrute o la comodidad frente a determinadas formas de intimidad. No es infrecuente que algunas mujeres expresen interés en prácticas, juegos o comportamientos afectivos que los hombres consideran poco adecuados o amenazantes para su identidad masculina.

Estas diferencias, lejos de ser un signo de incompatibilidad, suelen reflejar la complejidad de la sexualidad humana y las influencias socioculturales que moldean lo que cada persona considera “aceptable”. Comprender y trabajar estas diferencias desde una mirada psicológica, respetuosa y empática puede transformar un conflicto en una oportunidad de crecimiento y conexión emocional.

Diferencias en el Deseo y la Percepción de lo Masculino

La educación sexual tradicional ha impuesto a los hombres y mujeres estereotipos rígidos: se espera que el hombre lidere, controle, domine y mantenga un rol activo, mientras que la mujer debe ser receptiva, emocional y complaciente. Cuando las mujeres expresan deseos que desafían estos esquemas —por ejemplo, conductas de mayor iniciativa, curiosidad o dominio erótico— algunos hombres pueden percibirlo como una amenaza a su rol o como una desestabilización de su identidad masculina.

Este conflicto no radica en el contenido del deseo, sino en la interpretación cultural de lo que significa “ser hombre” o “ser mujer” en el espacio íntimo. Superar estas creencias es esencial para avanzar hacia una sexualidad más libre, equitativa y emocionalmente conectada.

Ejemplos de Conflictos Comunes

En consulta, suelen observarse situaciones como las siguientes:

  • La mujer expresa el deseo de ser más activa o tomar la iniciativa durante la intimidad, y el hombre se siente incómodo o juzgado.
  • El hombre percibe ciertas conductas expresivas de la mujer —como el uso de lenguaje erótico, practicar «analingus» en el hombre, la exploración corporal, juegos de roles simbólicos, practicar sexo anal en el hombre (mientras ella usa un «strap-on» o algún juguete manual), cambio de roles y sumisión, dar énfasis a la intimidad y la conexión emocional o a la intimidad prolongada sin penetración— como inapropiadas o poco “masculinas”.
  • La mujer muestra curiosidad por nuevas formas de acercamiento afectivo o sensorial, pero el hombre teme perder control o dominio, que se le considere gay o que eso afecte su imagen de virilidad.

Estos ejemplos ilustran cómo la rigidez de los roles de género puede interferir en el disfrute y en la conexión emocional de la pareja. La clave no es suprimir las diferencias, sino comprender su origen y dialogar sobre ellas desde el respeto.

Aspectos Psicológicos en Hombres y Mujeres

Desde la psicología de la pareja, se identifican factores emocionales que influyen en ambos miembros:

  • En los hombres: el temor a perder su rol tradicional de “control” o “dominio”, inseguridad frente a la expresión emocional y ansiedad de desempeño asociada a la masculinidad cultural. Muchos hombres internalizan la idea de que su valor está ligado a su capacidad de dominar o satisfacer, y no a su disposición a compartir la vulnerabilidad.
  • En las mujeres: el conflicto entre el deseo de autenticidad sexual y el temor a ser juzgadas por “pedir demasiado” o por manifestar placer de manera activa. Este dilema puede generar culpa o autocensura, afectando la espontaneidad y la satisfacción en la relación.

Ambas perspectivas se encuentran en el punto donde el erotismo se entrelaza con la identidad: el desafío terapéutico consiste en ayudar a la pareja a redefinir lo masculino y lo femenino desde una mirada más flexible y complementaria.

Sexualidad Saludable y Expresión Emocional

Una sexualidad saludable se basa en tres pilares: comunicación abierta, respeto mutuo y consentimiento emocional. En una pareja madura, la diferencia de gustos o preferencias no se interpreta como una amenaza, sino como una oportunidad para el autoconocimiento y el crecimiento conjunto.

El diálogo sobre el deseo debe centrarse en el bienestar compartido, no en la validación de estereotipos. Cuando ambos miembros logran hablar sin juicios, aumenta la intimidad emocional y la confianza. De este modo, las diferencias dejan de ser un obstáculo para convertirse en una fuente de curiosidad, complicidad y afecto.

Recomendaciones

  • Promover la comunicación asertiva: invitar a la pareja a expresar sus gustos, límites y temores de manera respetuosa, sin asumir ni criticar.
  • Revisar creencias de género: explorar cómo las ideas culturales sobre masculinidad y feminidad afectan la experiencia íntima.
  • Fomentar la empatía: cada persona debe intentar comprender la vivencia emocional del otro sin sentirse amenazada por ella.
  • Normalizar la diversidad del deseo: reconocer que la sexualidad humana es amplia y que el disfrute no tiene un modelo único o universal.
  • Utilizar la terapia como espacio seguro: el consultorio debe ser un entorno donde se pueda hablar de la sexualidad sin vergüenza, culpa ni juicios morales.
  • Enfatizar la conexión emocional: recordar que la verdadera intimidad no se reduce a la práctica sexual, sino al vínculo de confianza, ternura y aceptación mutua.

