El pasado vs. fantasías sexuales: ¿trastorno o compulsión sexual?


Pregunta


P
Mi esposa (20 años juntos, 13 de casados) y yo siempre sentimos cierta incomodidad en lo sexual, aunque éramos felices y no entendíamos bien a qué se debía. Recientemente ella me confió que desde hace muchos años necesita fantasear con otros hombres para obtener “estimulación extra” y facilitar el orgasmo. Además, me dijo que su posición sexual favorita es “en cuatro”, que durante mucho tiempo asumimos que era la menos preferida conmigo. Tras una investigación más profunda, descubrimos que esto se debía a la conducta promiscua que tuvo a los 14 años con un joven de 16 años muy bien dotado. En lugar de dejar atrás esa experiencia, al parecer ha arrastrado consigo los deseos que experimentó entonces durante más de 20 años.

Aunque he leído que fantasear puede ser normal e incluso saludable, también he visto que puede ser problemático si hiere a otra persona. En mi caso, me siento traicionado y siento que me negaron la oportunidad de complacerla durante años. Además, somos personas de fe cristiana (compartimos las mismas doctrinas) y ambos reconocemos que estas fantasías podrían considerarse una forma de infidelidad. Ella ahora tiene 38 años, pero parece seguir aferrada a aspectos físicos de aquel recuerdo adolescente con el que no ha vuelto a tener contacto. Esto hiere nuestro matrimonio y me preocupa que vaya más allá de lo “normal” o aceptable. ¿Cómo se clasificaría esta situación? ¿Se trata de algún trastorno o compulsión sexual? Toda ayuda será muy agradecida.


Respuesta del Psicólogo


R
Gracias por la honestidad con la que compartes algo tan íntimo y sensible. Es completamente comprensible que te sientas herido, confundido e incluso traicionado; no solo describen una dificultad sexual, sino también el dolor de descubrir que, por años, la conexión erótica se sostuvo con apoyos internos que te excluían emocionalmente. Quiero validar tu fe, tus valores y tu deseo de una intimidad auténtica: tu reacción no es exagerada; es humana.

Desde una mirada clínica, lo que describes no necesariamente corresponde a un “trastorno sexual” formal. Las fantasías son frecuentes y, para muchas personas, cumplen funciones de estimulación, autorregulación emocional o exploración. Sin embargo, cuando una fantasía se vuelve indispensable para la respuesta sexual o hiere a la pareja, deja de ser neutral y se convierte en un tema terapéutico. En ocasiones, ciertas experiencias de la adolescencia quedan asociadas —por aprendizaje y emoción— a una “plantilla” de excitación que luego se reactiva en la vida adulta. No implica un deseo real hacia alguien del pasado, sino un anclaje a sensaciones, guiones eróticos y significados (poder, validación, control, escape) que nunca se elaboraron a fondo.

También es natural que, desde su marco espiritual compartido, ustedes interpreten estas fantasías como una forma de infidelidad. En terapia trabajamos precisamente en traducir ese conflicto entre valores y conducta en conversaciones restaurativas: cómo honrar la fe y, a la vez, abrir un camino de reparación, perdón y crecimiento. Más que etiquetar la situación como “condición” o “compulsión”, el foco útil es comprender la función de la fantasía, disminuir su centralidad y construir una intimidad presente que resulte suficientemente segura, estimulante y conectada para ambos.

Recomendaciones

  • Busquen terapia de pareja con enfoque en sexualidad (sexología clínica): un espacio especializado ayuda a desactivar culpas, clarificar significados y establecer pasos concretos para reconstruir el deseo y la confianza.
  • Definan límites y transparencia sobre la fantasía: aunque las fantasías son asuntos personales si las mantenemos para nosotros mismos, conversen —con guía profesional— qué es aceptable para ambos si es que las mismas llegan a exteriorizarse. El objetivo no es “prohibir”, sino reorientar.
  • Reduzcan la dependencia de la fantasía mediante ejercicios guiados: prácticas como sensate focus (enfoque sensorial paso a paso), respiración consciente y pausas de reajuste atencional ayudan a anclar la excitación en el aquí y ahora corporal, con el otro.
  • Construyan un nuevo guion erótico en común: exploren gradualmente variaciones, ritmos, estímulos y posiciones que funcionen para ustedes hoy, sin presión de “rendimiento”. La curiosidad compartida es más potente que la perfección.
  • Atiendan las emociones provocadas por la herida: tu dolor merece tiempo y palabras. Propongan momentos de conversación estructurada (escucha activa, sin interrupciones ni defensa), orientados a entender y reparar, no a justificar.
  • Integren su fe como recurso: si lo desean, trabajen con un terapeuta que respete su espiritualidad. Prácticas de reconciliación, gratitud y propósito pueden sostener el proceso de perdón y compromiso renovado.
  • Busquen posibles factores asociados: estrés, ansiedad de desempeño, discrepancias en el deseo o mensajes aprendidos sobre sexualidad pueden estar afectando; abordarlos podría reducir la necesidad de fantasías.
  • Eviten etiquetas que bloqueen el cambio: llamarlo “trastorno” puede generar vergüenza. Pensarlo como un patrón aprendido y modificable abre caminos de intervención.

En síntesis: lo que ocurre parece más un patrón erótico aprendido que un trastorno. Con tratamiento profesional y un proyecto erótico compartido, es posible disminuir la dependencia de esas imágenes internas y fortalecer una intimidad más honesta, presente y placentera para ambos.

“El pasado no se borra, pero puede resignificarse para que deje de dirigir el presente”.

Si están dispuestos a caminar este proceso con paciencia y ternura, pueden transformar esta crisis en un nuevo comienzo. Estoy contigo: tu dolor tiene sentido y también tiene salida.

Con aprecio y respeto,
Dr. González

Por favor, lea nuestro Relevo de Responsabilidad.

El Caso de la Lucha Silenciosa de Julio y Carla


Caso


Julio y Carla llevan diez años de matrimonio y son padres de tres hijos. Desde antes de casarse, Julio recuerda episodios en los que Carla utilizaba un tono duro, crítico y, en ocasiones, hiriente para expresar frustración o desacuerdo. Aunque al inicio minimizó la importancia de estas conductas, creyendo que “era solo una forma de ser”, con el tiempo estas interacciones se hicieron más frecuentes y emocionalmente desgastantes.

A lo largo de la relación, Carla ha mostrado un patrón reiterado de explosiones verbales ante conflictos cotidianos: quejas elevadas de tono, insultos puntuales, descalificaciones, e incluso burlas que Julio percibe como ataques directos a su dignidad. Él expresa que, mientras Carla no reconoce completamente el impacto de sus palabras, la acumulación de años de trato agresivo ha deteriorado profundamente su autoestima y su seguridad emocional dentro del matrimonio.

Julio afirma que ya no tolera ser insultado, ni siquiera en discusiones menores. Indica que, ante la falta de cambios significativos en el comportamiento de Carla, ha empezado a tomar distancia emocional como mecanismo de protección. Esta distancia se refleja principalmente en la intimidad sexual: Julio ha ido evitando el contacto físico y el deseo se ha apagado casi por completo. Explica que “no puede desear a alguien que lo lastima”.