Conclusión

Las diferencias en la expresión del deseo o en la manera de disfrutar la intimidad no son señales de incompatibilidad, sino reflejos de la diversidad humana. Cuando los hombres se sienten amenazados por conductas femeninas que desafían su noción de masculinidad, lo que emerge es una oportunidad para revisar y ampliar la comprensión de lo que significa amar y desear con autenticidad.

La terapia de pareja ofrece un camino para transformar el juicio en comprensión, el miedo en diálogo y la rigidez en apertura. Solo así puede surgir una relación donde el deseo, lejos de dividir, se convierta en un puente hacia una conexión emocional más profunda y una sexualidad más plena y respetuosa.

Volver al inicio

Fidelidad, Género y Emociones: Cómo Hombres y Mujeres Viven y Afrontan la Infidelidad

La infidelidad es una de las experiencias más dolorosas en una relación, pero también una oportunidad de crecimiento si se aborda con madurez y comprensión. Este artículo analiza, desde una perspectiva terapéutica, qué es la infidelidad en psicología, sus tipos, y las diferencias entre hombres y mujeres en su percepción y reacción. Explica cómo negociar la fidelidad antes de comenzar una relación, cómo responder ante la traición y cómo reconstruir la confianza después. Con un enfoque profesional y empático, se ofrece estrategias clínicas y reflexiones sobre el compromiso, la reparación y la importancia de la fidelidad para el bienestar emocional y la estabilidad a largo plazo.

La infidelidad es uno de los temas más sensibles y complejos en las relaciones de pareja. No solo desafía la confianza y la estabilidad emocional, sino que también pone en evidencia las diferencias de género en cómo hombres y mujeres entienden, viven y reaccionan ante la traición.

Aunque cada relación es única, las investigaciones psicológicas muestran que las percepciones sobre la infidelidad están fuertemente influenciadas por factores culturales, emocionales y evolutivos. Comprender estas diferencias no busca justificar conductas, sino abrir el diálogo, prevenir rupturas innecesarias y promover relaciones más conscientes y saludables.

¿Qué es la Infidelidad en Psicología?

En psicología, la infidelidad se define como la ruptura de un acuerdo de exclusividad —emocional, sexual o ambas— dentro de una relación establecida. No se trata solo del acto sexual, sino de un quiebre de ese acuerdo y de la confianza, según los límites acordados de antemano por la pareja.

La infidelidad puede ser tanto física como emocional, y cada tipo genera heridas diferentes. Desde una perspectiva clínica, su gravedad depende no solo del acto en sí, sino del impacto emocional que causa y del significado que la pareja le atribuye.

Tipos de Infidelidad

Los especialistas distinguen varias formas de infidelidad, entre las que destacan:

  • Infidelidad física: implica contacto sexual con otra persona fuera de la relación.
  • Infidelidad emocional: involucra una conexión afectiva o romántica con alguien más, aunque no haya contacto físico.
  • Infidelidad virtual: ocurre mediante redes sociales, mensajes o interacciones digitales que transgreden la confianza.
  • Infidelidad por omisión: cuando se ocultan conversaciones, encuentros o intenciones, aun sin concretarse físicamente.

Todas ellas comparten un elemento común: el secreto y la ruptura del pacto de lealtad, que fue acordado de forma explícita, que sostiene la relación.



La fidelidad no se basa en la ausencia de tentación, sino en la presencia del compromiso del que elige quedarse.

Diferencias de Género ante la Infidelidad

Estudios psicológicos han mostrado que hombres y mujeres suelen percibir y reaccionar de forma distinta ante la infidelidad. Aunque ambos experimentan dolor, la forma de procesarlo y el tipo de traición que más les afecta tiende a diferir.

En general, los hombres suelen reaccionar con mayor intensidad ante una infidelidad sexual que ante una infidelidad emocional, al sentir amenazada su masculinidad o el sentido de exclusividad física. Las mujeres, por otro lado, suelen sentirse más heridas por la infidelidad emocional, al interpretarla como pérdida de conexión afectiva y prioridad emocional.

No obstante, estas diferencias no son absolutas. Cada persona interpreta la infidelidad desde su historia emocional, sus inseguridades y sus expectativas sobre el amor. Lo importante no es quién sufre más, sino cómo se maneja ese sufrimiento de forma constructiva.