Por su parte, Carla afirma que ama a Julio y que desea mantener activa la vida sexual. Sin embargo, reconoce que se irrita con facilidad y que, en momentos de frustración, usa palabras duras sin medir su impacto. Aunque dice querer cambiar, también expresa que se siente incomprendida y sobrecargada por las demandas del hogar y la crianza. Su forma de comunicación se ha convertido en un hábito automático, difícil de modificar sin apoyo estructurado.

El patrón relacional:

  • Carla expresa frustración a través de agresión verbal.
  • Julio se siente herido, se retira emocionalmente y evita la intimidad.
  • La distancia de Julio aumenta la frustración de Carla.
  • Carla intensifica los reproches, reforzando el ciclo.

Ambos reconocen que aman a sus hijos y desean preservar la relación, pero admiten que la dinámica actual es insostenible. La agresión verbal, la pérdida de conexión emocional y la desaparición de la intimidad sexual amenazan la estabilidad de la pareja. Acuden a terapia buscando recuperar el respeto, reconstruir la confianza y encontrar una manera de relacionarse sin lastimarse.




Análisis


Análisis psicológico del caso

Este caso refleja un patrón común en relaciones donde la agresión verbal, aunque no física, produce heridas profundas y genera un quiebre progresivo de la intimidad emocional y sexual. La repetición de interacciones agresivas puede generar un ambiente relacional inseguro, en el que uno de los miembros se siente desvalorizado, temeroso o emocionalmente agotado.

En Julio se observan elementos de desgaste emocional acumulado. Tras años de recibir comentarios hirientes, su mente ha aprendido a asociar a Carla no con seguridad, sino con amenaza emocional. Esta asociación bloquea el deseo sexual, ya que la sexualidad requiere confianza y vulnerabilidad. Su evitación no es venganza, sino protección.

Carla, por su parte, parece atrapada en un patrón de reactividad emocional. Su estilo de comunicación agresivo puede estar relacionado con estrés, modelos aprendidos, dificultad para expresar vulnerabilidad o sobrecarga por la crianza. Aunque desea intimidad, su modo de relacionarse la sabotea. No existe mala intención, pero sí un hábito dañino.

La dinámica central es un ciclo de ataque–retirada emocional:

  • Carla ataca verbalmente cuando se siente frustrada.
  • Julio se retrae para protegerse.
  • Esa retirada aumenta la frustración de Carla.
  • El ciclo continúa hasta erosionar la intimidad sexual y emocional.

A nivel clínico, la agresión verbal también suele tener raíces en emociones subyacentes como miedo, cansancio, soledad o sensación de injusticia percibida. Sin embargo, por más que la causa sea comprensible, el comportamiento sigue siendo dañino.
El restablecimiento de la intimidad requiere cambios conductuales, emocionales y comunicativos en ambos miembros.

Recomendaciones

Si te identificas con una situación similar, estas soluciones podrían ayudarte a trabajar la relación desde adentro:

  1. Reconoce el impacto real de las palabras.
    Aceptar que la agresión verbal sí es dañina es el primer paso. Minimizarla solo mantiene el ciclo.
  2. Pide respeto como condición básica de la relación.
    No se trata de exigir perfección, sino de establecer límites claros: no insultos, no burlas, no descalificaciones.
  3. Aprende a expresar frustración sin herir.
    Cambiar frases como “eres inútil” por “me siento sobrecargada y necesito más ayuda” transforma la interacción.
  4. Dale un nombre al ciclo que viven.
    Identificar los momentos en que comienza la escalada ayuda a detenerla antes de que aumente.
  5. Explora qué hay detrás de la agresión verbal.
    Estrés, agotamiento, miedo, frustración o sensación de injusticia pueden estar alimentando el patrón. Conócelos para manejarlos mejor.
  6. Trabaja la reparación emocional después de cada conflicto.
    Una disculpa sincera, con acciones coherentes, reconstruye confianza poco a poco.
  7. Si eres quien se siente herido, valida tu dolor sin culparte.
    Haber tolerado agresiones en el pasado no invalida tu derecho a pedir un cambio ahora.
  8. No intentes reconstruir la vida sexual sin antes reparar la emocional.
    La sexualidad florece donde hay respeto, no donde hay miedo o resentimiento.
  9. Busquen momentos de conexión no sexual.
    Conversaciones tranquilas, actividades compartidas o incluso un paseo ayudan a reconstruir la alianza.
  10. Si el cambio no ocurre, considera apoyo profesional.
    La agresión verbal es modificable, pero requiere herramientas y compromiso de ambas partes.

Recordar que el respeto es el fundamento de cualquier relación sana puede ayudar a transformar dinámicas que por años fueron dolorosas. El objetivo es reconstruir una convivencia segura, afectiva y digna para ambos.

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Entre el Deseo y la Identidad: Cómo Abordar las Diferencias Sexuales sin Amenazar la Masculinidad

En el contexto de la terapia de pareja, uno de los temas más sensibles y reveladores es la diferencia en el disfrute o la comodidad frente a determinadas formas de intimidad. No es infrecuente que algunas mujeres expresen interés en prácticas, juegos o comportamientos afectivos que los hombres consideran poco adecuados o amenazantes para su identidad masculina.

Estas diferencias, lejos de ser un signo de incompatibilidad, suelen reflejar la complejidad de la sexualidad humana y las influencias socioculturales que moldean lo que cada persona considera “aceptable”. Comprender y trabajar estas diferencias desde una mirada psicológica, respetuosa y empática puede transformar un conflicto en una oportunidad de crecimiento y conexión emocional.

Diferencias en el Deseo y la Percepción de lo Masculino

La educación sexual tradicional ha impuesto a los hombres y mujeres estereotipos rígidos: se espera que el hombre lidere, controle, domine y mantenga un rol activo, mientras que la mujer debe ser receptiva, emocional y complaciente. Cuando las mujeres expresan deseos que desafían estos esquemas —por ejemplo, conductas de mayor iniciativa, curiosidad o dominio erótico— algunos hombres pueden percibirlo como una amenaza a su rol o como una desestabilización de su identidad masculina.

Este conflicto no radica en el contenido del deseo, sino en la interpretación cultural de lo que significa “ser hombre” o “ser mujer” en el espacio íntimo. Superar estas creencias es esencial para avanzar hacia una sexualidad más libre, equitativa y emocionalmente conectada.

Ejemplos de Conflictos Comunes

En consulta, suelen observarse situaciones como las siguientes:

  • La mujer expresa el deseo de ser más activa o tomar la iniciativa durante la intimidad, y el hombre se siente incómodo o juzgado.
  • El hombre percibe ciertas conductas expresivas de la mujer —como el uso de lenguaje erótico, practicar «analingus» en el hombre, la exploración corporal, juegos de roles simbólicos, practicar sexo anal en el hombre (mientras ella usa un «strap-on» o algún juguete manual), cambio de roles y sumisión, dar énfasis a la intimidad y la conexión emocional o a la intimidad prolongada sin penetración— como inapropiadas o poco “masculinas”.
  • La mujer muestra curiosidad por nuevas formas de acercamiento afectivo o sensorial, pero el hombre teme perder control o dominio, que se le considere gay o que eso afecte su imagen de virilidad.

Estos ejemplos ilustran cómo la rigidez de los roles de género puede interferir en el disfrute y en la conexión emocional de la pareja. La clave no es suprimir las diferencias, sino comprender su origen y dialogar sobre ellas desde el respeto.

Aspectos Psicológicos en Hombres y Mujeres

Desde la psicología de la pareja, se identifican factores emocionales que influyen en ambos miembros:

  • En los hombres: el temor a perder su rol tradicional de “control” o “dominio”, inseguridad frente a la expresión emocional y ansiedad de desempeño asociada a la masculinidad cultural. Muchos hombres internalizan la idea de que su valor está ligado a su capacidad de dominar o satisfacer, y no a su disposición a compartir la vulnerabilidad.
  • En las mujeres: el conflicto entre el deseo de autenticidad sexual y el temor a ser juzgadas por “pedir demasiado” o por manifestar placer de manera activa. Este dilema puede generar culpa o autocensura, afectando la espontaneidad y la satisfacción en la relación.

Ambas perspectivas se encuentran en el punto donde el erotismo se entrelaza con la identidad: el desafío terapéutico consiste en ayudar a la pareja a redefinir lo masculino y lo femenino desde una mirada más flexible y complementaria.

Sexualidad Saludable y Expresión Emocional

Una sexualidad saludable se basa en tres pilares: comunicación abierta, respeto mutuo y consentimiento emocional. En una pareja madura, la diferencia de gustos o preferencias no se interpreta como una amenaza, sino como una oportunidad para el autoconocimiento y el crecimiento conjunto.

El diálogo sobre el deseo debe centrarse en el bienestar compartido, no en la validación de estereotipos. Cuando ambos miembros logran hablar sin juicios, aumenta la intimidad emocional y la confianza. De este modo, las diferencias dejan de ser un obstáculo para convertirse en una fuente de curiosidad, complicidad y afecto.

Recomendaciones

  • Promover la comunicación asertiva: invitar a la pareja a expresar sus gustos, límites y temores de manera respetuosa, sin asumir ni criticar.
  • Revisar creencias de género: explorar cómo las ideas culturales sobre masculinidad y feminidad afectan la experiencia íntima.
  • Fomentar la empatía: cada persona debe intentar comprender la vivencia emocional del otro sin sentirse amenazada por ella.
  • Normalizar la diversidad del deseo: reconocer que la sexualidad humana es amplia y que el disfrute no tiene un modelo único o universal.
  • Utilizar la terapia como espacio seguro: el consultorio debe ser un entorno donde se pueda hablar de la sexualidad sin vergüenza, culpa ni juicios morales.
  • Enfatizar la conexión emocional: recordar que la verdadera intimidad no se reduce a la práctica sexual, sino al vínculo de confianza, ternura y aceptación mutua.

Conclusión

Las diferencias en la expresión del deseo o en la manera de disfrutar la intimidad no son señales de incompatibilidad, sino reflejos de la diversidad humana. Cuando los hombres se sienten amenazados por conductas femeninas que desafían su noción de masculinidad, lo que emerge es una oportunidad para revisar y ampliar la comprensión de lo que significa amar y desear con autenticidad.

La terapia de pareja ofrece un camino para transformar el juicio en comprensión, el miedo en diálogo y la rigidez en apertura. Solo así puede surgir una relación donde el deseo, lejos de dividir, se convierta en un puente hacia una conexión emocional más profunda y una sexualidad más plena y respetuosa.

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Cuando el Silencio Toca la Intimidad: El Caso de Olga y Mateo


Caso


Olga, de 55 años, y Mateo, de 58, llevan 28 años de matrimonio. Durante la mayor parte de su relación, mantienen una dinámica afectiva estable, con momentos de cercanía emocional y un patrón sexual que, aunque no perfecto, satisfacía las necesidades de ambos. Sin embargo, en los últimos tres años, Olga ha experimentado un cambio significativo en su deseo sexual. La frecuencia de encuentros íntimos disminuyó progresivamente hasta llegar al punto en que, hoy, Olga no desea tener relaciones sexuales en absoluto.

Para Olga, la ausencia de deseo no nace de un conflicto puntual ni de una falta de amor hacia Mateo. Ella describe sentirse “agotada”, “vacía” y “sin energía para conectar físicamente”. Relata cambios corporales propios de la menopausia, un aumento en la autoexigencia laboral, y una sensación persistente de desconexión con su propia sensualidad. Aunque no rechaza la convivencia ni la relación afectiva, evita cualquier situación que pudiera interpretarse como una invitación al contacto sexual, lo que genera tensión interna y culpa.

Mateo, por su parte, vive este cambio con tristeza y confusión. Aclara que su necesidad no es únicamente sexual; anhela contacto, cariño, abrazos, caricias y señales de afecto que antes fluían espontáneamente. Afirma comprender que el deseo puede fluctuar con la edad, pero siente que la distancia física se ha ido transformando en una distancia emocional. Expresa miedo a convertirse en “solo un compañero de casa”, y aunque desea retomar la vida sexual, estaría dispuesto a resignarse siempre que puedan rescatar gestos cotidianos de intimidad que les permitan vivir como una pareja que aún se ama.

La dinámica cotidiana refleja tensión creciente. Olga siente presión, incluso cuando Mateo no la expresa directamente. Cualquier gesto de él —un abrazo prolongado, una caricia, un comentario afectivo— es interpretado como una expectativa sexual que ella no puede cumplir, lo que la lleva a retraerse aún más. Mateo observa la retirada y responde con retraimiento emocional, sintiéndose rechazado o invisible. Ese ciclo refuerza en Olga la culpa y en Mateo la inseguridad.

Ambos coinciden en que no quieren separarse y que el vínculo emocional sigue intacto. Sin embargo, reconocen que la falta de intimidad está afectando la calidad del matrimonio. Preocupados por el futuro, buscan ayuda terapéutica para entender lo que está sucediendo y encontrar formas respetuosas de reconstruir una intimidad acorde a esta nueva etapa de vida.




Análisis


Análisis psicológico del caso

El caso de Olga y Mateo es clínicamente representativo de un patrón frecuente en parejas de larga duración que atraviesan etapas de transición vital. La disminución del deseo sexual —especialmente en mujeres alrededor de la menopausia— es un fenómeno multifactorial que involucra componentes fisiológicos, psicológicos y relacionales.

En Olga se observan tres elementos relevantes:

  • Alteraciones biopsicológicas: cambios hormonales, molestias físicas y disminución de energía afectando la conexión corporal y el deseo.
  • Carga emocional y mental: altos niveles de responsabilidad, autoexigencia y poca disponibilidad interna para la intimidad.
  • Significado psicológico del sexo: para ella, la intimidad sexual se asocia ahora a obligación, presión y rendimiento, más que a placer o conexión.