Cómo Negociar la Fidelidad Antes de la Relación

Hablar sobre la fidelidad antes de iniciar una relación formal es una práctica poco común, pero altamente recomendable. Este diálogo permite definir qué comportamientos son aceptables y cuáles constituyen una falta de respeto o traición.

Negociar la fidelidad no implica desconfianza, sino madurez emocional. Se trata de aclarar expectativas sobre lo que significa “ser fiel” para cada uno, evitando malentendidos futuros. Para algunas parejas, un “me gusta” en redes puede parecer inofensivo; para otras, puede ser motivo de conflicto.

Las relaciones saludables se construyen sobre acuerdos explícitos, no sobre suposiciones. Una conversación temprana sobre límites, compromiso y transparencia puede prevenir crisis dolorosas más adelante.

Reacciones y Manejo Cuando la Infidelidad Ocurre

Cuando la infidelidad sale a la luz, la reacción inicial suele ser de shock, ira, tristeza o negación. La traición afecta la autoestima, la confianza y la seguridad emocional. En estos momentos, es fundamental no actuar impulsivamente ni tomar decisiones definitivas bajo el impacto emocional.

Desde la perspectiva terapéutica, los pasos iniciales incluyen:

  • Evitar la confrontación agresiva y buscar contención emocional.
  • Permitir que ambas partes expresen su versión de los hechos.
  • Evitar la exposición pública o el juicio externo.
  • Solicitar ayuda profesional para procesar el dolor y guiar la toma de decisiones.

Una respuesta sana no busca venganza, sino comprensión: entender las causas, asumir responsabilidades y valorar si aún existe voluntad de reparar el vínculo.

Negociar Después de una Infidelidad

Superar una infidelidad no significa olvidarla, sino transformarla en una oportunidad de crecimiento y rediseño del vínculo. La negociación posterior requiere transparencia, empatía y compromiso mutuo.

Algunos elementos esenciales de este proceso son:

  • Reconocer el daño causado y validar el dolor de la otra persona.
  • Restablecer la confianza con hechos, no solo con palabras.
  • Definir nuevas reglas de comunicación, límites y expectativas.
  • Fortalecer la conexión emocional y sexual con actividades compartidas y expresión afectiva.

La terapia de pareja puede facilitar este proceso, ayudando a canalizar el resentimiento, reconstruir la seguridad y reencontrar el respeto mutuo.

Recomendaciones Terapéuticas

  • Practicar la autorreflexión: comprender las propias motivaciones y heridas que pudieron influir en la situación.
  • Evitar la generalización: no asumir que una infidelidad define toda la relación ni el valor personal.
  • Comunicación emocional sincera: expresar sentimientos sin ataques, buscando entendimiento mutuo.
  • Fomentar el perdón consciente: el perdón no es olvido, sino decisión de no seguir cargando el dolor.
  • Reconstruir gradualmente: la confianza se gana paso a paso, con tiempo, coherencia y transparencia.

Conclusión

La infidelidad, aunque dolorosa, no siempre marca el final de una relación. Puede convertirse en una oportunidad para redefinir los límites, fortalecer la comunicación y construir una fidelidad más consciente.

Comprender las diferencias de género ayuda a manejar el proceso con empatía, evitando juicios y promoviendo la comprensión mutua. En última instancia, la fidelidad no es solo un compromiso con el otro, sino también con uno mismo y con la madurez emocional necesaria para amar de manera responsable.

Volver al inicio

Los desacuerdos sexuales en las mujeres y el final de la relación

Basándonos en las ideologías de género tradicionales, esperaríamos que los desacuerdos sexuales se asociaran con la inestabilidad de las relaciones más fuertemente entre los hombres que entre las mujeres.

Los desacuerdos sexuales en las relaciones están más fuertemente asociados con que las mujeres consideren terminar sus relaciones que los hombres, según un nuevo estudio publicado en el Journal of Sex Research.

«Basándonos en las ideologías de género tradicionales, esperaríamos que los desacuerdos sexuales se asociaran con la inestabilidad de las relaciones más fuertemente entre los hombres que entre las mujeres», dijo la autora del estudio Dominika Perdoch Sladká. Algunos estudios anteriores encontraron que los hombres juzgan la calidad de su relación por la calidad de su vida sexual con más frecuencia que las mujeres.

En este estudio se descubrió que las personas que informaron frecuentes desacuerdos sexuales tenían significativamente más probabilidades de considerar terminar sus relaciones. Este efecto fue particularmente pronunciado entre las mujeres. En comparación con aquellas que nunca tuvieron tales desacuerdos, las mujeres que frecuentemente experimentaban desacuerdos sexuales tenían 13,1 puntos porcentuales más probabilidades de considerar la separación. Por el contrario, los hombres con frecuentes desacuerdos sexuales mostraron sólo un aumento de 5 puntos porcentuales en la propensión a la separación en comparación con aquellos sin desacuerdos.