Por su parte, Mateo experimenta una necesidad de contacto afectivo que va más allá del sexo. Para él, las caricias y la intimidad representan seguridad emocional, pertenencia y validación dentro del vínculo. Al verla retraerse, interpreta el distanciamiento como pérdida de amor, lo que alimenta el ciclo de ansiedad relacional.

El patrón central puede describirse como un “ciclo de evitación y retraimiento”:

  • Olga evita el contacto por miedo a generar expectativas sexuales.
  • Mateo interpreta esa evitación como rechazo personal.
  • Mateo se retrae emocionalmente para evitar presionar.
  • Esa retirada intensifica en Olga la culpa y el aislamiento emocional.

Este ciclo es común en parejas con discrepancias sexuales y requiere un abordaje cuidadoso. La clave no es obligar a Olga a tener relaciones, ni pedir a Mateo que renuncie a su necesidad afectiva, sino construir un nuevo modelo de intimidad que sea sostenible para ambos, donde el contacto no se viva como presión sino como conexión.

Recomendaciones

Si te identificas con una situación parecida, estas soluciones podrían ayudarte:

  1. Crear un espacio de comunicación seguro y estructurado:
    La terapia debe enseñarles a hablar de sexualidad sin culpa ni defensividad, utilizando lenguaje descriptivo, no acusatorio.
  2. Diferenciar deseo sexual de intimidad emocional:
    Se trabaja con Olga para ayudarla a distinguir entre gestos afectivos y expectativas sexuales, y con Mateo para expresar necesidades sin transmitir presión.
  3. Explorar factores biopsicosociales del deseo:
    Se guía a Olga a identificar cambios hormonales, emocionales y cognitivos que afectan su deseo, normalizando la experiencia y validando su ritmo.
  4. Rediseñar la intimidad no sexual:
    Se establecen rituales cotidianos de conexión —tomarse de las manos, abrazos, rutinas compartidas— sin implicar sexualización. El objetivo: que Olga sienta seguridad y que Mateo reciba señales de cercanía.
  5. Establecer acuerdos explícitos sobre expectativas:
    Se ayuda a la pareja a negociar frecuencia, tipo de contacto, límites y momentos adecuados para expresar afecto, evitando malentendidos.
  6. Reentrenamiento gradual de la intimidad (si la pareja lo desea):
    Se introduce un proceso terapéutico donde el contacto físico se reconstruya paso a paso sin objetivo sexual inmediato.
  7. Fortalecer la identidad de pareja en esta etapa de vida:
    Se trabajan actividades románticas, significados compartidos, proyectos mutuos y formas de renovar la alianza afectiva que no dependan únicamente del sexo.
  8. Referido médico cuando necesario:
    Si se observan síntomas físicos relevantes, se considera la posibilidad de consulta ginecológica/endocrina para evaluar manejo hormonal o intervenciones médicas adecuadas.

El objetivo general es que Olga y Mateo redefinan la intimidad de una manera que honre sus necesidades individuales pero fortalezca la conexión emocional como pareja. No se trata de recuperar el pasado, sino de construir una intimidad nueva, respetuosa y adaptada a esta etapa del matrimonio.

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La Responsabilidad Sexual: Un Pilar Esencial para Relaciones Sanas

Este artículo explica qué es realmente la responsabilidad sexual y por qué es fundamental para construir relaciones de pareja sanas, maduras y emocionalmente seguras. Aborda cómo se manifiesta en la vida cotidiana, de qué manera las narrativas de género y las creencias culturales influyen en el comportamiento sexual, y cómo la falta de responsabilidad puede derivar en negligencia sexual. También se exploran los efectos emocionales y relacionales de estos patrones, así como estrategias terapéuticas para desarrollar una sexualidad consciente, respetuosa y compartida.

La responsabilidad sexual es un componente esencial para relaciones de pareja sanas, respetuosas y emocionalmente conectadas. No se trata únicamente de protección física o prevención, sino también de un compromiso ético, emocional y relacional que implica cuidado mutuo, comunicación clara y conciencia sobre el impacto de las decisiones sexuales.

A pesar de su importancia, existen múltiples creencias culturales, diferencias de género y mitos que distorsionan su comprensión. Este artículo explora qué significa realmente ser sexualmente responsable, cómo se manifiesta en la vida cotidiana de las parejas y cómo su ausencia puede convertirse en negligencia sexual.

¿Qué es la Responsabilidad Sexual?

La responsabilidad sexual es la capacidad de actuar de manera consciente, respetuosa y ética en el ámbito íntimo. Incluye:

  • Respetar los límites propios y los de la pareja.
  • Comunicar deseos, incomodidades y necesidades.
  • Tomar decisiones informadas sobre salud sexual.
  • Asumir las consecuencias emocionales de las dinámicas íntimas.
  • Contribuir a un ambiente erótico seguro, consensuado y maduro.

Ser responsable sexualmente no es restringir el placer, más bien fortalecerlo mediante conciencia y cuidado.



Ser responsable sexualmente es fortalecer el placer mediante conciencia y cuidado.

Cómo se Manifiesta la Responsabilidad Sexual en las Relaciones

En la práctica, la responsabilidad sexual se expresa mediante acciones concretas, como:

  • Hablar abiertamente sobre preferencias, límites y expectativas.
  • Respetar el consentimiento en todas sus formas.
  • Ser proactivo en el cuidado de la salud sexual.
  • Considerar el impacto emocional del encuentro íntimo.
  • Construir un espacio erótico seguro donde ambos puedan expresarse sin miedo ni juicio.

Cuando está presente, la relación sexual se convierte en un espacio de intimidad, conexión y confianza. Cuando falta, puede surgir confusión, resentimiento, inseguridad y distanciamiento emocional.

Narrativas de Género y Creencias Culturales

Las ideas sobre responsabilidad sexual han sido moldeadas por narrativas culturales y de género que influyen en cómo hombres y mujeres entienden su rol en la intimidad.

En muchos contextos:

  • Los hombres son socializados para priorizar el deseo y minimizar su responsabilidad emocional.
  • Las mujeres suelen recibir el mensaje de que su valor personal está ligado al cuidado del otro, la prudencia o la complacencia.

Estas creencias generan tensiones y desigualdades que dificultan la comunicación sexual auténtica. Además, mitos culturales —como que el hombre “debe saber todo” o que la mujer “debe complacer aun a costa de su propio disfrute”— erosionan la intimidad y obstaculizan el crecimiento sexual de la pareja.

Responsabilidad Sexual vs. Negligencia Sexual

La falta de responsabilidad sexual puede transformarse en negligencia sexual, un fenómeno que deteriora profundamente la relación. La negligencia implica:

  • Ignorar necesidades o límites del otro.
  • Retener o privar a la pareja de actividad sexual.
  • Evitar conversaciones importantes sobre sexualidad.
  • Descuidar la salud sexual propia o de la pareja.
  • Trivializar el impacto emocional del acto sexual.
  • Fallar repetidamente en el cuidado mutuo durante la intimidad.