Los investigadores también encontraron que, en todos los niveles de desacuerdo sexual, las mujeres eran más propensas a la separación que los hombres. Esta diferencia fue más marcada entre quienes tenían desacuerdos frecuentes, lo que subraya una notable disparidad de género.

Si una pareja tiene desacuerdos sexuales con frecuencia, es más probable que piensen en separarse. Esta relación entre desacuerdos y propensión a la separación es sorprendentemente más fuerte entre las mujeres que entre los hombres. Incluso si la pareja no tiene desacuerdos en otras áreas, como el dinero, las relaciones familiares o la crianza de los hijos, las discrepancias en el área sexual pueden contribuir a la propensión a la separación.

 

La satisfacción en la relación y los roles invertidos

Los hallazgos del estudio indican que en las relaciones de roles invertidos, la mujer es vista como más dominante y controladora, mientras que el hombre es percibido como más débil.

Una investigación reciente publicada en Sex Roles exploró las consecuencias para las parejas heterosexuales que no siguen las normas de género tradicionales en las que el hombre es el principal proveedor. Los hallazgos del estudio indican que en las relaciones de roles invertidos, la mujer es vista como más dominante y controladora, mientras que el hombre es percibido como más débil. Además, las mujeres en relaciones de roles invertidos son vistas como menos agradables y los hombres en tales relaciones reciben menos respeto.

El estudio destaca la influencia continua de las normas de género convencionales en las relaciones y los posibles obstáculos que encuentran las parejas que se apartan de estas normas. Los resultados implican que los estereotipos de género en el entorno pueden afectar las percepciones de hombres y mujeres sobre sus parejas, lo que podría conducir a resultados negativos en las relaciones.

A pesar de los cambios generacionales en las sociedades occidentales, los estereotipos de género convencionales persisten, lo que sugiere que los hombres priorizan mantener a sus familias mientras que las mujeres priorizan cuidarlas. Los estudios indican que cuando las parejas invierten estos roles de género tradicionales, es probable que experimenten resultados adversos como una menor satisfacción conyugal, una mayor probabilidad de divorcio y una menor calidad de la relación. Como era de esperarse, las parejas con inversión de roles enfrentan desafíos relacionales más importantes en países que se adhieren firmemente a los roles de género tradicionales.

Melissa Vink y sus colegas intentaron examinar los mecanismos subyacentes que explican las consecuencias adversas en las relaciones experimentadas por las parejas en relaciones de roles invertidos, particularmente en los casos en los que las mujeres han alcanzado un estatus social más alto que sus homólogos masculinos. Los investigadores plantearon la hipótesis de que el grado en que mujeres y hombres son penalizados por violar las normas sociales en cuanto a roles de género podría explicar el porqué estas parejas encuentran más dificultades y menos aceptación social que las parejas que se adhieren a roles de género tradicionales.

El equipo de investigación exploró si las parejas heterosexuales en relaciones de roles invertidos enfrentan posibles críticas de otros debido a las diferencias de estatus que desafían las jerarquías de género tradicionales. En dos estudios, los investigadores reclutaron a 223 personas que vivían en los Estados Unidos y a 269 personas que vivían en los Países Bajos para evaluar cómo las personas perciben y evalúan a las parejas que han invertido los roles de género tradicionales. En un tercer estudio, los investigadores reclutaron a 94 parejas heterosexuales en los Países Bajos (que habían estado en una relación durante al menos un año) para examinar los mecanismos potenciales que afectan la calidad de la relación dentro de las relaciones de roles invertidos.

Los resultados indican que los individuos percibieron a las mujeres en relaciones de roles invertidos como más dominantes y a los hombres como más débiles, lo que llevó a evaluaciones negativas de la calidad de su relación. En otras palabras, las mujeres con un estatus superior al de su pareja masculina son vulnerables a una penalización por dominancia, mientras que los hombres con un estatus inferior pueden enfrentar una penalización por debilidad. Estas sanciones contribuyen a la percepción de que una relación de roles invertidos es menos satisfactoria que una más convencional.

Las percepciones de dominancia y debilidad se vincularon con niveles reducidos de satisfacción en la relación dentro de las parejas con roles invertidos. El estudio enfatiza las posibles consecuencias para las parejas que se desvían de las normas de género convencionales y subraya el impacto continuo de estas normas en las relaciones.

Estos hallazgos son un primer indicio de que al menos cierta reacción puede afectar a las propias parejas y que las parejas en relaciones de roles invertidos experimentan las consecuencias negativas de desviarse de la jerarquía de género cuando los hombres tienen un estatus más alto que las mujeres.

El estudio también examinó el efecto protector de control relativo de las mujeres en este tipo de relación. La percepción de que las mujeres son más controladoras en una relación de roles invertidos generó impresiones más favorables de ella, y los individuos expresaron mayor agrado y respeto por ellas que las mujeres en igualdad de estatus o en relaciones tradicionales. Sólo cuando el estatus de los hombres se percibía como más débil hubo consecuencias en la satisfacción de la relación.

Este estudio proporciona pistas sobre la persistencia de las normas de género en culturas donde los géneros son iguales ante la ley. Vink y sus colegas concluyeron: «En general, estos hallazgos sugieren que los efectos negativos de las relaciones heterosexuales con roles invertidos son otra forma en que se protege la jerarquía de género y por qué los roles de género tradicionales son persistentes y difíciles de cambiar».

 

La historia de las personas transgénero

El término transgénero se utiliza para describir a las personas cuya identidad de género o forma de expresarse no coincide con el sexo que les fue asignado al nacer. Por ejemplo, una persona puede identificarse y vivir como mujer aunque haya nacido con genitales masculinos.

Aunque hoy en día se habla más abiertamente sobre las personas transgénero, lo cierto es que han existido desde hace cientos, e incluso miles, de años en distintas culturas del mundo. Sin embargo, el reconocimiento de sus derechos y el desarrollo de movimientos organizados en su defensa es relativamente reciente.

Según información del Human Rights Campaign (HRC), el movimiento moderno por los derechos de las personas transgénero tiene menos de cien años. De hecho, durante el siglo XIX comenzaron a surgir leyes que regulaban de manera específica la expresión de género. La historiadora Susan Stryker, profesora de la Universidad de Yale, explica que en la década de 1850 varias ciudades de Estados Unidos aprobaron ordenanzas que hacían ilegal que una persona se vistiera en público con ropa considerada “del sexo opuesto”. Estas leyes buscaban controlar la expresión de género y criminalizaban a las personas trans.

A comienzos del siglo XX, el acceso a atención médica para personas transgénero era extremadamente limitado. Las cirugías de afirmación de género solo se realizaban en unos pocos centros médicos especializados en todo el mundo. Uno de los más importantes fue el Instituto de Sexología, ubicado en Berlín, Alemania, un centro pionero en el estudio de la sexualidad y la identidad de género.

Este instituto brindó atención a personas transgénero como Lili Elbe, cuya historia se hizo conocida por la película La chica danesa. Lili fue una de las primeras mujeres trans en someterse a cirugías de afirmación de género a principios de la década de 1930. También fue la primera persona conocida en recibir un trasplante de útero, en un intento por quedar embarazada, aunque lamentablemente falleció debido a complicaciones posteriores. Otra figura importante fue Dora Richter, una mujer trans alemana considerada la primera persona en someterse a una cirugía completa de afirmación de género de hombre a mujer.

Cuando Adolf Hitler llegó al poder en 1933, el Instituto de Sexología fue atacado por los nazis. El edificio fue destruido y su biblioteca y archivos —que contenían investigaciones valiosísimas— fueron quemados públicamente. Este acto representó una gran pérdida para el avance del conocimiento sobre identidad de género y sexualidad. Años más tarde, en 1973, el instituto fue restablecido en la ciudad de Frankfurt.

La atención médica para personas transgénero comenzó a desarrollarse de manera más sistemática en la segunda mitad del siglo XX. Aun así, seguía siendo muy limitada, y en muchos países las cirugías de afirmación de género continuaban siendo ilegales o severamente restringidas.

En Estados Unidos, uno de los hitos más importantes fue la creación del Programa de Disforia de Género de Stanford, en Palo Alto, California, en 1968. Este programa estuvo asociado al médico Harry Benjamin, considerado uno de los pioneros en la atención médica para personas transgénero. Benjamin jugó un papel fundamental en el reconocimiento de la disforia de género como una experiencia legítima que merecía atención médica y respeto.

Antes de esto, algunos avances ya se habían dado en Europa. En Suecia y en el Hospital Universitario de Copenhague, en Dinamarca, se ofrecieron algunas de las primeras intervenciones quirúrgicas para personas trans. Fue allí donde Christine Jorgensen, una mujer trans estadounidense, recibió cirugías de afirmación de género a principios de la década de 1950, luego de obtener un permiso legal especial del gobierno danés. Su caso tuvo gran repercusión internacional y ayudó a visibilizar la realidad de las personas transgénero.

Esta historia muestra que, aunque la experiencia transgénero no es nueva, el reconocimiento social, legal y médico de estas identidades ha sido lento y marcado por avances y retrocesos. Comprender este recorrido histórico permite tener una mirada más empática y contextualizada sobre las luchas y derechos de las personas trans en la actualidad.