La negligencia sexual no siempre es intencional: a veces surge del desconocimiento o del miedo a hablar de temas íntimos. Pero sus efectos pueden ser graves, generando resentimiento, distancia y pérdida de deseo.

Recomendaciones Terapéuticas

  • Promover conversaciones abiertas: hablar de sexualidad como un aspecto natural y necesario de la relación.
  • Desarrollar alfabetización sexual: informarse sobre salud sexual, consentimiento y bienestar erótico.
  • Cuestionar narrativas culturales: identificar y reemplazar creencias dañinas sobre roles sexuales.
  • Practicar la empatía sexual: reconocer el impacto emocional de la intimidad y ajustar comportamientos.
  • Buscar terapia de pareja o sexología: profundizar en patrones, heridas y expectativas sexuales.

Conclusión

La responsabilidad sexual es una forma madura de amor, cuidado y conciencia. Va más allá del deseo: implica escuchar, respetar, proteger y construir una intimidad auténtica. Cuando se ejerce de manera equilibrada, fortalece la relación, mejora la comunicación y contribuye al bienestar emocional y sexual de la pareja. Adoptar una conducta sexual responsable es un acto de compromiso con uno mismo y con el otro: una expresión profunda de respeto y conexión.

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Las relaciones de pareja sin actividad sexual, ¿qué son y cómo sobrellevarlas?

Las parejas pueden dejar de tener sexo por la elección de uno o ambos cónyuges o debido a circunstancias ajenas a su control, como por ejemplo, la distancia física o alguna condición de salud. No es ningún secreto que las relaciones de pareja tienden a perder lustre con el tiempo. Uno o ambos miembros de la pareja pueden tener un deseo sexual bajo y optar por no tener relaciones sexuales con mucha frecuencia o incluso no tenerlas. Otras veces la vida se interpone en el camino: la actividad sexual de una pareja puede verse interrumpida por un embarazo o un nuevo bebé, una carga de trabajo exigente, problemas de salud, orientaciones sexuales mixtas, falta de atracción física, falta de amor o deseo, incompatibilidad en preferencias sexuales, o envejecimiento en general.

Ante esta situación, ¿qué dicen los números? En un estudio publicado en 2018 en Archives of Sexual Behavior, los investigadores encuestaron a casi 18,000 adultos estadounidenses y descubrieron que poco más del 15 porciento de las personas casadas no había tenido relaciones sexuales el año anterior. Es más, el 13,5 porciento no las había tenido en cinco años. Esas cifras tienden a aumentar a medida que la gente envejece. Otro estudio publicado en mayo de 2019 en el Journal of Gerontology encuestó a 1,900 adultos casados de entre 57 y 85 años y encontró que el 40 porciento no había tenido relaciones sexuales el año anterior. Pero estos números, inclusive, pueden que estén lejos de la realidad. A menudo es tabú hablar de sexo o vergonzoso admitir ante los demás que uno está en una relación sin actividad sexual. En mi práctica como psicólogo, de las parejas con las que trabajo en terapia, alrededor del 50 porciento está en relaciones sin actividad sexual.

Ser negligente con las necesidades sexuales de tu pareja puede constituir abuso.

La intimidad sexual es necesaria en toda relación de pareja romántica. El sexo es una necesidad humana. El sexo y la pasión sexual son los elementos principales que determinan la diferencia entre una pareja romántica y una pareja de meros compañeros. Existe una responsabilidad sexual en la relación. Ser negligente con las necesidades sexuales de tu pareja puede constituir abuso. De hecho, el sexo es una de las principales razones por la que las personas eligen tener una relación de pareja. Tener intimidad sexual en una relación es bueno para el vínculo emocional y excelente para la salud y el bienestar físico y psicológico. Dado que el sexo es una forma de actividad física, puede quemar alrededor de 150 calorías por hora. Por lo tanto, una vida sexual saludable puede tener beneficios protectores para el corazón. Un estudio publicado en julio de 2019 en The American Journal of Medicine encontró que los sobrevivientes de ataques cardíacos que tenían relaciones sexuales más de una vez a la semana tenían un 27 porciento menos de probabilidades de morir durante las siguientes dos décadas en comparación con aquellos que no tuvieron relaciones sexuales en absoluto. Investigaciones anteriores demostraron que tener relaciones sexuales dos veces por semana se asociaba con un menor riesgo de enfermedad cardiovascular en los hombres. La oxitocina, las endorfinas y la dopamina liberadas durante las relaciones sexuales también pueden ayudar a aliviar el estrés y promover un mejor sueño.

Igualmente importante que los beneficios físicos de la intimidad y la gratificación sexual es la recompensa psicológica y emocional. El sexo sano y satisfactorio ayuda a forjar un fuerte vínculo emocional en una relación. Y los beneficios de esa cercanía van mucho más allá del dormitorio. Saber que eres deseado y aceptado te ayuda a sentirte bonita/o, atractiva/o, valioso, seguro de ti y aumenta tu sensación general de bienestar. Por otro lado, el sexo no es sólo una cuestión de “conectarse” con otro cuerpo sino de conectarse y comunicarse con el cuerpo y el alma de otra persona.

El sexo sano y satisfactorio tampoco siempre se trata de una penetración o un orgasmo. La gente pasa por alto el aspecto placentero del sexo. Hay una satisfacción que proviene de sesiones ténues en las que puedes simplemente tocar y explorar. Tener ese tipo de variabilidad y cambiar la rutina es una parte importante del sexo satisfactorio.

A pesar de esto, muchas parejas eligen no tener sexo en sus relaciones de pareja. Veamos algunas de las razones. Comenzamos por definir eso de “pareja sin actividad sexual”. Si bien no existe una definición científica de una relación de pareja «sin actividad sexual» dado que la definición de sexualidad es una sumamente abarcadora, generalmente se considera que esto ocurre cuando una pareja no ha tenido intimidad sexual durante al menos seis meses. Algunos teorizantes afirman que luego de ocho meses de una pareja haber escogido voluntariamente no tener actividad sexual, le será prácticamente imposible reincorporar esta práctica en la relación.

Falta de conexión emocional, impulsos sexuales desiguales, resentimiento, infidelidad, una relación tóxica, niveles elevados de estrés, miedo al embarazo, baja autoestima, depresión, ansiedad, preocupaciones, trauma sexual, disfunción sexual, falta de alegría y placer, egoísmo por parte de uno de los cónyuges, la eyaculación prematura y la falta de variedad pueden provocar inapetencia sexual o aburrimiento entre las sábanas, y todo ello influye en una disminución del deseo sexual.

¿Qué se puede hacer?