¿Qué hace que el sexo sea fantástico?

El orgasmo, la conexión emocional y la química son elementos clave en las experiencias de ‘buen sexo’ de las personas.

¿Qué hace que el sexo sea fantástico? Hay algunos elementos clave, pero no son iguales para todos y todas, según este estudio.

Esta investigación proporciona evidencia de que el orgasmo, la conexión emocional y la química son elementos clave en las experiencias de «buen sexo» de las personas. Pero los hallazgos, publicados en Sexuality & Culture, también resaltan que los factores que contribuyen a una experiencia sexual extraordinaria varían ampliamente entre los individuos.

Si bien se han realizado muchas investigaciones sobre las disfunciones sexuales y los factores que las influyen, hay escasez de investigaciones sobre lo que constituye una gran experiencia sexual. Muchas personas obtienen información sobre experiencias sexuales de los medios populares y de la pornografía, que a menudo representan estándares poco realistas. Los autores de este estudio querían investigar y comprender los factores implicados en el «buen sexo», que esperaban que fuera relevante y beneficioso para los profesionales del sexo, los psicólogos de parejas y el público en general.

Con frecuencia a los psicólogos nos preguntan «¿Qué es un buen sexo? ¿Qué constituye un buen sexo? ¿Existe un estándar para eso?” Este tipo de preguntas es la que motivó esta investigación llevada a cabo por Alicia M. Walker, profesora asociada de sociología en la Universidad Estatal de Missouri.

Los investigadores comenzaron reclutando participantes adultos sexualmente activos para entrevistas a través de múltiples plataformas en línea, incluidos sitios de redes sociales y sitios de anuncios clasificados. Las entrevistas se realizaron principalmente por correo electrónico, siguiendo un formato en el que se enviaba una pregunta a la vez y el participante respondía la pregunta. Sobre la base de la respuesta, se plantearían preguntas de seguimiento.

Muchos participantes de esta investigación creían que los orgasmos eran un componente importante del buen sexo. Cuarenta y nueve personas afirmaron que los orgasmos eran un elemento esencial de sus encuentros sexuales. Mientras que algunas sólo enfatizaban su propio orgasmo, otras priorizaban la satisfacción de su pareja. Varios participantes consideraron que los orgasmos mutuos eran un elemento clave para un buen sexo y los orgasmos múltiples eran particularmente importantes para algunas mujeres. Sin embargo, curiosamente, veinte participantes afirmaron que los orgasmos no eran un elemento necesario para que el sexo fuera excelente.

Los aspectos emocionales fueron otro factor destacado por los participantes. Cincuenta y dos participantes sugirieron que una conexión emocional era crucial para tener buen sexo. Sin embargo, hicieron una distinción entre conexión emocional y amor romántico; La conexión emocional no siempre tiene por qué significar amor romántico o amor en absoluto.

Las diferencias de género fueron evidentes en estas respuestas, ya que las mujeres tendían a priorizar la conexión emocional sobre la satisfacción física. Ocho participantes asociaron aspectos emocionales directamente con el amor, mientras que otros lo definieron como confianza y afecto. Por otro lado, dieciséis participantes no estuvieron de acuerdo e insistieron en que no se requería un componente emocional para que el sexo fuera excelente. Además, treinta y seis participantes reconocieron que la química era un componente esencial del buen sexo. Los participantes en general estuvieron de acuerdo en que es algo automático e incontrolable, no algo que se pueda crear artificialmente. Si bien la química era difícil de definir, muchos participantes dijeron que estaba estrechamente relacionada con el agrado y la confianza en la persona con la que mantienen actividades sexuales, lo que les permite «soltarse».

Los hallazgos de esta investigación ilustran que existe una variabilidad considerable en lo que la gente considera esencial para tener un buen sexo, y estos elementos pueden diferir de las expectativas convencionales.

«Tu idea de lo que hace que el sexo sea maravilloso puede ser diferente a la de tu pareja», explicó Walker. «El sexo que es excelente para ti puede ser mediocre o incluso malo para tu pareja. Y muchas veces no tenemos estas conversaciones entre nosotros, pero deberíamos tenerlas. Cuanto más hablamos abiertamente sobre nuestras necesidades y expectativas sexuales, mayor es la probabilidad de que nuestras experiencias cumplan con nuestras expectativas”.

 

Conceptos psicológicos erróneos impiden la satisfacción sexual de las mujeres

Imagina una escena de sexo apasionante entre una mujer y un hombre de tu programa de televisión o película favorita. Es probable que ambas partes lleguen al orgasmo. Pero esto no refleja la realidad, porque durante los encuentros sexuales heterosexuales, las mujeres tienen muchos menos orgasmos que los hombres de manera significativa.

A este fenómeno se le conoce científicamente como la “brecha del orgasmo”. Y está documentado a la saciedad en la literatura científica desde hace más de 20 años.

En un estudio de más de 50,000 personas, el 95% de los hombres heterosexuales dijeron que usualmente o siempre tenían un orgasmo cuando tenían intimidad sexual, mientras que sólo el 45% de las mujeres heterosexuales dijeron lo mismo. Las investigaciones muestran que algunas personas creen que esta brecha se debe a que los orgasmos de las mujeres son biológicamente difíciles de alcanzar. Sin embargo, si esto fuera cierto, las tasas de orgasmo de las mujeres no diferirían según las circunstancias. De hecho, muchos estudios muestran que las mujeres tienen más orgasmos cuando están solas que con su pareja. Al menos el 92% de las mujeres tienen un orgasmo cuando se dan placer a sí mismas. Las mujeres también tienen más orgasmos cuando están en relaciones de compromiso en comparación con el sexo casual. En un estudio de más de 12,000 estudiantes universitarios, sólo el 10% de las mujeres dijeron que tuvieron un orgasmo durante las relaciones sexuales casuales, mientras que el 68% dijo que tuvieron un orgasmo durante las relaciones sexuales que ocurrieron en el contexto de una relación de compromiso. Las mujeres también tienen más orgasmos cuando tienen relaciones sexuales con otras mujeres. En un estudio realizado, el 64% de las mujeres bisexuales dijeron que generalmente o siempre tienen un orgasmo cuando tienen intimidad sexual con otras mujeres.

¿Por qué ocurre esto? En todos estos escenarios donde las mujeres llegan más al clímax, hay un mayor enfoque en la estimulación del clítoris, ya que muchos científicos afirman que los orgasmos vaginales no existen. La mayoría de las mujeres necesitan estimulación del clítoris para llegar al orgasmo, lo cual tiene sentido dado que el clítoris y el pene se originan del mismo tipo de tejido. Y tanto el clítoris como el pene están repletos de terminaciones nerviosas sensibles al tacto y tejido eréctil.

En mi trabajo como psicólogo de parejas, le he preguntado a muchas mujeres: «¿Cuál es tu ruta más confiable hacia el orgasmo?»  En mi estimación, sólo el 4% dice penetración. El otro 96% dice estimulación del clítoris sola o combinada con penetración. Entonces, la razón principal de la brecha en el orgasmo es que las mujeres no obtienen la estimulación del clítoris que necesitan. Y los mensajes culturales sobre la supremacía del coito o la penetración vaginal alimentan esta noción. De hecho, innumerables películas, programas de televisión, libros y obras de teatro retratan a mujeres que alcanzan el orgasmo únicamente con el coito o penetración vaginal, y a veces llegan al extremo de sugerir lo mismo de la penetración anal.

Las revistas masculinas populares también dan consejos sobre posiciones sexuales para llevar a las mujeres al orgasmo. Y aunque algunas de las posiciones incluyen la estimulación del clítoris, el mensaje sigue siendo que el coito o la penetración vaginal es el acto sexual central y más importante.

El lenguaje utilizado en estas fuentes –y en la sociedad en su conjunto– refleja y perpetúa la sobrevaloración del coito. Se usan las palabras «sexo» y «coito» (penetración vaginal) como si fueran lo mismo. Se le resta importancia a la estimulación del clítoris que viene antes del coito como parte de los «juegos previos», implicando que es una forma menor de sexo, y ciertamente para las mujeres no lo es.

Múltiples estudios han demostrado que tales mensajes dan la idea de que el sexo debe desarrollarse de la siguiente manera: juegos previos (sólo para preparar a la mujer para el coito), coito, orgasmo masculino y fin del sexo. En esta versión del sexo, el trabajo del hombre es «darle» a la mujer un orgasmo durando mucho tiempo y empujando con fuerza y energía. No es de extrañar que las investigaciones realizadas en el área encuentren que los hombres se sienten más masculinos o “más hombres” cuando su pareja tiene un orgasmo durante el coito. Y no sorprende que las mujeres finjan orgasmos, principalmente durante el coito, para proteger el ego de su pareja. De hecho, los estudios sugieren que entre el 53% y el 85% de las mujeres admiten fingir orgasmos con regularidad en la relación.

Sin embargo, hay esperanza, porque dado que los factores culturales son responsables de la brecha en el orgasmo, cambiar la forma en que vemos el sexo y las relaciones sexuales ayudará a mejorar las experiencias sexuales de las mujeres. De hecho, es importante educar a la gente sobre el hecho de que las mujeres no tienen una capacidad biológica limitada para alcanzar el orgasmo. Del mismo modo, la educación tanto para hombres como para mujeres sobre el clítoris podría cambiar las reglas del juego.