  • Si estás en una relación sin sexo y quieres que esto cambie, lo primero que debes preguntarte es: ¿están tú y tu pareja contentos con no tener relaciones sexuales? Si la contestación es “no”, entonces lee los siguientes apartados.
  • Si estás en una relación sin sexo y quieres que esto cambie, los expertos enfatizan la importancia de una comunicación honesta. Muy a menudo, puede surgir presión cuando una pareja se siente incomprendida sobre lo que le ha llevado a experimentar una disminución en el deseo sexual.
  • Si estás en una relación sin sexo y quieres que esto cambie, es importante explorar lo que tu deseo sexual (o la falta de él) dice sobre tu salud física. A veces puede ser necesaria una visita a tu médico para un examen físico. Por supuesto, tienes derecho a decidir si quieres tener relaciones sexuales o no, pero te debes a ti mismo y a tu pareja explorar las razones por las que te sientes así, ya que tener una vida sexual saludable tiene muchos beneficios en lo personal y en el contexto de una relación.
  • Si estás en una relación sin sexo y quieres que esto cambie, explora más y experimenta con sexo saludable. Siempre que las elecciones sexuales sean consensuadas por ambas partes y no impliquen abuso ni angustia, explorar nuevos territorios también puede ser emocionante y liberador.
  • Si estás en una relación sin sexo y quieres que esto cambie, recuerda que la autoestimulación y la masturbación brindan retroalimentación importante. Saber qué te provoca sexualmente te ayudará a guiar a tu pareja a hacer lo mismo: fantasías, juguetes, películas eróticas, entorno físico, juegos previos, etc.
  • Si estás en una relación sin sexo y quieres que esto cambie, siempre se recomienda la terapia de pareja o una visita a un sexólogo si uno o ambos miembros de la pareja no están contentos con el sexo en su relación y no se han sentido exitosos en sus esfuerzos por superar la situación hasta el momento. Cuanto antes busques ayuda, más fácil será abordar y resolver los problemas.
  • Si estás en una relación sin sexo y quieres que esto cambie, es importante comenzar por confrontarte a ti mismo/a acerca de cuál es tu verdadera orientación sexual o identidad de género, y cuál percibes es la de tu pareja, si tu pareja todavía te atrae, si todavía sientes pasión por él o por ella, si realmente te sientes enamorado de él o de ella o si lo que sientes es otro tipo de amor, si posees realmente la disposición de trabajar en la situación y si esperas que la situación cambie en el futuro. Luego de realizar este ejercicio instrospectivo, sincérate con tu pareja y vean a dónde el camino les conduce.
  • Si estás en una relación sin sexo y NO quieres que esto cambie, es momento de renegociar los términos de tu relación. Existen múltiples razones por las cuales muchas personas permanecen en relaciones de pareja con ausencia de actividad sexual. Es importante de que te asegures que tu pareja está en tu misma sintonía. De lo contrario, esta última tendrá unas expectativas irreales de la relación que podrían ser detonantes de múltiples conflictos. La decisión de no tener sexo en la relación no puede ser tomada de forma unilateral. No estás obligado/a a tener sexo con tu pareja, pero si tomas esta decisión, se hace necesario que se lo informes claramente, sin ambages o tapujos, así le darás la oportunidad de consentir o no en algo que podría tener repercusiones serías en su salud física y emocional.

Conclusión

Infortunadamente, el sexo en la relación no es un hecho garantizado. Es un acto mutuamente acordado que realiza una pareja para sentir placer y conexión. Cuando hay una razón física detrás de la falta de relaciones sexuales, como un problema de salud, y ambos cónyuges han acordado que, como resultado, están bien con su ritmo de actividad sexual, pueden ser felices. Después de todo, hay otras formas en que las parejas pueden tener intimidad física, como abrazarse, besarse, tomarse de la mano y frotarse la espalda, por nombrar algunas. La buena salud sexual es mucho más que practicar sexo coital o poder tener una erección. La salud sexual se trata de cómo te ves a ti mismo como un ser sexual, tu capacidad para abrazar y disfrutar tu sexualidad y tu sentido de ser verdaderamente dueño de tus acciones y elecciones sexuales. Hay muchas maneras de ser sexual en una relación sin llegar a realizar un acto de penetración. Habla con tu terapeuta. Podría ayudar.

Las relaciones de sexualidad mixta, ¿qué son y cómo sobrellevarlas?

Existen relaciones de pareja consideradas heterosexuales donde uno de los cónyuges es homosexual o bisexual. En ocasiones esta situación es del conocimiento del cónyuge heterosexual, en otras no, mientras que en una cantidad significativa de los casos existen sospechas.

Preste atención a estos comentarios producto de sesiones de terapia:

En mi caso, estuve casado con una mujer durante 16 años antes de darme cuenta de que era bisexual. Todavía estamos casados y ella sabía que yo era bisexual antes que yo. Entonces en mi caso ya estaba en una relación hetero cuando me di cuenta de mi sexualidad.
No me di cuenta completamente de que era bisexual hasta que llevé varios años de relación con mi esposo. Las chicas lindas me ponen muy nerviosa porque nunca tuve la oportunidad de tener experiencia coqueteando con mujeres.
No acepté mi bisexualidad hasta los veintitantos y ya llevaba algunos años en una relación con un hombre. Lo que, por supuesto, me generó muchas dudas y sentimientos encontrados durante muchos años más.
¡Me identifico con el hecho de sentirme inadecuado! Soy lo suficientemente bueno para una mujer, pero no para un hombre. Luego me digo cosas como ‘una relación hetero hace que tener hijos sea más fácil’ y ‘salir con hombres de vez en cuando funciona bastante bien, así que no es necesario buscar más’.
Soy bi, pero si empiezas a desglosarlo hasta el meollo de la cuestión, probablemente me describirían como un homosexual heteroromántico.
Negué ser gay hasta hace poco porque en mi niñez me enseñaron que era vergonzoso ser gay. Sentí que estar con una mujer siempre fue una opción más válida en mi mente. Estoy deshaciendo todas esas creencias, pero eso es después de haber estado en una relación amorosa con una mujer durante los últimos seis años.
Soy un hombre bisexual, me gustan las mujeres masculinas, los hombres afeminados y las personas no binarias. Básicamente, cualquiera que desafíe las normas de género (según mi psicóloga). También vivo en un área muy rural y hay muchas más mujeres de mi tipo que hombres de mi tipo.

¿Por qué ocurren situaciones como éstas?

Para muchos, estar en una relación heterosexual es equivalente a alejarse del estigma, la vergüenza y el sufrimiento, es estar más cercano al paradigma de la ‘normalidad’, el cual inherentemente conlleva privilegios, como tener una familia, sentirse seguro caminando por la calle de la mano de la pareja y no tener dificultades con presentársela a otras personas. Otras personas gays o bisexuales entran en relaciones heterosexuales por razones religiosas, por guardar las apariencias, por presiones familiares, por problemas de autoaceptación o por la ignorancia o confusión referente a la propia orientación sexual.