Aún así, es poco probable que ese conocimiento por sí solo cierre la brecha del orgasmo a nivel personal. Las mujeres también necesitan empoderarse y adquirir habilidades para poner en práctica este conocimiento. Esto significa que se debe alentar a las mujeres a masturbarse para aprender lo que quieren sexualmente. Y esto debe ir acompañado de capacitación en comunicación para que puedan compartir esta información con sus parejas. Las mujeres deben sentirse con derecho a su propio placer y entender que el sexo no es algo que ellas hacen únicamente por el placer de su pareja. Los cónyuges pueden turnarse para tener orgasmos mediante sexo oral o estimulación manual, donde ella tiene un orgasmo seguido del coito. Alternativamente, las mujeres pueden tocarse con las manos o con un vibrador durante el coito. Las investigaciones muestran que las mujeres que usan vibradores tienen más orgasmos.

La igualdad en el orgasmo es mucho más que tener sexo de calidad. Varias mujeres indican que una vez se sintieron empoderadas en el dormitorio, tuvieron más confianza en el resto de su vida.

Es importante destacar que, según un estudio, sentirse con derecho al placer aumenta la seguridad y capacidad de la mujer para decirle a su pareja lo que quiere sexualmente y su disposición para protegerse sexualmente. De hecho, este estudio encontró que sentirse con derecho al placer sexual aumentó la confianza de las mujeres para negarse a realizar actos sexuales con los que no se sentían cómodas y a usar protección contra el embarazo y las infecciones de transmisión sexual.

Según otro estudio sobre educación sexual y placer, cuando los jóvenes aprenden que el sexo debe ser placentero, es menos probable que lo utilicen de forma manipuladora y dañina. Por lo tanto, enseñar que el sexo es un acto de placer para ambas partes, más que algo que se le hace a las mujeres para el placer de los hombres, también podría ayudar a disminuir los niveles de violencia sexual.

 

La percepción social de heterosexualidad en los hombres

La percepción social de la heterosexualidad masculina es más precaria que la percepción social de la heterosexualidad de las mujeres independientemente de la raza de la persona.

Un estudio encontró que la percepción social de heterosexualidad en los hombres es más precaria que la de las mujeres independientemente de la raza de la persona.

En una nueva investigación publicada en Personality and Social Psychology Bulletin se encontró que la percepción social de identidad heterosexual para los hombres es más precaria que para las mujeres. Además, se descubrió que la raza de las personas no afectaba los juicios sociales sobre si la identidad heterosexual de un individuo era estable a través del tiempo. Específicamente, a pesar de las investigaciones que han encontrado que los hombres negros tienen más probabilidades de ser percibidos como heterosexuales cuando participan en comportamientos que desafían las normas culturales heterosexuales, en este estudio la raza no afectó los juicios sociales sobre la percepción de su sexualidad.

La percepción social de heterosexualidad — o sea, si las personas perciben a otras como que son heterosexuales o como que no lo son– como identidad puede no ser estable a través del tiempo si alguien se comporta de una manera ambigua y que parece inconsistente con sentirse atraído por el sexo opuesto. En Estados Unidos, los hombres pueden encontrar que la percepción social de su heterosexualidad puede ser más incierta que en el caso de las mujeres, porque la gente generalmente asume de primera intención que los hombres son heterosexuales y la percepción de lo que significa ser un hombre heterosexual ha sido históricamente más inestable en comparación con la sexualidad femenina.

Esta investigación exploró también cómo la percepción de inestabilidad de la heterosexualidad de un individuo está influenciada por su género y raza. Christopher Petsko y Stefan Vogler plantearon la hipótesis de que la percepción social de la heterosexualidad de los hombres es más inestable en el tiempo que la de las mujeres. Investigaciones anteriores han encontrado que los hombres negros a menudo son percibidos como extremadamente heterosexuales, mientras que se suele pasar por alto el comportamiento de las mujeres negras hacia personas del mismo sexo.

Los resultados de esta investigación revelaron que los hombres que tienen conductas sexuales ambiguas entre personas del mismo sexo son vistos como menos heterosexuales, más bisexuales y más homosexuales que las mujeres que tienen la misma conducta. Sorprendentemente, la predicción de que la raza podría desempeñar un rol en este proceso no resultó ser correcta. Los datos no indicaron una mayor tendencia hacia una raza en particular cuando se trataba de personas blancas o negras.

Aparenta ser que existen estándares sociales más estrictos para hombres que para mujeres a la hora de percibirlos como heterosexuales.  Estos estándares sociales podrían influenciar grandemente no sólo la forma en que los hombres comparten con sus pares y como se comportan en las relaciones de pareja, sino también el nivel de homofobia y bifobia comúnmente asociado a éstos.