Las parejas de sexualidad mixta o de orientación sexual mixta se han definido como cualquier pareja casada heterosexualmente en donde uno de los cónyuges experimenta una atracción significativa hacia personas de el mismo sexo. En tales parejas, el cónyuge de minoría sexual puede o no identificarse como lesbiana, gay o bisexual en su orientación, mientras que el otro cónyuge probablemente se identifica como heterosexual. Es imposible determinar la tasa exacta de la prevalencia de esta situación en Puerto Rico, sin embargo, se estima que en Estados Unidos en la actualidad un aproximado de 2 millones de personas lesbianas, gays o bisexuales estuvieron casadas en relaciones heterosexuales en el pasado. De esta cifra, un 42% de los hombres autoidentificados como homosexuales y bisexuales informaron haber estado casados heterosexualmente en algún momento. Otro estudio reciente sobre sexualidad entre los adultos encontró que actualmente el 0,4% de los hombres casados, el 0,5% de los hombres que cohabitan y el 1,5% de los hombres que han estado casados, todos en relaciones consideradas heterosexuales, se identificaron como bisexuales o gays. Entre las mujeres del mismo estudio, el 2,1% de las casadas, el 6,2% de las que cohabitan y el 3,8% de las mujeres que estuvieron casadas, todas en relaciones consideradas heterosexuales, se identificaron como bisexuales o lesbianas. En conjunto, los datos disponibles sugieren que hay un número considerable de parejas de sexualidad mixta en la población adulta de Estados Unidos.

Las parejas de sexualidad mixta enfrentan desafíos únicos, que incluyen el navegar o explorar su identidad sexual dentro de la relación, posible actividad sexual extramatrimonial y cómo lidiar con la presión negativa de la familia y las personas externas. Es comprensible que estos desafíos puedan, en última instancia, afectar la relación.

En general, la investigación científica disponible sugiere que la mayoría de las parejas de sexualidad mixta experimenta una baja satisfacción en la relación y, en última instancia, no logran mantenerla a largo plazo. A las parejas que han podido permanecer juntas luego de haber habido una admisión o confesión por parte de uno de los cónyuges de su atracción hacia personas de su mismo sexo se les denomina como «parejas resilientes». Estas parejas resilientes a menudo informan que tienen una relación muy satisfactoria y estable y sus niveles de satisfacción y estabilidad en la relación son similares a las de los de los matrimonios heterosexuales en general.

Factores protectores relacionados con las parejas resilientes

Ciertas variables pueden ser fundamentales para ayudar a las parejas a mantener su relación estable bajo estas circunstancias. Algunos de estos factores son similares a los que se presentan entre las parejas exitosas en general, independientemente de la orientación sexual del cónyuge: comunicación de buena calidad, cohesión y el compromiso con la relación. Por ejemplo, múltiples estudios científicos han sugerido que las parejas de sexualidad mixta que deciden mantener su relación comúnmente eligen hacerlo porque aman y están fuertemente comprometidas con su cónyuge y su familia. Otro factor que se ha identificado como útil es la capacidad de la pareja para ser flexible y renegociar las reglas, significados y expectativas de su relación.

Sin embargo, los factores que aparecen a continuación son fuertemente relevantes si se desea sobrellevar con éxito los desafíos que representan las relaciones de sexualidad mixta:

El perdón.  En cualquier relación el perdón puede desempeñar un papel importante para ayudar a las parejas a superar los dolores y dificultades que inevitablemente surgirán. El perdón en las relaciones de pareja se ha estudiado ampliamente y se ha descubierto que está asociado con una serie de factores. Por ejemplo, el perdón es un predictor de satisfacción y adaptación conyugal. Teniendo en cuenta los desafíos únicos que enfrentan las parejas de sexualidad mixta, es posible que los mecanismos de reparación, como el perdón, desempeñen un papel central en estas relaciones. Por ejemplo, luego de surgir una confesión por parte de uno de los cónyuges de atracción hacia personas de su mismo sexo, puede haber sentimientos de engaño, traición o violación de la confianza, y es posible que ambos cónyuges deban pasar por una etapa de autoexploración de las emociones antes de poder tomar decisiones con respecto a seguir adelante.

Valores maritales.  Otro factor que podría contribuir a la calidad de la relación en casos de sexualidad mixta son los valores maritales, en particular, el grado en que cada cónyuge tiene una orientación individualista versus colectivista. Las características de una relación con orientación individualista son: (a) el individuo –no la pareja– es la unidad principal y el foco de la relación, (b) la autorrealización del individuo es el objetivo de la relación y la forma en que las relaciones mejoran, (c) se enfatiza el compromiso y el acuerdo mutuo, y (d) recursos como la terapia psicológica se utilizan con frecuencia para restaurar la relación cuando hay dificultades. En contraste, una relación colectivista se distingue por: (a) la relación en sí misma se considera la prioridad, (b) se espera el sacrificio individual por el bien de la relación, (c) el compromiso mutuo y las decisiones ‘democráticas’ son de importancia clave, y (d) los recursos espirituales –o religiosos– se utilizan a menudo para superar las dificultades maritales.

Dicho de otra manera, en la perspectiva individualista, el bienestar y la satisfacción de cada cónyuge es la prioridad, mientras que en las relaciones colectivistas los intereses individuales de los cónyuges son secundarios a los intereses de la relación en su conjunto. En las relaciones colectivistas los individuos están dispuestos a sacrificar sus propias necesidades, expectativas y deseos personales por el bien de la relación. Es de destacar que aquellos cónyuges que tienen valores colectivistas tienen niveles más altos de compromiso, disposición al sacrificio y ajuste positivo de la relación. Así las cosas, el grado de «disposición al sacrificio» tiene un efecto positivo en una relación de sexualidad mixta.

Compromiso.  Comúnmente se entiende que una de las piedras angulares de cualquier relación íntima es el compromiso. Se ha definido el compromiso relacional como «el grado en que un individuo trabaja y experimenta una orientación a largo plazo hacia una relación, incluido el deseo de mantener la misma para bien o para mal». La relación entre compromiso y satisfacción en la relación parece ser similar para las parejas de sexualidad mixta, ya que el primero, como predictor de la calidad de la relación, es un factor importante para mantener la estabilidad de la misma.

Conclusión

Una relación de sexualidad mixta es aquella en el que uno de los cónyuges es heterosexual mientras que el otro cónyuge del sexo opuesto se siente atraído por personas de su mismo sexo. La historia ha visto muchas relaciones de este tipo terminar en mucho dolor y confusión, especialmente si hay niños y niñas involucrados. Dado su potencial destructivo, las relaciones de sexualidad mixta rara vez se consideran una opción para quienes que se sienten atraídos por personas de su mismo sexo. Como psicólogo de parejas, he visto muchos de estos casos a través de los años. Muchas relaciones se han disuelto porque uno de los cónyuges no fue franco y honesto con el otro acerca de su sexualidad. Cuando se rompe la confianza, muchas veces es imposible restablecer una buena comunicación. Este tipo de relación tal vez no será adecuado para muchos, pero puede que lo sea para algunos. Una orientación no heterosexual dentro de una relación considerada heterosexual puede hacer que las cosas sean algo más desafiantes, sin embargo, siempre y cuando el individuo atraído por el mismo sexo sea honesto, y realmente ame y esté comprometido con su pareja del sexo opuesto, y ninguno espere que el matrimonio sea una especie de ‘solución milagrosa’, tal vez tengan una oportunidad.

Ten mucho sexo

Probablemente haya conocido a algún neurótico en su vida, la persona que se enoja fácilmente, que a menudo tiene cambios de humor y se preocupa constantemente por todo. Resulta que ese rasgo de personalidad no combina bien en las relaciones de pareja y está más fuertemente vinculado a resultados matrimoniales negativos que cualquier otro tipo de personalidad, según Michelle Russell y James McNulty de la Universidad de Tennessee.

Los investigadores descubrieron que el sexo frecuente podría ser la respuesta. Los recién casados ​​neuróticos que tenían mucho sexo estaban tan satisfechos con sus matrimonios como sus contrapartes menos neuróticas, según un estudio publicado en la revista Social Psychology and Personality Science.

Incluso si el sexo no es bueno ahora, no te preocupes, otro estudio encontró que puede mejorar con la edad. Los hombres de 50 años están más satisfechos con su vida sexual que los hombres de 30 y 40 años, según una encuesta publicada en la revista BJU International. Los hombres de 50 años registraron niveles de satisfacción similares a los de los de 20 a 29 años.

Las relaciones abiertas y el proceso terapéutico

 

En términos generales, las relaciones abiertas no cualifican para terapia de parejas.  Sin embargo, puede que haya algún terapeuta creativo que tome la decisión de conducir procedimientos terapéuticos con este tipo de pareja.  Los modelos teóricos para parejas tienden a estar formulados para relaciones sexualmente exclusivas y compuestas por dos personas.

Así las cosas, y para conocer un poco mejor este tipo de relación, podemos mencionar que en la etapa inicial de una relación, los cónyuges tienden a restarle importancia a cualquier insatisfacción que pudiera surgir en el manejo de la sexualidad. Sin embargo, a la larga, uno de los cónyuges podrá querer más sexo o tendrá necesidades no satisfechas que se convertirán en un tema fundamental en la relación. En la mayoría de los casos es el hombre el que reclamará más frecuencia en la sexualidad, pero en una minoría considerable es la mujer la que experimentará mayor deseo sexual.

El consenso general entre la comunidad profesional de terapeutas de parejas es que las relaciones abiertas tienden a conducir a la miseria emocional de todas las partes involucradas y la investigación científica nos muestra que también tienden a agravar los problemas en la relación.

En ocasiones, una solución frecuentemente practicada es que el cónyuge con menor deseo sexual acepta los deseos del cónyuge con mayor deseo sexual. En el matrimonio tradicional y heterosexual, se considera que la mujer tiene el deber de proporcionar relaciones sexuales siempre que el marido lo desee como parte de sus “deberes de esposa”. Pero en el matrimonio moderno la coerción sexual es inaceptable por completo. Entonces, ¿qué debe hacer el cónyuge sexualmente frustrado? En ocasiones satisface sus necesidades sexuales fuera de la relación e intenta mantener sus aventuras en secreto en una situación comúnmente conocida como “infidelidad”. Sin embargo, una minoría de las relaciones opta por abrir la relación. El fenómeno de las relaciones abiertas ocurre cuando una pareja reconoce que no puede satisfacer sus necesidades sexuales dentro del contexto de una relación monógama, o cuando entiende que no puede satisfacer las necesidades sexuales del otro o de la otra y, por lo tanto, se otorgan permiso para buscar gratificación sexual fuera de la relación.

El consenso general entre la comunidad profesional de terapeutas de parejas es que las relaciones abiertas tienden a conducir a la miseria emocional de todas las partes involucradas y la investigación científica nos muestra que también tienden a agravar los problemas en la relación. No obstante ello, existe también evidencia científica limitada de que para unas pocas parejas, con ciertas características muy específicas, las relaciones abiertas podrían funcionar. Esta investigación limitada muestra que las personas que escogieron abrir sus relaciones son tan felices en sus relaciones como aquellas que son exclusivamente monógamas, pero están más satisfechas sexualmente. Además, estas personas mostraron tener mejores habilidades de comunicación en comparación con aquellos en relaciones tradicionales, y menores niveles de celos y mayores niveles de confianza. Sin embargo, esto no significa que abrir el matrimonio sea una panacea para los problemas de discrepancia sexual en las parejas. Más bien, significa que las personas que ya son buenas para comunicarse, que tienen pocos celos y mucha confianza tienen más probabilidades de sortear con éxito todos los obstáculos que suponen las relaciones abiertas.

Hay tres categorías principales de relaciones abiertas:

  • Swinging. La pareja intercambia pareja con otra pareja, a menudo en la privacidad de uno de sus hogares, pero a veces en clubes de “swingers” que se pueden encontrar en las principales ciudades.
  • Apertura total. A cada cónyuge se le concede permiso para buscar parejas sexuales adicionales, generalmente dentro de ciertas restricciones acordadas por la pareja.
  • Poliamor. Exite una relación primaria, pero uno o ambos cónyuges sostienen relaciones adicionales a largo plazo o con cierto grado de formalidad con otras personas; por lo general, todos los miembros involucrados en la red poliamorosa se conocen y se llevan bien entre sí.

En suma, algunas parejas podrán negociar una solución satisfactoria a las discrepancias en la satisfacción sexual dentro de los límites de la monogamia, mientras que otras decidirán que abrir la relación es la mejor solución. En cualquier caso, lo que queda claro es que la clave para una sexualidad satisfactoria es la participación activa de cada cual en la consecución de su propio placer.

Relación con el proceso de terapia

  • Los modelos clásicos de terapia de pareja fueron diseñados para relaciones diádicas y monógamas; cuando existe una relación abierta, el formato tradicional de “dos personas en consulta” no refleja toda la complejidad del sistema relacional.
  • En una relación abierta hay más de dos personas involucradas de manera directa en los acuerdos afectivos y sexuales; limitar el trabajo solo a una díada puede dejar fuera dinámicas y conflictos centrales.
  • Muchos protocolos estandarizados de terapia de pareja asumen explícitamente la monogamia como marco normativo (por ejemplo, la infidelidad como ruptura del contrato básico), lo cual no se ajusta a relaciones donde el acuerdo incluye vínculos múltiples.
  • Cuando se aplica un enfoque de pareja clásico a una relación abierta, existe el riesgo de interpretar el modelo relacional abierto como “problema” en sí mismo, en lugar de centrarse en la calidad de los acuerdos, la comunicación y el cuidado mutuo.
  • En relaciones abiertas, muchas dificultades y decisiones (límites, celos, manejo del tiempo, jerarquías) podrían depender de más de dos voces; trabajar solo con una “pareja principal” podría ser problemático.
  • Esto no significa que las personas en relaciones abiertas “no merezcan” ayuda, sino que el rótulo y formato tradicional de terapia de pareja puede no ser el más preciso ni el más ético a su realidad relacional.